El formidable Thiem compromete a Nadal

Nadal, durante el partido contra Thiem en Londres.

A la que huele el miedo, a la que el pelirrojo Andrey Rublev titubea, vacila y va encogiéndose, ¡tierra trágame!, reclama el ruso, Rafael Nadal no tiene la más mínima duda y desenfunda, encañona y acribilla a su primer adversario en la Copa de Maestros: 6-3 y 6-4, en 1h 17m. Puestos a pedir, el mallorquín hubiera firmado con los ojos cerrados un arranque así. Todo funciona, todo le sale. Y enfrente, además, se ha topado con un debutante al que le saltan las costuras en menos de media hora de partido, desbordado por tierra, mar y aire. Insiste el subconsciente de Rublev: ¡Tierra, trágame! Le impone el escenario, pese a la aridez del graderío, y le abruma todavía más Nadal, el ídolo con el que se retrataba a la que podía cuando era un niño.

El balear lo tiene claro: ni un paso atrás. Aprendida la lección reciente de París-Bercy, donde le faltó colmillo, Nadal aplica a rajatabla la pizarra desde que el juez, Mohamed Lahyani, ordena el comienzo del duelo. No especula, no espera, no duda. Ataca en tromba y de repente Rublev, un tenista que juega como los ángeles y ha ganado más trofeos que nadie esta temporada —eso sí, con asterisco porque ninguno de los cinco premios que ha sumado superan la categoría de un 500—, siente que se le viene encima un tren, que la pista de Londres es inmensa y que la red está un palmo por encima de lo normal, así que va derritiéndose y menguando mientras Nadal viene con todo, pulgar abajo desde que asoma por la bocana del vestuario.

El campeón de 20 grandes cierra el primer parcial en tan solo 36 minutos, perdiendo únicamente cinco puntos al servicio. Los porcentajes se disparan hasta un 80% y un 83% con los primeros y los segundos saques, respectivamente. Rublev sufre y su preparador, el castellonense Fernando Vicente, padece con él. ¿Qué demonios está pasando? ¿Por qué mi jugador, el que más victorias (40) ha conseguido este año, ni siquiera huele la bola ni pone en un solo aprieto a Nadal? Tal vez, el bueno del moscovita ha visto antes de saltar a la pista cómo calentaba dos horas antes el de Manacor, dale que dale sobre la cinta, como si fuera un Miura a punto de enfilar la Cuesta de Santo Domingo.

El ruso lo ve todo completamente negro. Cuando Nadal se hace con el primer break, al sexto juego, el chico (23 años, ocho del mundo) estrella la raqueta contra el pavimento y se pierde en un laberinto de negatividad que se traduce en constantes patadas al aire, aspavientos y una descompresión en toda regla. Si en algún momento amaga con la intención de regresar al pulso, su rival le responde con un portazo y cercena de golpe la posibilidad del reenganche. Por momentos, Rublev se siente ridículo.

El segundo set nace con otra rotura y la continuación se convierte en un excelente rodaje para Nadal, que se exigía una mejora con el servicio y la consigue, vaya que sí la consigue. Carbura también el revés, el otro debe de Bercy, e impone que la acción transcurra sin ningún tipo de ritmo, porque esta vez le interesa que todo se resuelva rápido y Rublev no pueda activar su drive desde el fondo. Esto no es la tierra, de modo que el camaleón cambia de traje. Propuesta de mínimos y decidida, a aguijonazos, la que exige la combinación de rápida e indoor. Amante de la reinvención, el balear resuelve con nota su puesta de largo en el torneo, sin ceder una sola opción de break, y logra una victoria que le permite encabezar el grupo.

Desde las butacas asienten sus técnicos, Carlos Moyà y Francis Roig, su preparador físico, Rafael Maymò, y también su esposa Mery. Al final, Rublev se marcha cabizbajo y endemoniado, sin nada bueno que llevarse a la boca, y Nadal enfoca ya el duelo del martes contra Dominic Thiem, quien previamente se ha impuesto renqueante, tocado de una rodilla, al defensor del título, el griego Stefanos Tsitsipas: 7-6(5), 4-6 y 6-3 (en 2h 18m).

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