El mundo tal como lo vemos y sabemos contarlo

Me gustaría que la tecnología les permitiera ver cómo cubrimos los corresponsales y enviados especiales los grandes y pequeños acontecimientos de la historia.

Las dificultades que hemos de superar para enviar una crónica desde la plaza Tahrir de El Cairo rodeados de acosadores, o desde el desierto libio, en medio de la nada, con el laptop conectado a una antena satelital encima del capó de un coche y las tropas de Gadafi pisándonos los talones, o desde los bayús de Lousiana rodeados de líderes del Ku Klux Klan a los que, evidentemente, vamos a denunciar en nuestra nota, o desde la Cachemira arrasada por un terremoto, dictando la crónica desde un Nokia que se corta, sin poder quitarnos de la cabeza la voz de la superviviente que nos pide que recemos por ella.

Los periodistas que ustedes leen hoy en la sección de Internacional de La Vanguardia hemos pasado por estas y otras experiencias. No las escribimos, apenas las explicamos, pero es a través de ellas que vemos el mundo que a ustedes les mostramos.

Ver el mundo y explicarlo, así de fácil y así de imposible. Ver, aprender y escribir. Este es el desafío y la recompensa. Plàcid Garcia-Planas lo resume en dos palabras: “Información y libertad”. Gonzalo Aragonés añade la adrenalina de “saber que estás en contacto con la historia”, y Francesc Peirón la constancia del maratoniano, “la soledad del corredor de fondo”, el reportero que ve pasar líderes y gestas sin dejarse embaucar.

Los vimos pasar, así tituló Jaime Arias su libro de retratos sobre los personajes que desfilaron por el hotel Ritz de Barcelona durante la posguerra.

Si la información internacional identifica a La Vanguardia 139 años después de su fundación, si hemos llegado hasta aquí, hasta la última crónica de Catalina Gómez Ángel (en un servicio especial desde Teherán) explicándonos la valentía de Narges Mohamadi, la defensora de los derechos humanos que el pasado 10 de octubre, nada más pisar la calle después de cinco años de prisión se puso a cantar una canción prohibida, a cantar sin velo en un país en el que las mujeres han de ir cubiertas y no pueden cantar en público, si hemos llegado hasta esta historia, si esta historia ha llegado hasta ustedes y ustedes han podido asomarse al Irán de hoy mismo, es gracias al camino que antes abrieron Jaime Arias y los periodistas de su estirpe, Gazie l , Augusto Assía, Santiago y Carlos Nadal, Tristán La Rosa, Ángel Zúñiga, Carlos Sentís, María Dolores Masana, Pau Baquero, Xavier Batalla, Tomás Alcoverro, Ricardo Estarriol , Rafael Poch, Pedro S. Queirolo, Valentín Popescu, Joaquim Ibarz y Lluís Foix, defensores de la libertad y el rigor, personas discretas, inteligentes y curiosas, siempre con la idea de Europa en el cabeza.

Hace más de 30 años, antes de un viaje al Kurdistán turco, siguiendo los pasos de Cristóbal Tamayo, el primer periodista español que escribió desde aquellos paisajes anatólicos de praderas y montañas nostálgicas, Lluís Foix me dijo: “Lee todo lo que puedas y cuando llegues allí explica lo que veas”. Es un consejo que él había recibido de Horacio Sáenz Guerrero y que la gran mayoría de corresponsales hemos seguido y propagado. Para Gemma Saura, por ejemplo, “no hay nada mejor que llegar a un sitio creyendo que vas a contar una historia y descubres que la historia es otra. Sólo cuando tocas, hueles, observas y hablas con la gente que no está en Twitter (que es la mayoría) es cuando realmente puedes explicar el mundo con sus complejidades y contradicciones”.

“No hay nada mejor que llegar a un sitio creyendo que vas a contar una historia y descubres que la historia es otra”

“Un desafío permanente de esta profesión –explica Eusebio Val–, y más aún en la era de internet y de los ajustes presupuestarios, es salir de la redacción, tocar la realidad y poner límites al protagonismo excesivo que acaparan los portavoces del poder político, económico e incluso cultural.”

María-Paz López cree que para entender el presente hay que conocer la historia con mayúscula y poner en valor el “periodismo de la memoria”.

