El Madrid que será destruido en diciembre

Maquetas almacenadas en Coslada y que van a ser destruidas por no asumir el Ayuntamiento el traslado a un nuevo almacén en Vicálvaro.

Maquetas almacenadas en Coslada y que van a ser destruidas por no asumir el Ayuntamiento el traslado a un nuevo almacén en Vicálvaro.
Maquetas almacenadas en Coslada y que van a ser destruidas por no asumir el Ayuntamiento el traslado a un nuevo almacén en Vicálvaro.

La Almudena, Las Ventas y el Madrid de los Austrias están condenados a desaparecer en dos semanas, cuando se rompa el alquiler con los almacenes que mantenía el Ayuntamiento de Madrid en la zona industrial de Coslada, más grandes que los de Amazon. La operación de mudanza ya ha trasladado todos los enseres que custodiaban a los edificios de Vicálvaro, más baratos. Todos, no. Hay tres maquetas históricas de los dos monumentos y de la parte más turística de la ciudad que no se han movido de las naves gigantes. Nadie quiere hacerse cargo de ellas y el traslado hasta los nuevos almacenes tiene un coste que el Ayuntamiento no quiere asumir.

“Nos da pena porque están olvidadas y son tres piezas extraordinarias. Tenemos hasta finales de noviembre para encontrarles un nuevo hogar. Trasladarlo a los nuevos depósitos es complicado porque son costes que hay que asumir”, cuenta José Bonifacio, el Jefe de los nueve museos municipales y de los casi 200 trabajadores que los mantienen en pie. Contactaron con el Obispado de la ciudad, pero respondieron que no quieren la maqueta de La Almudena. La plaza de toros de Las Ventas también ha rechazado su versión a escala reducida, y para la gran pieza de 17 metros cuadrados del Madrid de los Austrias, con el Teatro Real y el Palacio Real como ejes protagonistas, no hay entidad que se haga cargo de semejante pieza.

Tiene casi 30 años de edad y necesita una buena limpieza y restauración, porque los últimos cinco años los ha pasado en la oscuridad, lejos de las miradas y de la función para la que fue creada en 1991. El alcalde era José María Álvarez del Manzano (1991-2003) y decidió que había que inaugurar un museo en el que se contaran “los elementos que han convertido Madrid en uno de los grandes centros urbanos del mundo”, en cinco plantas y con una decena de maquetas. El Museo de la Ciudad (ubicado en el número 140 de la calle Príncipe de Vergara) nació en 1992 y se cerró diez años después, de manera fulminante, por los recortes y la “falta de calidad”. Esas fueron las explicaciones que dio entonces Ana Santos, hoy directora de la Biblioteca Nacional de España y aquel año directora General de Bibliotecas, Archivos y Museos.

“Era tan feo que lo llamaban el Museo del Jamón. Tenía una museografía terrorífica, con una iluminación imposible”, apunta sobre el desaparecido centro Jesús Moreno, uno de los diseñadores de museos más reconocidos de España. Recuerda los suelos de mármol y las barandillas cromadas en oro. No era un espacio habilitado para un museo, pero España vivía la burbuja de los museos a pleno rendimiento. En cuanto lo vaciaron, se convirtió en oficinas municipales. Moreno no olvida tampoco aquellas impresionantes maquetas de madera, plástico, metal y pintura. “Es importante que se conserven porque tienen un valor histórico. Antes se encargaban mucho, pero son piezas que los museos ya no usan, porque han sido sustituidas por las aplicaciones digitales”, explica Moreno. José Bonifacio confirma este aspecto. En los museos municipales, que en 2019 recibieron un millón de visitantes, los recorridos didácticos que se hacen por la ciudad son audiovisuales en 3D, desde poblados de la Edad del Hierro a las calles contemporáneas. “Ahora todo es pantalla”, resume.

