El pasado siempre vuelve

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El pasado siempre vuelve

Aunque el pasado no volviera, aun cuando no estuviera ya presente de múltiples formas en nuestras sociedades, los gobiernos se encargarían constantemente de reavivarlo por su inmediato rédito político. Lo explica el libro ‘El pasado siempre vuelve. Historia y políticas de memoria pública’, editado por Julio Ponce Alberca y Miguel Ángel Ruiz Carnicer

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El pasado siempre vuelve es el leitmotiv de este magnífico volumen colectivo que editan los profesores Julio Ponce Alberca y Miguel Ángel Ruiz Carnicer. Y es que aunque el pasado no volviera, aun cuando no estuviera ya presente de múltiples formas en nuestras sociedades, los gobiernos se encargarían constantemente de reavivarlo por su inmediato rédito político. Incluso aquellas políticas que nos quieren hacer creer que el pasado ha sido superado parten de una meticulosa selección de los elementos que deben caer en el olvido y aquellos que contribuyen a explicar nuestro presente, de las vidas merecen ser lloradas y de aquellas que no importa que caigan en el olvido. Tampoco esta selección ayudaría, como pretenden los gobiernos, a pasar página, ya que implica un constante y necesario retorno de aquellas víctimas que no han sido reconocidas públicamente. Superar el pasado, sería dejar de reconocer su naturaleza conflictiva y compleja. El pasado siempre nos incomoda y nos interpela, nos devuelve una visión mucho más compleja y rica que aquella que teníamos al acercarnos a ella.

Aquí reside una de las principales virtudes de esta obra, que nos muestra la complejidad de gestionar públicamente nuestro pasado, las múltiples aristas que tienen los diversos problemas que aquí se abordan. En ocasiones, las diversas contribuciones parecen verdaderos informes de comisiones de expertos en los que se analiza el objeto de estudio desde una perspectiva histórica y se plantean diversas formas de gestión, trayendo ejemplos tanto de España como de otras partes del mundo. Con ello, los autores nos acercan a cuestiones tan complejas como la represión económica (Julio Prada) o los expolios artísticos (Miguel Martorell) y las múltiples dificultades que existen para su reparación. Otro conjunto de contribuciones nos acerca a la cuestión de la gestión patrimonial de las dictaduras con los casos del Valle de los Caídos (Javier Rodrigo), el pazo de Meirás (Emilio Grandío) y la arquitectura fascista (Javier Muñoz Soro). La polisemia de estos espacios, su historia, así como el valor artístico en el caso de la arquitectura fascista, dificultan considerablemente su presentación al público de una sociedad democrática.

Estos problemas no sólo afectan a la gestión del pasado sino también al oficio de historiador. Como constata en la introducción Julio Ponce, el desarrollo de leyes memoriales puede conllevar limitaciones de la libertad de expresión, judicializando la historia y estableciendo una lectura canónica de la misma. Por otro lado, los regímenes de posverdad han equiparado la investigación seria con la opinión. Si bien casi todas las contribuciones subrayan la naturaleza fluida de la(s) memoria(s), su recuperación, evolución, modificación y adaptación a lo largo del tiempo, la contribución de Miguel Ángel Ruiz Carnicer nos acerca al inmediato presente del recuerdo del Franquismo tras la muerte del dictador y el papel político que desempeñó en los inicios de la Transición.

Al incorporar otros casos como Polonia (Olga Glondys) e Italia (Javier Múñoz Soro), esta obra rompe parcialmente con la idea de la anomalía de España, para mostrar otros pasados problemáticos, ya sea el antisemitismo polaco o la arquitectura fascista, que todavía hoy suscitan acalorados debates. Además, la obra supera los marcos en ocasiones estrechos de la memoria de la Guerra civil y el Franquismo, para abordar otras cuestiones como las huellas de la Primera Guerra Mundial en dos países neutrales –España y Argentina (Maximiliano Fuentes Codera) o la memoria de la violencia vasca a través de dos modelos institucionales el Centro Memorial y el Instituto Gogora (Antonio Rivera). Por último, esta obra rinde tributo a la joven y brillante historiadora polaca, Olga Glondys, que falleció el 17 de julio de 2020, y que contribuye a este volumen con un interesante capítulo sobre el debate de la memoria de la guerra y el holocausto judío en Polonia.

Aunque la cuestión de la memoria pública lleva varias décadas marcando la agenda social y académica, la cuestión no ha perdido ni un ápice de actualidad. Bastaría recordar cuestiones como la proliferación de juicios contra historiadores, las conflictivas resignificaciones de monumentos como el Valle de los Caídos o el pazo de Meirás o las disputas por la estatuaria pública. La publicación de El pasado siempre vuelve en Prensas Universitarias de Zaragoza es una buena prueba de la preocupación constante por estas cuestiones, confirmando una línea editorial preocupada no sólo por el estudio del pasado sino también por su gestión, con obras tan relevantes como El cuerpo del duce. Un ensayo sobre el desenlace del fascismo (2020); Naturaleza muerta. Usos del pasado en Euskadi después del terrorismo (2018); o el ya clásico Usos públicos de la Historia y política de la Memoria (2004).

La tarea del historiador se complica todavía más porque vivimos en sociedades presentistas, en las que, como señalara François Hartog, ya no es una utopía futurista la que guía el presente e ilumina el pasado, sino que es el propio presente el único horizonte de los tiempos históricos. No hay más futuro o pasado que el que necesita el presente para afirmarse. En este contexto, la gestión del pasado abandona toda reflexión para asumir con demasiada frecuencia tonos justicieros y prefiere recurrir a soluciones fáciles como la damnatio memoriae, antes que a soluciones más elaboradas como la resignificación y explicación del pasado histórico. Por ello, obras como las que nos proponen Julio Ponce Alberca y Miguel Angel Ruiz Carnicer parecen hoy todavía más necesarias.

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