El ofuscado ciclista de amarillo

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Dos ciclistas con atuendos deportivos amarillos pasaron raudamente y uno de ellos le gritó a Barclays:

—¡Traidor!

Eran las cinco de la tarde y Barclays estaba dando su paseo vespertino por las calles apacibles de la isla donde vivía. Al oír dicho insulto repentino, se quedó helado, estupefacto, sin reacción. En los veinticinco años que llevaba viviendo en aquella isla de gente ensimismada, nunca lo habían insultado a gritos, en la calle.

—¡Todos los cubanos hemos dejado de verte! -volvió a gritar el ciclista, al mismo tiempo que se detenía, junto con su compañero de ruta.

Al arrogarse la representación de su gentilicio, el ciclista delató su nacionalidad, que ya podía adivinarse por su acento. Barclays tenía un programa de televisión en el que hablaba de los espinosos asuntos políticos. Por eso el ciclista le gritó:

—¡Has perdido audiencia, traidor! ¡Te van a cerrar el programa!

Temeroso de que el ciclista se acercase a él y lo agrediese a golpes, Barclays, que no sabía reñir en pendencias callejeras, que se declaraba cobarde, que solo sabía defenderse escribiendo, se detuvo, no quiso acercarse a su espontáneo y vociferante enemigo. Tampoco se atrevió a responderle nada, a insultarlo, a defender a gritos su improbable honor. Lo mejor es quedarme callado y esperar a que se vaya, pensó. Se quedó parado, en silencio, sin sonreír desdeñosamente, sin permitirse la menor mueca burlona.

—¿Cuánto te han pagado, traidor? -volvió a gritar el ofuscado ciclista de amarillo.

Era un hombre espigado, muy delgado, con lentes oscuras, de mediana edad. Su compañero de ruta guardaba silencio. Barclays siguió callado, paralizado, levemente tembloroso.

—¡Traidor! -gritó el ciclista, y continuó su marcha, acaso liberado de la ofuscación o la ira que lo crispaba.

El ciclista le gritaba a Barclays que era un traidor porque este, en su programa de televisión, había dicho que el presidente Trump había perdido la reelección, que nadie le había hecho fraude ni trampa, que debía aceptar su derrota en buena lid y reconocer al ganador, el presidente electo Biden. A los ojos del ciclista, Barclays era un felón porque no apoyaba a Trump ni hacía suya la tesis conspirativa del fraude contra el presidente. El ciclista quería que Barclays dijera en su programa que Trump había ganado la reelección y que Biden había organizado una gigantesca conspiración para robarle el triunfo. Pero Barclays pensaba honestamente que Biden había ganado sin trampa ni amaño y que Trump, intoxicado de arrogancia, era un mal perdedor. Sin embargo, el ciclista por lo visto maliciaba que Barclays era parte del fraude y que los financistas de Biden le habían pagado dineros por debajo de la mesa para comprar su opinión. En su larga carrera periodística en las televisiones de América, no era la primera vez que un enfurecido espectador le espetaba a Barclays que había cobrado dineros para decir una opinión política. Alguna gente tendía a pensar que las opiniones de Barclays se alquilaban o vendían al mejor postor. Por lo visto, era el caso del ofuscado ciclista de amarillo.

De hecho, Barclays había anunciado en su programa que, por primera vez desde que votaba en elecciones presidenciales en los Estados Unidos, no votaría. En efecto, no apoyaría a Trump ni a Biden, elegiría una distancia crítica de ambos para preservar su independencia periodística. Pocos espectadores, no obstante, le habían creído. Algunos lo acusaban de apoyar mal disimuladamente a Trump. Otros le enrostraban que se había vuelto un izquierdista felón que respaldaba de un modo embozado a Biden.