Otras maquetas como la de la Puerta de Alcalá o la de la estatua de Cristóbal Colón de la plaza que lleva su nombre, sí encontraron dueños. Cuando no existía el Google Maps, la maqueta era la mejor manera de explicar la ciudad y se experimentaba como un elemento cautivador de la vida cotidiana a pequeña escala. La visión idílica de una ciudad a la que se le han extirpado los problemas y ha quedado en paz, sin contaminación, sin tráfico, sin corrupción, sin desahucios, sin colas del hambre y, claro, sin paro. El maquinista Homero Menéndez hizo por encargo del consistorio, en 1991, una ciudad tan perfecta que parece muerta. Una urbe en la que han desaparecido las personas y se ha convertido en un decorado turístico. Al fondo asoma Plaza de España, la estación de Príncipe Pío, el Campo del Moro, Palacio, el Viaducto, La Latina…

“No tengo un puto duro. Tengo 76 años, llevo trabajando toda la vida y así me encuentro. Desde hace cuatro años nadie me encarga maquetas, pero estoy trabajando en una reproducción de Santa María del Naranco de dos metros de altura”, contesta al otro lado del teléfono Homero Menéndez. Recuerda el encargo del Museo de la Ciudad, hizo tantas maquetas que trabajaron con él 15 personas durante más de un año. Por eso no está muy contento con el Madrid de los Austrias que hizo, porque solo mide 70 centímetros de alto y a él le gusta una escala mayor. Como la ciudad de cinco metros que cruzaba King Kong para un famoso anuncio de Audi. También ha participado en el cine con piezas para películas como Torrente 2: misión en Marbella (2001). Cuenta que empezó en esto del modelismo haciendo barcos. “Porque soy asturiano”, dice Homero, que ha trabajado para museos de Japón y Emiratos Árabes. Es el creador de mundos paralelos y solo se da por satisfecho cuando la copia de la realidad es exacta. “Pero no me llames artista, yo soy un artesano”, y se despide.

¿Cuánto cuesta esta reproducción diminuta de más de cinco metros de ancho, casi cuatro metros de profundidad, tan hiperrealista como un cuadro de Antonio López del Madrid deshabitado? 500 euros. Es la cantidad que figura en el inventario de entrada en los almacenes, con fecha y firma de 2015. Ese es el valor que tasa la conservadora municipal que redactó el informe y en el que asegura que la maqueta, arrinconada bajo plásticos en unos almacenes perdidos en el extrarradio, “hoy ha perdido la función didáctica”. La sentencia de muerte la dicta unas líneas más abajo, cuando escribe sobre esta impresionante reproducción de la ciudad que no hay que considerarla un bien mueble a proteger. Es decir, no tiene valor artístico y por eso no está incluida en la catalogación de piezas artísticas, ni históricas. Solo es una “maqueta didáctica”.

“Claro que las maquetas son una obra de arte. Yo me veo como un artista trabajando en una escultura”, sostiene Juan Antonio Hernández León, con una experiencia de más de dos décadas como maquetista construyendo un mundo de bolsillo. “Aunque ahora los museos tienden a digitalizarlo todo, el ojo humano sigue deleitándose con las maquetas. Son cautivadoras, por ejemplo, con los niños. En una visita a un museo lo primero que miran son las pantallas, pero donde se cuestionan y se hacen preguntas es ante las maquetas”, dice el fundador de la empresa Métrica Mínima. Por eso le “horroriza” pensar que estas tres piezas puedan ser destruidas. Para él son algo más que un recurso didáctico fuera de juego.

Cuando hace unas semanas un funcionario dio la alarma del fatal desenlace a Mar Espinar, la concejala del PSOE y portavoz de cultura en el Ayuntamiento se puso en contacto con el Museo Tiflológico de la ONCE. Acudieron al rescate, pero la maqueta está construida para ser vista con los ojos, no por el tacto. “Creo que entre todos podemos encontrar un lugar para ellas, lo merecen. Son homenajes en miniatura a la belleza de Madrid”, comenta Espinar, que espera cerrar algún acuerdo de acogida en los días que faltan.

La ciudad al alcance de la mano es un imperio diminuto a punto de extinguirse, porque ocupa mucho para lo joven que es. La que construyó en 1830 León Gil de Palacio -que se exhibe en el Museo de Historia- también lo fue en algún momento y ahora es el mejor retrato del lugar en el que vivieron nuestros antepasados. Si la historia no es algo muerto, y la usamos para conocernos a nosotros mismos y comprender a los demás, esta maqueta de Homero Menéndez debería salir de ese plástico que lo cubre y abandonar el montón de polvo para volver al presente. Solo un remedio in extremis salvará el Madrid de los noventa, aquella ciudad sin gentrificar. Maldita metáfora.

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