El presidente donjuán y la otra primera dama

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El joven y apuesto presidente uruguayo Mario Galeano, que mantenía el cuerpo robusto levantando pesas en el gimnasio de la casa presidencial de Prado, esquiando en las montañas de Neuquén y corriendo olas en los mares de La Pedrera y La Paloma, se había enamorado de la primera dama. El pequeño problema consistía en que Galeano se había enamorado no de la primera dama uruguaya, su esposa Juliana, una mujer encantadora, sino de la primera dama brasileña.

La primera dama brasileña, Lola Silva, era una mujer joven, agraciada, hermosa, llamativamente hermosa, que parecía una modelo o una actriz o una presentadora de televisión. Había sido todo aquello, modelo y actriz y estrella de la televisión, pero se había retirado del circo exhibicionista de la farándula cuando se enamoró de un político brasileño de extrema derecha, Henrique Moreira, de verbo inflamado e incendiario, quien sobrevivió a varios atentados contra su vida y ganó las elecciones presidenciales con un discurso populista y autoritario que glorificaba a los militares y prometía mano dura.

El presidente uruguayo Galeano amaba a su esposa Juliana, pero no solía viajar con ella. El presidente brasileño Moreira amaba a su esposa Lola, pero más se amaba a sí mismo. Como pasaba los días hablando a gritos, diciendo vulgaridades, amenazando a la prensa, comportándose como una canalla o un matón, cuando llegaba al lecho conyugal en el palacio de la Alvorada, tarde ya en la noche, Henrique Moreira se encontraba sin reservas para escuchar a su esposa Lola, para hacerle preguntas, para amarla. Prefería ciertamente escucharse a sí mismo. A veces, la primera dama brasileña se sentía sola, triste, vacía. Le parecía que su marido, el presidente, el hombre más poderoso del país, no la quería realmente, no se interesaba por ella, no tenía ganas de hacerle el amor. Se sentía poderosa y abandonada, poderosa y prisionera, poderosa y desdichada.

Fue en esas circunstancias que se conocieron el presidente uruguayo Mario Galeano, que había viajado a Brasilia sin su esposa Juliana, y la primera dama brasileña Lola Silva, que, por supuesto, se encontraba acompañada por su marido Henrique Moreira, el presidente charlatán, el presidente chocarrero. Nada más ver a la primera dama brasileña, estrechar su mano y besarla en la mejilla, el presidente uruguayo sintió que un rayo fulminante y translúcido le había caído en la cabeza, lo había estremecido y erizado, lo había llenado de promesas audaces y le había sugerido unos caminos sinuosos al placer reservado, si acaso, para los más intrépidos. El presidente uruguayo no tenía miedo a nada, ni a los mares bravos ni a los enemigos rencorosos: por eso tampoco tuvo miedo cuando sintió que su cuerpo se tensaba deliciosa y clandestinamente al conocer a aquella mujer, Lola Silva, la mujer del presidente vecino, la mujer prohibida, que le resultaba tan apetecible.

Durante la cena, el presidente Galeano se aburrió escuchando la cháchara envanecida de su colega Moreira, que, como buen militar retirado, hablaba a los gritos, como si estuviera en un cuartel, y festejaba con risas estrepitosas sus chistes groseros. Fingiendo escucharlo con atención, el presidente uruguayo miraba de soslayo a la primera dama brasileña, le sonreía a hurtadillas y trataba de decirle con ojos incandescentes que quería llevarla a la cama y poseerla esa misma noche. Tal cosa, desde luego, no fue posible, o no tan pronto. Pero, cuando el presidente Moreira se retiró un momento a los servicios higiénicos, el presidente Galeano hizo acopio de coraje y le dijo a la primera dama del país vecino:

– ¿Serías tan amable, querida Lola, de darme tu número de celular? Mi esposa Juliana quiere estar en contacto con vos para invitarte a Montevideo.

