El ladrón que robó por amor al arte a una pintora y terminó siendo su modelo… por amor

El documental del noruego Benjamin Ree cuenta la extraña relación entre la artista hiperrealista Barbora Kysilkova y el ladrón de sus cuadros que acabó como…

¿Cuál es el valor de una obra de arte? Se lamentaba Walter Benjamin de ese vicio tan nuestro y tan moderno de adueñarnos de los objetos mediante la adquisición y compra (y llegado el caso hasta el robo) de la copia, del calco, del duplicado. Y eso le llevaba a distinguir entre la imagen propiamente dicha y la reproducción. La primera viene definida por la singularidad y la duración (el tiempo condensado en el valor de lo irrepetible) de la misma manera que la fugacidad y la repetición definen a

la segunda (el tiempo como enfermedad que hay que combatir mediante el entretenimiento). «Quitarle su envoltura a cada objeto, triturar su aura, es la signatura de una percepción cuyo sentido para lo igual en el mundo ha crecido tanto que incluso, por medio de la reproducción, le gana terreno a lo irrepetible», escribe el filósofo en probablemente su ensayo más célebre.
La pintora y el ladrón,
el documental recién estrenado del noruego
Benjamin Ree,
se podría considerar una suerte de epílogo a la reflexión
benjaminiana
. Epílogo doliente y, apurando, redentor. La redención es el argumento. Se cuenta la historia de la artista hiperrealista de origen checo
Barbora Kysilkova
y del hombre,
Karl-Bertil Nordland
, que un buen día de 2015 le robó dos cuadros. Cuenta el director que él, como todos en Oslo, se quedó prendado de una historia por lo que tenía de rara y peculiar. Además de única. Irrepetible por tanto. No estamos delante de la rareza de un coleccionista que, a sus múltiples y sofisticados vicios, añadía así el de la cleptomanía. Tampoco la historia va de un elegante atraco perfecto digno de Thomas Crown. Todo era más pueril y, por ello, irrenunciable. De entrada, el robo resultó ser una chapuza que dejó una copia de su torpeza en las cámaras de seguridad de la galería de arte. Se conocieron en el juicio y ahí empezó todo. Ella pintaba, él posaba y la cámara Ree grababa. A su modo, los dos protagonistas de la historia arrastraban entonces su propio calvario de derrotas. Ella apenas conseguía exponer sus lienzos descomunales donde podía y él, simplemente, era yonqui. Sin embargo, el robo no fue producto de la necesidad perentoria sino de la otra. El ladrón amaba tanto el empeño de Kysilkova en copiar la realidad más allá de la propia realidad que no pudo por menos que poseerlo en su más radical autenticidad. El propio Benjamin tendría problemas para orientarse en este laberinto de espejos en el que la autenticidad y lo plagiario, lo noble y lo descabellado, el original y la copia se refutan a la vez que alcanzan el éxtasis. No perdamos de vista que estamos delante de una película en formato digital.
Es decir, la copia es el original y viceversa.
«Quiero creer», comenta el director, «que se trata de una película sobre una amistad inusual, sobre
el poder curativo de la belleza
; sobre la importancia de ser apreciado, aceptado o simplemente amado; sobre el trauma, y sobre cómo vivir con él. Pero también es una película sobre la forma en que hablamos de nuestras vidas, sobre la forma en que nos contamos a nosotros mismos». Y, en efecto, de eso se trata. El cineasta se planteó originalmente completar un cortometraje que apenas trascendiera la anécdota: una artista querida por uno de sus admiradores
hasta la ruina.
La de ella. Pero en seguida todo creció, hasta sencillamente adquirir el carácter ritual de, otra vez, lo único. Tras el juicio y deseoso de saldar su deuda, él aceptó convertirse en modelo para ella. La relación duró tres años. Y durante cada instante, la cámara duplica el retrato que ella minuciosamente hace de cada uno de sus infinitos tatuajes, de cada una de sus heridas producto de una infancia de abandono y maltrato. Cuando Karl-Bertil arranque a llorar inconsolablemente ante el primero de sus cuadros ya nada tendrá remedio. De repente,
el ladrón se reconoce completamente nuevo
en la mirada de la pintora y en ese instante, único y quizá sagrado, el documental adquiere la textura de lo irrepetible. Walter Benjamin creía haber descubierto en el cine un arte que acababa con la rémora de lo sagrado. Lo santo es siempre impuesto, lo profano viene dado. En su irreflexiva manera de acabar con los ritos y el aura como símbolos de privilegio, el cine se aproxima tanto al mundo que puede llegar a transformarlo. Y eso, precisamente, hace
La pintora y el ladrón:
cambiar dos vidas por primera vez y para siempre.

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