“El nombre María Lejárraga, como el de tantas otras mujeres olvidadas, no ha llegado por desinterés”

Son muchas las mujeres que han quedado silenciadas en la historia y que, pese a dejar un gran legado, poco o nada se conoce de ellas. Es el caso, por ejemplo, de María Lejárraga, que tantos clásicos ha brindado a la literatura española pero de la que tan poco se conoce. Y es que sus obras fueron firmadas en su momento por su marido Gregorio Martínez Sierra, considerado uno de los grandes autores del momento. La escritora Vanessa Montfort se ha propuesto descubrir a esta gran mujer al gran público y lo ha hecho con la novela La mujer sin nombre (Plaza y Janés), recién llegada a las librerías.

“Había escuchado hablar de ella, pero su nombre no había vuelto a mi hasta que una amiga, a la que le había obsesionado el personaje, no paraba de repetirme que tenía una obra. Meses después fue muy curioso porque me llamó Ernesto Caballero, director del Centro Dramático Nacional, para decirme que iban a hacer un ciclo sobre una serie de mujeres escritoras a las que pretendían dar voz y, entre los nombres que me dijo, estaba el de María. Pensé que esto era cosa del destino y que tenía que empezar a indagar. Además era escritora y dramaturga como yo, por lo que me ha resultado fácil conectar, ya que tenemos muchas similitudes como autoras.

No es que colaborara con su marido, sino que las noventa obras que se le atribuyen a él eran en realidad todas de María”

María escribiendo junto a su marido Gregorio
María escribiendo junto a su marido Gregorio (Archivo María Lejárraga)

La investigación le llevó un tiempo a Montfort, que llegó a viajar incluso a Nueva York para conocer a mujeres como Patricia O’Connor que ya habían indagado previamente en la literata. También dio con sus descendientes, que todavía hoy guarda las cartas que se intercambió en su momento el matrimonio y el diario personal de ella. “Leyendo toda esa correspondencia me di cuenta de que no es que colaborara con su marido, sino que las noventa obras que se le atribuyen a él eran en realidad todas de María […] Él llegó a reclamarle acto por acto las obras porque le dice que si no los actores no pueden seguir ensayando. O le manda que le escriba el obituario de Torcuato Luca de Tena, que era amigo, ya que él no es capaz de escribir algo sin que se note que no es su prosa habitual”.

Sobre las misivas, “ella se llevó al exilio un paquetito de cartas que no destruyó y si hubiera querido destruirlas lo hubiera hecho. Vivió cien años, es decir, que tuvo tiempo para hacerlo. Quería de algún modo que se supiera quién había sido ella. En sus memorias ya procuró llamarse coautora, por una cuestión ya te diría casi de supervivencia. Y lo que pretendo yo ahora con La mujer sin nombre es reclamar la autoría total de esas noventa obras entre las cuales hay clásicos de nuestra literatura, de nuestra ópera y de nuestra zarzuela”, apunta Montfort.

Gregorio está encantando siendo el gran autor además del gran director y no hizo ningún gesto por explicar la verdad”

La escritora explica que todo empezó, probablemente, al inicio de la relación. “Yo creo que fue un acuerdo entre el matrimonio, y probablemente también un error de juventud, porque ella tenía un contrato público de maestra que le prohibía, entre otras cosas muy kafkianas, no firmar obras públicamente. El matrimonio acuerda firmar con el nombre de él, pero, con el tiempo, se va haciendo la firma cada vez más grande y se convierte en una marca exitosa y entonces, ¿dónde lo paras? Gregorio está encantando siendo el gran autor además del gran director, no hace ningún gesto por explicar la verdad”.

Por otro lado, a ella tampoco le gusta el mundo de la farándula en el que tendría que moverse y además no podía ser bienvenida. Y habría caído sobre ella el prejuicio de que las obras estaban escritas por una mujer. Entonces, ya no habría estrenado ni en el Teatro Nacional, ni tampoco en Broadway, Londres o los teatros de los Campos Elíseos. El problema llegó cuando se separó de su marido, porque este tenía una aventura con Catalina Bárcena, la actriz del momento. Luego, más tarde, llegaría Catalinita, la heredera. Para colmo, cuando muere Gregorio, además, ella está en el exilio y por una cuestión de supervivencia, habían acordado de que fuera de España si irían las obras firmadas por los dos para así poder ella percibir una cantidad. Pero luego Gregorio no la menciona en su testamento, con lo cual allí empieza una verdadera batalla legal.

“A día de hoy sigue sin estar reconocida y es algo con lo que yo sigo detrás de ello porque es un clásico perdido que no se ha conocido hasta ahora. Lo peor es que su nombre, como el de tantas otras, no ha llegado por desinterés. Es que ni siquiera creo que haya una conjura judeomasónica contra ella. Eso es lo más triste, ya que esto se sabía como mínimo desde los años 60”, denuncia Montfort.

María junto a Falla, Turina y Natalia, hermana de la autora, en el patio de su casa
María junto a Falla, Turina y Natalia, hermana de la autora, en el patio de su casa (Archivo María Lejárraga)

Feminismo y Lyceum Club

El feminismo fue el motivo por el que Lejárraga acabó en el exilio. Su vida tiene dos mitades. La primera está más rodeada de hombres, porque está adentrada, aunque sea de incógnito, en el mundo literario y su gran amigo es Juan Ramón Jiménez. Pero luego, durante la Segunda República, surge de ella el feminismo.

En la novela vemos esta creación tan vibrante del Lyceum Club, donde está junto a Zenobia Camprubí, Victoria Kent, Clara Campoamor o Colombine, entre otras. Mujeres que tanto tuvieron que ver con la aprobación del sufragio femenino, la ley del divorcio y tantas otras cosas importantes. Entonces ella ya se dedica a la vida política y en parte también llega hasta aquí por su experiencia previa y sus ganas de denunciar las injusticias

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