El Divino Calvo, el genial torero que mataba miuras y no preguntaba de qué ganadero era el toro

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«Cuando andaban por los ruedos D. Luis Mazzantini, el Algabeño, Antonio Fuentes, Montes, Manchaquito y Vicente Pastor, entre otros lidiadores que se enfrentaban a toros de respeto y poderío, entre la dureza de un toreo predominantemente seco y recio, apareció la gracia señera de Rafael, que rechazó catalogaciones y excedió las estrecheces de las escuelas. Sus suertes no se comprendían en lo definible: ni sus actuaciones dentro de lo regular: era imposible encasillar en netas cuadrículas el garbo relampagueante ni sujetar a predicciones los inequívocos alardes de valor ni los celebrados eclipses del mismo. Tan genuinamente único era Rafael el Gallo que anduvo solo y revistió de inverosimilitud su imitación. Al lado de la gran pareja de astros de primera magnitud, de Joselito y Belmonte, Rafael vio su carrera diversa entre los polos de clamores hiperbólicos y de desastres ruidosos. No le estorbó el brillo más radiante porque él supo aureolarse de fulgor esplendoroso, ante el que se rendían joselitistas y belmontistas».

Así resumía en 1957 Selipe la personalidad de un torero irrepetible y con una trayectoria cargada de anécdotas, desde aquella vez en que le confundieron con un chino al día en que cogió un taxi en Madrid a golpe de contador y se plantó en París. O la definición de su lozano juanete por Wenceslao Fernández Flores mientras asistía al ritual de vestirse de luces en el Palace.

Sin miedo a las divisas

También en Madrid se recuerda una de las más sabrosas anécdotas en vísperas de la miurada del 5 de junio de 1910, según relata Don Ventura en «Hechos y dichos». «¡Caramba, Rafael, ¿tú por aquí? Pues si se aseguraba que no venías», comentó uno de sus partidarios cuando le vio aparecer en la tertulia de un conocido café. «Por qué?», replicó El Gallo. «Por los miuras que hay encerrados en los corrales», respondió su defensor, sabedor de que en los chiqueros aguardaba una seria corrida. El llamado «Divino Calvo» tiró entonces de genialidad y respondió de esta guisa: «¿Y qué importa eso? A mí no me dan miedo las divisas. Al toro que embiste por derecho lo toreo a mi gusto, y si me embiste torcío, no me paro a preguntarle de qué ganadero es pa juí...»

Precisamente a un miura de negra leyenda se refirió en 1959: «Eso del afeitado es según la costumbre de los toreros. Ahora, que quieren implantar nuevas normas, los toreros tienen que perder la costumbre de torear toros afeitados. Pero son igual de peligrosos o acaso más. ¿Qué me dice usted de esos cuatro dedos que llevaba en su arreglo el toro «Islero», que, sin embargo, mató a Manolete? Es un error creer que los toros tienen más fuerza cuanto más afilados tengan los cuernos. Por ejemplo, ¿de qué le sirve a usted una navaja muy larga si no tiene fuerza para clavarla en pelea? En cambio, una navaja la mitad de esa que usted tiene en su mano, manejada por un hombre que sabe impulsarla, llega hasta el corazón. Es cuestión de fuerza. Y los aficionados muchas veces se equivocan al creer que los toros más grandes son los de mayor fuerza».

Su nacimiento

Tan pintorescas fueron su carrera y sus anécdotas como su propio nacimiento. Único hasta para eso, pues vino al mundo a las doce de la noche del ¿17? ¿18? de julio de 1882 y no todos se ponen de acuerdo en su fecha de nacimiento. Vio la luz en la calle de la Greda, la actual de los Madrazo, de manera circunstancial, pues su familia vivía en Sevilla. Pero su padre,Fernando el Gallo, estaba anunciado en el abono de Madrid, junto a Lagartijo y Frascuelo, y en aquella época «los toreros contratados no podían desplazarse a provincias sin la previa autorización de la empresa». Precisamente, el entonces empresario de Madrid, Rafael Menéndez de Vega, fue el padrino de su bautismo, en la parroquia de San Sebastián.

«El día que Rafael el Gallo no pase por la calle de Tetuán, no se verá en Sevilla ningún torero. Se podrá tener noticia por los carteles de que en Sevilla hay todavía toreros, pero no se verán, como no se vería Sevilla desde el tren a lo lejos, si se hundiera la Giralda», escribió Corrochano. Rafael el Gallo, un torero único, el torero que ganó millones pero no supo hacerse rico.

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