El libro total sobre la violencia en Irlanda del Norte

‘No digas nada’, del periodista estadounidense Patrick Radden Keefe, explica los años de la guerra a través de los fracasos personales de sus víctimas y…

Jean McConville, una simple ama de casa de Belfast que desapareció de su domicilio una noche de diciembre de 1972, y que no volvió a ser vista jamás por ninguno de sus 10 hijos -hasta que en 2010 sus huesos fueron desenterrados en una playa irlandesa-, explica por sí sola cómo el hombre es un lobo para el hombre, cómo el pasado siempre vuelve, de qué forma la palabra cura, y el hecho de que, para limpiar algo, muy probablemente haya que mancharse las manitas. De sangre.

Estos podrían ser, en

esencia, el punto de partida y los corolarios de

No digas nada

(Reservoir Books), la monumental mirada del periodista estadounidense

Patrick Radden Keefe

sobre 40 años de conflicto político y social en Irlanda del Norte. Un absorbente tratado sobre la capacidad humana para antagonizar con el vecino hasta el punto de querer matarlo, una potente denuncia sobre cómo no se puede construir futuro sin curar mínimamente el pasado, y probablemente un hito instantáneo del mejor periodismo narrativo anglosajón, elegido

libro de 2019

por

The New York Times,

The Washington Post

y la revista

Time

. En sus 445 páginas, sólo con los adjetivos indispensables y con aún menos juicios, ametrallando al lector con hechos reales pero con las hechuras y el ritmo de la mejor literatura de acción, el periodista del

New Yorker

pone cara y ojos al decurso por el cual

la sed de violencia del IRA y del unionismo militarizado

fue mutando poco a poco en un todavía incierto proceso de paz. Y, sobre todo, explica cómo ese recorrido dejó víctimas olvidadas y abandonadas por todas partes: unas enterradas en playas, otras en alcohol, soledad y miseria. Y no sólo en el evidente bando de los damnificados, de quienes recibían las balas en persona o en familia: en

No digas nada

también muchos de los verdugos, quienes apretaban el gatillo, quedan finalmente arrumbados por el curso de los tiempos, utilizados como herramientas de usar y tirar por los pragmáticos.

Condenados a morir solos.

El ama de casa, Jean McConville, asesinada por ayudar supuestamente a las fuerzas de ocupación británicas, personifica en esencia a las víctimas, pero también pistoleros del IRA como

Dolours Price o Brendan Hugues,

que pasan de un fanatismo alocado y hasta glamouroso en los años 70 -ella llega a posar para revistas de moda embozada- a devorarse a sí mismos, hasta desaparecer también, 30 años después. La desgracia de todos ellos conduce en el libro, con enorme sutileza pero trazo firme, con la imperturbabilidad de lo inevitable, a un personaje que Keefe retrata de manera fascinante, a caballo entre Maquiavelo y Nelson Mandela:

Gerry Adams, jefe del IRA en los 70, responsable de decenas de acciones violentas, pero artífice después, como factótum del Sinn Fein, del proceso de paz

tras negar durante los 40 años posteriores haber pertenecido jamás a la banda terrorista, y por supuesto sin condenar sus acciones -¿le sonará de algo al lector español, con la Guerra Civil y el terrorismo vasco en la mochila?-. Keefe, bostoniano de 1976, de origen irlandés por parte de padre, creció escuchando poemas de

Seamus Heaney

como

Digas lo que digas, no digas nada

, sobre la ley del silencio que aún hoy atenaza a las sociedades que sufren especialmente el cainismo, y admite por email haber partido de cierto romanticismo en sus cuatro años de investigación. «Definitivamente, había un fuerte sentido de tradición republicana en algunas áreas, un sentido de que las generaciones anteriores habían luchado por una causa y que era el deber de una nueva generación continuar con ese legado», explica, antes de definir esa inclinación tan setentera por el terrorismo: «También había esa sensación, es verdad, de que había

un gran romance en la lucha.

