El Hermitage y la ocasión perdida

La resistencia del Ayuntamiento a aprobar el Hermitage barcelonés no parece haberse ablandado. Y eso a pesar de que sus promotores han suscrito acuerdos de colaboración con la UAB, el Barcelona Tech City, el Reial Cercle Artístic o los vecinos de la Barceloneta, y pese a que ya ha remitido la animadversión hacia el proyecto por parte del ecosistema cultural local. La idea sigue en vía muerta. Mientras tanto, se extiende la sensación de que la Barcelona post-Covid va a necesitar de muchos estímulos y mensajes positivos para remontar una depresión de dimensiones inconcebibles.

Se ha debatido mucho sobre la ubicación y sobre la naturaleza de un proyecto que, ciertamente, tiene más de centro de arte que de museo y que en la parte artística sigue descabezado desde la desaparición de quien había de dirigirlo, el científico Jorge Wagensberg. Pero se ha obviado la opción de ampliar el foco para situar este equipamiento en la perspectiva de un nuevo marco de relaciones entre Barcelona y San Petersburgo, dos ciudades que llevan la cultura en sus genes y que en determinados momentos de su historia han vivido procesos que guardan una cierta similitud.

Los paralelismos culturales entre ambas ciudades fueron el motivo de un debate organizado por Casa Rusia en Barcelona, en el marco de Read Russia, en el que, por parte rusa, participaron los escritores petersburgueses Elena Chizhova y Andrei Astvatsaturov y el traductor Alexander Chernosvitov y, por parte barcelonesa, la directora de la entidad organizadora, Anna Silyunas, y el autor de este artículo. El tema era La ciudad como texto. San Petersburgo y Barcelona en la obra creativa de los escritores contemporáneos rusos y catalanes.

Ambas ciudades ejercen o han ejercido, cada una a su manera y en función del período histórico, de cocapitales en sus respectivos países. Si los 600 kilómetros entre Barcelona y Madrid los salva un tren que tarda solo dos horas y media, para cubrir los 635 que separan las dos ciudades rusas se invierten solo tres horas y media en el rápido Sapsan. Si Barcelona es la capital mediterránea, San Petersburgo es la capital del norte o del Báltico. Si en España rivalizan el Liceu y el Teatro Real, en Rusia lo hacen el petersburgués Marinsky y el moscovita Bolshoi.

Si tras el exilio republicano de 1939 se produjo la llegada masiva a Barcelona de inmigrantes del resto de España –y más adelante, de gente de todas partes cuando la ciudad se convirtió en los 60 y 70 en un foco de libertad y creatividad–, San Petersburgo vivió un proceso similar.

Lo cuenta Elena Chizhova, autora que tiene traducida al castellano la novela El tiempo sin ventanas (Debolsillo): “Durante la Segunda Guerra Mundial murieron en Leningrado más de un millón de personas y hubo un millón de evacuados. No todos volvieron, el Estado hizo lo posible para que no volvieran. En los años 60 se intentó recuperar la intelligentsia , un proceso complejo. Y ahí entran los inmigrantes. Venían a las ciudades grandes dejando atrás una vida terrible en las regiones. Hicieron mucho para recuperar San Petersburgo después de la guerra, pusieron mucho de su parte en el tema cultural. La verdadera cultura de San Petersburgo se acabó antes de la guerra pero, igual que el Ave Fénix , renació de las cenizas en los 60 con una aportación muy importante de los inmigrantes”.

Salvando todas las distancias, ese enriquecimiento cultural gracias a personas llegadas de fuera hermana dos ciudades que tienen en común haber padecido fuertes destrozos durante las guerras del siglo XX. Si Barcelona fue, durante la Guerra Civil, la primera gran ciudad del mundo que sufrió un bombardeo aéreo sistemático (por la aviación de la Italia fascista), Leningrado estuvo 900 días sitiada por las tropas de la Alemania nazi.

Cuesta entender tanta oposición al Hermitage en esta Barcelona deprimida

Otro rasgo común del legado cultural de las dos ciudades es cierta mirada inmisericorde por parte de sus propios escritores. Una cosa es qué se opina desde fuera –y en eso tanto Barcelona como San Petersburgo han salido siempre muy favorecidas en la foto– y otra, muy diferente, cómo la tratan los autores locales.

De Barcelona sus autores a menudo han resaltado la sordidez de sus barrios más canallas, su condición de ciudad de conflicto o el ambiente malsano de la última postguerra. ¿Y de San Petersburgo? Dice Andrei Atsvatsaturov: “A Pushkin no le gustaba mucho su ciudad; solo hay que leer el poema El jinete de bronce. Él prefería la aldea. Gogol también escribió en un tono negativo sobre la avenida Nevsky o sobre la noche de la ciudad, cuando el Demonio quemaba lámparas para mostrar su naturaleza. El San Petersburgo de Dostoievski es igualmente oscuro y trágico…

“Para Dostoievski, había pocas ciudades con tantas influencias oscuras sobre el alma humana”, remacha Chernosvitov.

La relación de estas dos ciudades con sus respectivas capitales sugiere también curiosos paralelismos. “Se dice –afirma Chizhova– que hay un complejo de petersburgués, que en el fondo tiene envidia del moscovita . Cuando decimos que en San Petersburgo somos personas serias de profundo pensamiento mientras que los moscovitas tienen viento en la cabeza significa que estamos acomplejados. Pero no puedo estar de acuerdo con la idea de que la vida de San Petersburgo es la vida de una ciudad de segunda, aunque es cierto que los poderes de Moscú intentaron convertirla en una ciudad de segunda”.

¿A alguien le evoca algo este tipo de discurso?

En definitiva, hubiera sido muy interesante que se aprovechara la iniciativa privada de abrir en Barcelona una franquicia del Hermitage para profundizar en la relación entre las dos ciudades. Por ejemplo, se podría haber intentado convencer a los promotores de que solo con una gran implicación del museo nodriza tendría sentido dar luz verde al proyecto. Que otras ciudades hayan sido incapaces de garantizar que su sputnik del Hermitage sea un centro de arte de primer nivel con acceso privilegiado a los fondos ingentes de arte del Palacio de Invierno no implica que Barcelona no pueda lograrlo. Aunque para ello haría falta implicarse a fondo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *