El humor de Florentino Fernández en ‘MasterChef Celebrity’: homofobia para cenar en TVE

Los concursantes de ‘MasterChef Celebrity 5’ en el noveno programa del concurso

No se había visto un personaje como Saray en los ocho años que MasterChef lleva en antena. Primero, porque esta educadora social de 27 años es gitana y trans, dos identidades que nunca se habían visto entre los concursantes anónimos del programa, ni por separado ni mucho menos en la misma persona. Pero también porque ha sido la única participante capaz de batir a 28.000 aspirantes en las pruebas de acceso para, después, ante las cámaras, plantarse ante el jurado, conocido por su exigencia, con un plato consistente en un batido con cuatro galletas. “Eran cinco pero la otra me la he comido yo”, anunció ante la mirada ojiplática de Jordi Cruz, Pepe Rodríguez y Samantha Vallejo-Nájera en la emisión del lunes. La participante menos normativa en la historia del programa resultaba ser también, casualidad o no, la que más problema tenía para adaptarse a las normas.

Estas dos bombas a presión estallaron al mismo tiempo cuando, al final del programa, Saray volvió a vérselas con el jurado tras completar otra prueba: en esta ocasión, su plato era una perdiz muerta en el sentido más estricto de la palabra. La misma perdiz que ella había recibido en una caja junto con el resto de ingredientes para que crease un plato: al ver el pájaro, con plumas y todo, Saray colapsó. “¡Yo es que eso no voy a abrir ni la bolsa, ni muerta, ni picá p’albóndigas, no, negativo!”, exclamó, casi cantado con su acento cordobés. Puso el ave en un plato y le repartió unos tomates cherry por la pechera. Y tal cual, lo dejó en la mesa del jurado. Era una imagen impensable en el concurso de TVE, más cerca casi de un reality de Mediaset. Jordi Cruz atacó en su papel de chef sin paciencia y, cuando Saray amagó con explicarse, le chistó. ”Ni se te ocurra. No tienes nada que decir, absolutamente nada”, añadió después. De nuevo, Saray intentó explicarse torpemente. “Demuestras que no eres inteligente”, le recriminó Pepe Rodríguez. Cruz remató: “Te agradecería que te quites ese delantal, que no mereces, y te vayas”. Eso hizo ella. Saray, aquel hito del programa, al final solo duró cuatro ediciones.

Fue la escena televisiva de la semana; inicio de incontables discusiones y proclamas virales; un test de Roschard en el que cada espectador parecía haber visto algo diferente. Para algunos, era el fin de la peor concursante del programa, una freak que no había estado a la considerable altura de un formato centrado en la búsqueda de la excelencia. Otros, sin embargo, vieron a dos hombres que alardeaban de esu superioridad moral ante una mujer perteneciente a no una, sino dos comunidades marginadas socialmente: un bombardeo de normatividad sobre una veterana de batallas que ellos no pueden imaginar. Otro colectivo más avezado aseguró haber visto incluso una trampa televisiva: el programa había seleccionado a alguien propio de un Gran Hermano, donde priman la personalidad y las miserias, para achispar un formato consistente en lo contrario, es decir, doblegarse ante normas. Todas las vertientes coinciden en que el desenlace fue inevitable e indeseable. El viernes por la tarde, Comisiones Obreras emitía un comunicado exigiendo que TVE se disculpara con Saray.

“Me he equivocado”, explica por teléfono Macarena Rey, consejera delegada de Shine Iberia, la productora del programa y supervisora del casting. “Mi intención era meter a alguien trans para normalizar, pero no ha sido así. Lo bonito de la integración es tratar a todo el mundo por el igual y MasterChef es un programa estupendo para dar visibilidad. Saray no lo ha utilizado. En vez de contar lo difícil que ha sido hacer su transición, al ser de etnia gitana y con una familia conservadora, ha salido por otro lado. Por su personalidad, el esfuerzo le cuesta, y según avanzaba el programa iba bajando los brazos. Al final montó ese numerito”. Sobre si el tono que emplearon los jueces fue el correcto o no, aduce que es lo habitual en el programa: “Lo injusto sería no tratar a todos los concursantes por igual”.

La directora de casting del programa, Esther González, explicó a EL PAÍS hace unas semanas que cada año busca gente más colorida. En cada nueva edición el formato pierde brillo y la novedad la deben aportar los concursantes. “Si revisas la primera edición ahora te das cuenta de que los participantes no eran tan buenos o no habrían funcionado más tarde”, dijo entonces. En esta búsqueda por personajes distintos, se ha traído a concursar a Andy, que se autodenomina “pijo, presumido y amante de Tamara Falcó”; a Sonsoles, una farmacéutica en silla de ruedas y a Saray. A la vez, se ha abierto la puerta a una serie de preguntas (¿está obligado todo miembro de una minoría a representar a su comunidad entera? ¿es moral que un programa traiga a personas excluidas a fracasar? ¿solo una persona tiene la culpa cuando todo sale mal?) que parecen haber expuesto las limitaciones de la fórmula del programa.

En esa fórmula, la gente acude a MasterChef a cambiar su vida -para, por ejemplo, abrir un restaurante o dar cursos de cocina-, algo tan trascendente que exige duras críticas. La presión, los gritos de los jueces y las emociones a flor de piel nacen de esa misma semilla. Traer a alguien que no tiene esa aspiración solo delata que está ahí por otro motivo.

“El formato se va agotando con los años, pero si pierde el buen rollo, se expone quedarse sin ese elemento de aspiración. Y entonces pierde el sentido”, alerta Concepción Cascajosa, profesora de Comunicación Audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid. “Será Supervivientes en la cocina. No serán jueces severos sino Risto Mejide. La dinámica narrativa que ha mantenido al programa tantos años cambiará”.

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