Quería plasmar en el libro la sensación, compartida por muchos de los que se inscribieron en el IRA, de que esta no era solo una causa justa, sino glamourosa, porque sin eso hoy no entenderíamos por qué alguien comprometería así su vida con la violencia». «Por supuesto», defiende,

«yo no quería romantizar la violencia,

por lo que la forma en que reconcilié esa contradicción fue mostrar también, con la misma viveza, la otra cara de la moneda, la angustia y el trauma que vienen después: la resaca». En ella reside la verdadera potencia de No digas nada, que si en su primera mitad se zambulle en la orgía de violencia del conflicto norirlandés desde finales de los 60 hasta principios de los 90 -los denominados popularmente

Troubles

, «los problemas»-, se dedica después a perseguir los fantasmas del desencanto, evidenciando que ni hay vencedores ni vencidos. Y, sobre todo, la incapacidad de todos los actores de cerrar heridas. «Aprendí que las personas son complejas y que cuando realmente te relacionas con los hechos de una historia complicada como esta, a menudo confunden los juicios fáciles.

Aprendí que no solo las víctimas de la violencia

están traumatizadas por ella, sino también los propios perpetradores», explica Keefe. La novela, que contiene en sí muchas otras novelas, teje una malla de gran precisión narrativa en torno a la desaparición de McConville, la orfandad de sus 10 hijos y el triste vagar de estos por la siniestra Irlanda del Norte de la época.

Explica la radicalización de las hermanas Dolours y Marian Price

, adoctrinadas desde niñas en el culto al Ejército Revolucionario Irlandés y reclutadas definitivamente tras ser apedreadas por unionistas. Toma velocidad, como una novela de Frederick Forsyth, con la inercia de atentados y acciones violentas del IRA, sin dejar de lado la degradación social en que se produce, y sus raíces sociológicas. Y llega entonces al punto clave:

las huelgas de hambre que galvanizarán a la opinión pública

y sobre las que Gerry Adams construirá, inteligente-mente, el edificio político y legal para defender los intereses del independentismo. «Aún 22 años después de los acuerdos de Viernes Santo las heridas no están curadas. En parte porque aquello trajo la paz, pero no creó ningún mecanismo para tratar el pasado.

No ha habido ningún proceso de búsqueda de la verdad y de reconciliación

, ni de conocimiento real de qué sucedió», cuenta Keefe sobre la necesidad de sanar el pasado. ¿Cuántas generaciones costará cicatrizar esas heridas? «No estoy seguro de que eso suceda. Si observas el debate ahora en Estados Unidos sobre la esclavitud, nos da forma el pasado, nos define, y no el pasado reciente, sino el más distante, y probablemente más aún cuando hay violencia de por medio. Y nos sigue dando forma cada día». El periodista, en un esfuerzo que probable-mente sólo es posible con las herramientas del periodismo anglosajón, dedicó cuatro años a documentarse, viajando, entrevistando a muchos de los protagonistas y contó incluso con ayuda en la documentación y ordenación del material, además de llegar a impartir seminarios sobre alguno de los capítulos.

La joya de sus prospecciones son las dos entrevistas que la ex terrorista Dolours Price

concedió a un proyecto del Boston College en el que se recogieron muchos de los atentados y asesinatos del IRA contados por sus propios protagonistas, todo un baúl de los horrores. «Necesitaba ir lo más lejos posible para tener la autoridad suficiente como para escribir sobre el tema», dice el autor. «Cuando estaba trabajando en el libro, a menudo me sentía como si estuviera describiendo un tiempo y un lugar extranjeros. Pero una cosa que aprendí mientras pasaba un tiempo en Belfast es que el pasado no es el pasado: continúa acechando y definiendo el presente. También tuve ocasión de reflexionar, durante los últimos seis meses, sobre lo frágil que es mi propia sociedad en los Estados Unidos.

Esas imágenes de disturbios y soldados en las calles y nubes de gas lacrimógeno que llenan las páginas

de

No digas nada

me parecían remotas cuando escribía, pero hoy, son la realidad en mi propio país». Todos los caminos, en el libro, llevan a Gerry Adams, una suerte de agente doble (explícito o implícito) en pleno conflicto, capaz de dejar tirados a muchos de sus subordinados, pero a la vez de propiciar la paz.

Adams, por supuesto, no se dejó entrevistar para el libro:

«Sabía lo que yo estaba haciendo, a lo que iba». Es el duro reverso moral que plantea, pero no juzga explícitamente,

No digas nada

: el terrorista que deja las armas para hacer política y facilita la paz, evitando que otros mueran pero sólo habiendo pagado a medias por sus crímenes, ¿es un héroe o un vulgar asesino?

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