Semanas antes del día de los comicios, Barclays recibió por correo una papeleta de votación. La abrió, vio los casilleros que debía marcar, se preguntó qué debía hacer, lo asaltó la tentación de votar a hurtadillas, clandestinamente, sin que nadie, ni siquiera su esposa, supiera por quién había votado. Al final, prefirió no votar. Ninguno de los dos candidatos le inspiraba confianza, le gustaba realmente. Deploraba el carácter prepotente, autoritario, mandón, del presidente, su estilo tosco y chocarrero, exento de decencia y civilidad, su relación promiscua con la verdad: le parecía que Trump no estaba a la altura del cargo, que era todo menos sabio y humilde. Al mismo tiempo, veía con alarma que Biden pareciera un anciano que se había extraviado, que decía cosas sinsentido, que no sabía cómo volver a casa: no le parecía que estuviera en condiciones de ejercer el oficio más arduo y extenuante del planeta.

Por eso, Barclays finalmente no votó, se exoneró de dicha responsabilidad: por una vez en su peripatética vida de tiratiros de la política, de francotirador que cavaba una trinchera y se iba a la guerra por tal o cual candidato, ahora no encontraba fuego en el estómago para irse a la batalla por Trump ni por Biden. Tuvo entonces una idea mejor: preguntarle a su hija de nueve años, muy curiosa intelectualmente, interesada en la política, si quería votar por primera vez en su vida. Barclays estaba mal del hígado, tenía cincuenta y cinco años, había vivido una vida de excesos y desmesuras, a menudo pensaba que más o menos pronto reventaría, colapsaría, dejaría de respirar. Debido a ello, a que sus expectativas de vida eran más bien acotadas, lo sedujo la idea de compartir con su hija un momento acaso inolvidable y dejar que ella eligiera a los políticos de su futuro: mi hija es mucho más inteligente que yo, pensó Barclays, así que con toda seguridad votará mejor que yo.

Por supuesto, la niña se sintió halagada y emocionada cuando su padre le cedió la papeleta de votación. Votaría, a tan precoz edad, en lugar de su padre, suplantando a su padre. Se sentía poderosa, importante. Tenía una opinión política y podía expresarla, quería expresarla. Lo mismo que su madre, sentada a su lado, contemplándola con orgullo, la niña votó por Biden y por una amiga de Barclays llamada María Elvira para el congreso. Los padres y la niña cerraron el sobre, Barclays lo firmó y fueron al correo, a depositar la papeleta de votación. Barclays pensó: con suerte, mi hija no olvidará este momento y recordará que confío en su inteligencia más que en la mía.

El día de las elecciones, la esposa de Barclays acudió a votar y eligió sin dudarlo a Biden: como muchas mujeres jóvenes, detestaba a Trump, a quien consideraba un canalla y un patán.

Sin embargo, la madre de Barclays, que estaba lejos de la isla, a miles de millas, a cinco horas de vuelo en avión, era partidaria de Trump y por eso le escribía correos frecuentes a su hijo, pidiéndole que votase por la reelección del presidente. La madre de Barclays se oponía radicalmente a Biden por razones morales, religiosas: como Biden aprobaba el aborto legal y Trump lo condenaba, ella estaba con Trump. Además, la señora pensaba, y así se lo decía a su hijo, que Biden era de izquierdas socialistas y que su triunfo pondría en peligro las libertades y la prosperidad.

Como Barclays adoraba a su madre, cuando recibía un correo de ella se convertía en un pusilánime, un chaquetero, un camaleón, y le decía que coincidía en todo con ella, que Trump era mejor, mucho mejor, que votaría por el presidente y pronto anunciaría tal cosa en su programa. Barclays le mentía descaradamente a su madre, pero lo hacía por amor, para complacerla, para halagarla, para no darle un disgusto más.

Cuando Barclays, en agosto, a tres meses de las elecciones, pronosticó que, debido a los estragos del coronavirus, Trump perdería la reelección, su madre le mandó un correo afectuoso pero virulento, amonestándolo, llamándolo al orden y asegurándole que el presidente ganaría por paliza.

Es decir que, para preservar la armonía familiar, el acomodaticio Barclays era pro-Trump con su madre y anti-Trump con su esposa y su hija. No le costaba ningún esfuerzo cambiar de bando, mudar de piel, ponerse la camisa del contrario: el francotirador se había convertido en un debilucho asustadizo, un panqueque, un tránsfuga Si antes su primera pulsión era confrontar, ahora elegía conciliar. Será que me he vuelto viejo, pensaba.

