El FMI alerta del aumento de la desigualdad en España con la pandemia

Vista del paseo del Prado de Madrid, semivacío, el pasado día 7.

Vista del paseo del Prado de Madrid, semivacío, el pasado día 7.
Vista del paseo del Prado de Madrid, semivacío, el pasado día 7.Fernando Alvarado / EFE

Con la vacuna en el horizonte, España, Europa y el mundo atisban la luz al final del túnel de la pandemia y de su mayor crisis económica en más de medio siglo. Pero los meses que restan hasta la llegada de las primeras dosis se harán eternos. La recuperación se ha frenado —cuando no interrumpido— con la segunda ola del coronavirus después de que el súbito parón de la actividad en primavera reabriese heridas sociales nunca del todo cerradas. El Fondo Monetario Internacional (FMI) alerta este viernes en su revisión anual de país de que la crisis sanitaria y económica está “exacerbando la de por sí alta desigualdad” e incide en que un potente cóctel de factores —exposición al turismo, peso de los contratos temporales sobre el empleo total, dificultad para que amplios sectores de los trabajadores puedan adaptarse a la nueva realidad del teletrabajo— llevará a España a registrar uno de los mayores aumentos de inequidad en el Viejo Continente.

Casi desde el minuto cero de la sacudida sanitaria se intuía que esta iba a ser una crisis netamente desigualadora: aquello de que las pandemias y las guerras son los únicos eventos igualadores no aplica esta vez. Todo lo contrario: medio año después, y pese a las políticas de mantenimiento de rentas, se empiezan a cuantificar sus efectos: la ONG Oxfam ha sido la última en alertar de un incremento de la pobreza en más de un millón de personas únicamente como consecuencia de la crisis sanitaria. Llueve sobre mojado, porque en España la carestía ya estaba enquistada mucho antes de que el coronavirus hiciera acto de presencia. En paralelo, aunque el hachazo de la crisis sobre las rentas del capital también fue fuerte en un principio, la Bolsa ya ha recuperado la mitad de lo perdido desde el inicio del estado de alarma y el ladrillo está aguantando la sacudida mejor de lo que muchos creían.

El organismo comandado por Kristalina Georgieva, que lleva meses haciendo gala de su giro social —el consenso de Washington y la foto de la troika son agua pasada, se afanan en repetir sus altos funcionarios; “gasten todo lo que puedan”, insiste la propia directora gerente a los Gobiernos cada vez que tiene oportunidad—, no es ajeno a unas cifras que aún solo enseñan la parte visible del iceberg. España, recuerda el Fondo, llegó a la crisis con “una de las tasas más altas de empleo temporal de Europa”, y los trabajadores con este tipo de contratos, muchos de ellos en el turismo, “están soportando una carga desproporcionadamente alta de la crisis”: la correlación histórica entre porcentaje de empleo temporal y desigualdad habla a las claras. A eso hay que añadir, que los empleados con bajos niveles de educación tienen menos opciones de teletrabajar que en otros países europeos: España cuenta, según sus cálculos, con la segunda menor tasa de trabajo en remoto de la UE en este grupo, “lo que agrava el impacto de la pandemia sobre ellos”. Además, las pérdidas de renta de este colectivo, subrayan los técnicos del Fondo, “se agravarán si los precios de los alquileres [de vivienda] no se ajustan simultáneamente”.

Para darle la vuelta a la tortilla, el Fondo llama a mejorar la formación de los trabajadores que han perdido su empleo durante el terremoto económico originado por la pandemia y el subsidio por desempleo para aquellos trabajadores a los que se le acaba la protección de los Expedientes de Regulación Temporal de Empleo (ERTE). Y urge a aumentar el músculo fiscal para poder dedicar más recursos a combatir la pobreza y la desigualdad. “En España, la ratio de impuestos sobre PIB es relativamente baja en comparación con otros pares [europeos]. Eso indica que hay margen de mejora, en especial fortaleciendo la recaudación del IVA, aumentando los impuestos especiales y los gravámenes ambientales y reduciendo las ineficiencias del sistema tributario”, argumentan sus técnicos. En todo caso, dicen, cualquier incremento fiscal o recorte deberían esperar hasta que la recuperación esté encarrilada.

El documento, como todas las revisiones individualizadas del Fondo, es una ristra interminable de recomendaciones. Pero no todo son tachas. El FMI aplaude sin ambages la reciente introducción del ingreso mínimo vital —un instrumento encaminado a eliminar la pobreza más extrema, pero que acumula importantes retrasos y cuellos de botella en su tramitación—: “Aborda la brecha en la cobertura de los grupos desfavorecidos y rebaja las barreras administrativas para acceder a algunos programas de asistencia social”. Y valora positivamente la apuesta decidida por los ERTE, un instrumento disponible desde los años ochenta pero del que hasta ahora se había echado mano con cuentagotas: “Han sido críticos para limitar el impacto sobre el empleo, mitigando los efectos adversos de la pandemia aunque a un considerable coste fiscal”.

Los fondos europeos, acaso la única buena noticia que dejará la crisis económica, empezarán a llegar en 2021 y son, a juicio del Fondo, una “oportunidad excepcional” no solo para reconducir el camino de una economía que necesita dar el salto definitivo de la digitalización y las renovables, sino también para “amortiguar la crisis social y como catalizador de reformas de larga data”. También para poner en marcha un programa que complemente las rentas salariales de los hogares de bajos recursos, mitigando así una de las mayores carencias del Ingreso Mínimo Vital.

Ayudas empresariales para las compañías con futuro

Con la segunda ola posada desde hace semanas sobre la economía española —un factor “preocupante, que topa la recuperación”— y la mortandad empresarial disparada, los economistas del Fondo invitan al Gobierno de Pedro Sánchez a afrontar la “vulnerabilidad” de las compañías y recomienda “priorizar las ayudas de capital” —los rescates, en castellano moderno— “en las empresas viables” y, en todo caso, con “estrategias de salida bien diseñadas” —es decir, que cuando pase lo peor de la crisis, el Estado pueda dejar su accionariado sin grandes dificultades—. “Como el coste fiscal de ayudar a todas las empresas afectadas sería prohibitivo, el Gobierno debe intervenir selectivamente para rescatar o ayudar a las empresas solventes y estratégicas”.

La crisis del coronavirus es especialmente dañina para el tejido productivo: lamina subsectores enteros, especialmente en los servicios, y se ceba con especial intensidad con las pymes, el eslabón más débil de la cadena, el que menos capacidad tiene para aguantar unos meses de ingresos bajo mínimos y también el más numeroso en el siempre minifundista ecosistema empresarial español. “Se deberían ampliar similares opciones de recapitalización a algunos segmentos de firmas más pequeñas y viables que están enfrentando presiones financieras como consecuencia de la pandemia”, reclama el FMI. Para lidiar con los casos de compañías en los que la ayuda llega tarde o ya están en suspensión de pagos, España, remarca, debe “mejorar” su “relativamente ineficiente” sistema de resolución de deudas: “Los mecanismos de insolvencia”, zanja, “siguen siendo lentos y generalmente llevan a la liquidación en vez de a la reestructuración”.

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