El misterio del fuego griego en Albacete

Excavación del yacimiento de Los Almadenes.

Las flotillas fenicias que llegaban a la península Ibérica en el primer milenio antes de Cristo buscando donde instalar sus factorías y asentamientos se distinguían fácilmente por sus grandes velas rojas. Ahora, la ciudad púnica de Lacipo (Casares, Málaga) también destaca por su tono bermellón, pero por el que le ha dado Hispania Nostra, la asociación de defensa del patrimonio español: la ha incluido en su Lista Roja, el listado de los 783 monumentos históricos y arqueológicos que se encuentran heridos de muerte. El siguiente y triste paso es la Lista Negra (8 elementos) y su definitiva desaparición.

Los restos de la antigua ciudad de Lacipo se encuentran a unos cuatro kilómetros del municipio de Casares, sobre un promontorio entre los ríos Genal y Guadiaro. La ciudad fue fundada por las comunidades locales turdetanas que habitaban el territorio en el III siglo antes de Cristo, pero que estaban extraordinariamente influenciadas por el mundo fenicio-púnico de Cartago, el que controlaba esta parte del Mediterráneo antes de su derrota ante Roma.

La ciudad, según Hispania Nostra, debió de contar durante la etapa fenicia con un templo dedicado al dios Sol o a la diosa Luna, que terminó convirtiéndose en sendos altares romanos ofrecidos a la Juventud y a la Fortuna Augusta. Bajo la órbita de Roma, Lacipo se convirtió en una auténtica ciudad, que incluía foro y murallas. Las familias que aquí vivían estaban relacionadas con otras poderosas romanas en importantes ciudades de la zona, como Carteia, en la vecina localidad de San Roque (Cádiz). Tras una fase de decadencia entre los siglos IV y V, el asentamiento volvió a poblarse en la sexta y séptima centuria, pero ya en época visigoda.

Entre 1975 y 1976, Lacipo fue objeto de excavaciones que sacaron a la luz destacados materiales históricos, hoy depositados en el Museo Arqueológico de Málaga. Su contorno fue perfectamente delimitado por los arqueólogos y estaba considerada la segunda ciudad fenicia mejor conservada de España, tras el cerro del Villar, también en Málaga. Pero ahora, las ruinas han quedado rodeadas por el bosque mediterráneo, con árboles y arbustos creciendo entre sus piedras.

El yacimiento, además de restos de murallas y edificaciones, incluye dos pequeños torreones de unos ocho metros de diámetro, cuatro puestos de vigilancia y cisternas de abastecimiento. En el terreno quedan también restos de alcantarillado, pedazos de pavimento, grabados y pequeñas cámaras abovedadas. Además, el suelo está cubierto de fragmentos de cerámica y piedra tallada, por donde caminó el notario de Casares, el ideólogo del andalucismo, Blas Infante.

El yacimiento se encuentra en mal estado de conservación. Se ha observado una degradación acelerada en la última década debido al impacto de la ganadería -antes bovina, ahora ovina- y a la proliferación de jabalíes que revuelven las piedras. Además, las excavaciones realizadas a finales del siglo pasado sacaron a la luz partes que habían permanecido enterradas y están sufriendo un rápido deterioro. No existe actualmente ningún tipo de mantenimiento.

El decreto 59 del 6 de febrero de 1996 lo convirtió en Bien de Interés Cultural (BIC), la máxima protección que se puede dar a un monumento en España. En él se explica que “a través de los escritos de los geógrafos grecolatinos y de investigaciones arqueológicas” se ha constatado “la existencia de un recinto amurallado, un importante enclave de control, que dominaría la vía de penetración del valle hacia el interior de las actuales provincias de Cádiz y Málaga, y, por lo tanto, dominaría también buena parte de estas dos provincias”.

Apoyaron la incoación del yacimiento como BIC la Universidad de Málaga, la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, así como la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Pero eran solo palabras. Palabras que quedaron en nada hace ya casi un cuarto de siglo.

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