Eusebio Val, después de muchos años en este oficio, ha llegado a la conclusión de que “las experiencias más enriquecedoras como corresponsal –y más útiles para los lectores– han surgido a menudo del contacto con gente de la calle, personas que no eran conocidas ni tenían cargos políticos o institucionales. La naturaleza de nuestro trabajo nos obliga a estar pendientes de las declaraciones incesantes de los líderes políticos, de mítines, conferencias, cumbres y demás citas organizadas para los medios. Pero para desentrañar lo que pasa, para tratar de comprender una sociedad y un país, hay que salir a la calle. No siempre son reflexiones muy articuladas, pero a veces sí se desgranan pensamientos que explican mejor las situaciones que los discursos oficiales.”

“Las experiencias más enriquecedoras como corresponsal han surgido a menudo del contacto con gente de la calle”

Xavier Aldekoa reconoce, en este sentido, que “ha sido un privilegio que miles de africanos me hayan dado la posibilidad de escuchar sus historias y poder contarlas”.

Muchas de estas historias, como apunta Félix Flores, hubiera sido imposible explicarlas sin la ayuda de las personas que contratamos sobre el terreno. “En países en conflicto –dice–, en el espacio del antiguo Pacto de Varsovia o en el mundo árabe, la ayuda de chóferes y fixers –como se conoce a las personas que facilitan a los reporteros los contactos y las claves– es a menudo fundamental. Al volver a casa, siempre se dejan cosas atrás y la mayor de ellas es un sentimiento de deuda con los fixers”.

Volver a casa es volver a la redacción, lo que entonces implicaba, mucho más que ahora, plantear ideas, escuchar y debatir. Había el tiempo que hoy no tenemos y la redacción era un aula. Carlos Nadal era un maestro de corresponsales. En la hemeroteca estaban casi todas las respuestas.

“Al volver a casa, siempre se dejan cosas atrás y la mayor de ellas es un sentimiento de deuda con los fixers”

Garcia-Planas confiesa que “trabajar en un diario con una hemeroteca de 139 años marca. En esta sección ya había redactores editando crónicas de corresponsales en el frente ruso durante la Primera Guerra Mundial, en la conquista de Abisinia por los italianos en 1936 o la ofensiva del Tet en el Vietnam de 1968. Es como escribir en una máquina del tiempo. Y no es poesía. En el invierno de 1915, Gaziel describió sobre el terreno cómo todo un pueblo del sur de Serbia huyó ante el avance de las tropas del káiser. Hace unos años fui a ese pueblo,localicé al vecino de mayor edad y le pregunté si recordaba, de niño, haber huido ante el avance alemán. El hombre me miró desconfiado. “¿Y usted cómo lo sabe?”, me preguntó. “Porque leo La Vanguardia”, le contesté.

“Trabajar en un diario con una hemeroteca de 139 años marca. Aquí ya había redactores editando crónicas de corresponsales en el frente ruso durante la Primera Guerra Mundial”

La Vanguardia no hubiera apostado por la información internacional si una familia de la burguesía industrial de Igualada no hubiera querido conocer y explicar el mundo. Los Godó siempre han creído que el progreso hay que ir a buscarlo fuera y sólo a partir de este convencimiento hemos podido mantener hasta hoy nuestra amplia red de corresponsales y enviados especiales.

Ellos y ellas cruzan barrios y fronteras para encontrarle sentido al mundo. En el Ulster, por ejemplo, Rafael Ramos tuvo que tomarse “unas pintas de cerveza con los integrantes del Consejo Armado del IRA en el condado de Armagh después del entierro de un paramilitar republicano” para tener una historia que contar.

Ordenador Tandy 200, utilizado por la sección de internacional de 'La Vanguardia' en los años noventa para enviar crónicas
Ordenador Tandy 200, utilizado por la sección de internacional de ‘La Vanguardia’ en los años noventa para enviar crónicas (Plàcid Garcia-Planas)

Beatriz Navarro, por su parte, tuvo que soltar la mano de una superviviente para escribir la crónica del terremoto en Cachemira. “Escribí en el coche –recuerda–. Era de noche y circulábamos por unas carreteras imposibles. Dicté la crónica desde un viejo Nokia que perdía la conexión. Joaquín Luna, entonces jefe de Internacional, y la compañera Isabel Ramos me tomaron nota como pudieron. Fue una experiencia más íntima de lo que parece, leer al teléfono un texto así, que pretendía reflejar la desolación, dolor y muerte que había presenciado en ese rincón del mundo al que no he vuelto.”

Gracias a aquel reportaje, todos podemos volver a aquel lugar y aquel momento. La información pasa pero la crónica, el reportaje de ambición literaria, como diría Tomás Alcoverro, decano de los corresponsales en Oriente Medio, permanece. Esta es la magia a la que nos entregamos cada día.

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