Por eso, cuando el ofuscado ciclista de amarillo le gritó traidor, vendido, mercenario, cuánto te han pagado, Barclays se quedó en silencio, sin respuesta: nadie le había pagado dineros deshonestos para torcer su opinión, solo que ahora su opinión era lo bastante elástica para halagar a su madre conservadora y a su esposa liberal, ahora su opinión era lo bastante humilde para que su hija votase por él. Los años, pensaba, me han reblandecido. De hecho, si para salvarse de una paliza a manos del ofuscado ciclista de amarillo, Barclays hubiese tenido que darle la razón y decirle que había ocurrido un fraude, con toda seguridad habría alegado fogosamente que le habían robado el triunfo a Trump.

De hecho, es lo que, en cierto modo, le había ocurrido con el científico loco. Así llamaba Barclays a un señor que salía a caminar por la isla al final de la tarde y se encontraba a menudo con él. El científico loco era algo mayor que Barclays, caminaba a paso lento, con aire despistado, el pelo largo, muy largo, canoso, recogido en una coleta cubriéndole la nuca, lo que le daba un aire de hippie, de bohemio, todo un personaje extravagante y colorido, desusado en la isla. Al comienzo Barclays y el científico loco se saludaban con un ademán, sin detenerse. Luego el científico sorprendió a Barclays una tarde en que le dijo, en correcto español, que lo había visto por casualidad en televisión. Desde entonces, cada tarde que se encontraban, el científico loco se detenía sin premura y comentaba con Barclays los asuntos políticos. Pronto quedó claro para Barclays que el científico loco apoyaba a Trump y no tenía vergüenza en decirlo. ¿Era realmente un científico? Barclays no lo sabía, pero pensaba que parecía un científico millonario, retirado. ¿Era loco, o algo loco? Sí, a no dudarlo, pensaba Barclays, porque el científico, cuando caminaba, hablaba consigo mismo y hacía bromas y se reía a carcajadas, y no porque estuviera hablando por el celular. ¿Cómo un científico loco podía apoyar a Trump? Por lo visto, era más loco que científico, pensaba Barclays, y no por eso lo quería menos.

Un domingo por la tarde, caminando por las calles de siempre, irrumpió de pronto, rasgando groseramente la quietud vespertina, una caravana de coches y carritos de golf, lanzando vítores al presidente Trump: los coches tocaban sus bocinas, mostraban banderas y pancartas, hacían una bulla que aturdió y dejó perplejo a Barclays. Muchos, además, lo reconocían de la televisión y le gritaban que apoyase a Trump, que votase por él, y Barclays, intimidado, los aplaudía, simulaba apoyarlos, les sonreía como un triste adulón, agitando sus brazos, saludándolos, convenenciero. De pronto, Barclays vio, en medio de la caravana, al científico loco, manejando un carrito de golf, gritando loas y alabanzas al presidente. El científico loco detuvo su marcha, corrió con una pancarta donde Barclays y le obsequió el cartel. Abrumado por las circunstancias, Barclays mostró el cartel a la caravana y por un momento se convirtió en un adorador de Trump. El científico loco, sin mascarilla, abrazó a Barclays y le dijo que sin duda ganarían. Luego se alejó, eufórico. Barclays se sintió un pérfido, un panqueque, un travestido: si no apoyaba a Trump, ¿por qué era tan blandengue para fingir ante el científico loco y su caravana de lunáticos vocingleros que sí lo respaldaba? Tal vez porque Barclays no quería perder el cariño del científico loco. Sin embargo, en su fuero íntimo, odió a los bullangueros de la caravana, deploró que hicieran tanto ruido.

—¡Traidor! -le gritó el ofuscado ciclista de amarillo a Barclays, una semana más tarde-. ¿Cuánto te han pagado?

Minutos después, el ciclista reapareció, recorriendo la calle en sentido contrario, tras haber extenuado las rutas de la isla. Esta vez no se detuvo. Solo se permitió gritarle a Barclays:

—¡Camina como hombre! ¡Caminas como pato!

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