La agraciada dama brasileña, sintiéndose viva, deseada, bien mirada, no vaciló en decirle los números de su teléfono a Galeano. Por si fuera poco, le dijo enseguida su correo electrónico, que el presidente uruguayo anotó en su teléfono móvil.

– Mi esposa Juliana te llamará en los próximos días – le prometió.

Pero no fue la primera dama uruguaya quien llamó a la brasileña: fue el propio Galeano quien, arriesgándose a ser pillado por Henrique Moreira, el mandamás de Brasil, le mandó un escueto mensaje de texto a la señora que perturbaba sus sueños, Lola Silva:

– Mi mujer y yo queremos invitarte unos días a Montevideo para que seas la madrina de honor de nuestra fundación a favor de los niños desamparados.

Como la primera dama brasileña se aburría soberanamente entre los políticos de su país, como sentía que el joven uruguayo Galeano la había mirado con atención (una atención que no encontraba en los ojos de su marido Henrique, el presidente de mano dura para gobernar, pero de mano ausente para acariciarla), no dudó en aceptar la invitación.

– Preferimos que vengas sola -le dijo el presidente uruguayo, por mensaje de texto-. Así podemos tener encuentros más privados e informales.

Cuando escribió esas palabras, «encuentros más privados e informales», el presidente Galeano se preguntó si la primera dama brasileña comprendería, o cuando menos sospecharía, que él tenía intenciones de romper el protocolo con ella, por así decirlo, y de invadir no al Brasil, pero sí a la primera dama de ese país.

Por supuesto, el presidente de Brasil autorizó a su esposa Lola a viajar a Montevideo, sin sospechar que allí podía ser emboscada por el donjuán uruguayo. Tan pronto como el avión aterrizó en tierras uruguayas, la primera dama Lola Silva contempló el cielo luminoso y despejado, respiró el aire cálido del verano, presintió que estaba en el lugar correcto y que pasaría días felices de la mano de sus anfitriones y fue recibida por el presidente Galeano, quien la sorprendió con un abrazo prolongado y besos sentidos en las mejillas. No había prensa en el aeropuerto, casi no había testigos, el presidente Galeano había dispuesto que el recibimiento a tan ilustre visitante fuese en estricto privado, tan privado que la primera dama uruguaya aún no estaba al tanto de que su colega brasileña había llegado de visita, supuestamente invitada por ella para amadrinar la fundación benéfica que dirigía.

Sin perder tiempo, el presidente Galeano entró en el vehículo oficial, junto con Lola Silva, quien lucía un vestido de flores muy ceñido, una prenda que delineaba su silueta y sugería en las piernas y el escote los sinuosos caminos al placer reservado, si acaso, para los más intrépidos. Ya de camino al hotel, Galeano tomó de la mano a Silva, le besó la mano y le dijo al oído:

– No puedo dejar de pensar en vos.

La brasileña sonrió, obsequiosa, halagada, y se ruborizó o fingió ruborizarse. El uruguayo puso su mano en las piernas de la brasileña, que no hizo nada por retirarla. La mano quedó allí, atrevida, acarició suavemente a la señora, y luego se retiró. A esas alturas, ya la primera dama Silva sabía que el presidente Galeano, su anfitrión, tenía intenciones peligrosas con ella. Pero, como lo encontraba guapo y encantador, no estaba dispuesta a refrenarlo, quería vivir la aventura hasta el final, sin privarse de nada.

Llegando al hotel, un antiguo casino frente al río de la Plata, el presidente Galeano subió por el ascensor privado hasta la suite presidencial, donde Lola Silva dormiría, y esperó a que subieran las valijas de la señora, quien, a sugerencia suya, había viajado sin custodios ni guardaespaldas. Los hombres de seguridad del presidente Galeano recibieron la instrucción de retirarse y esperarlo abajo, en la cochera subterránea, donde se encontraba el vehículo oficial.

A solas en la suite con la primera dama del país vecino, el presidente uruguayo sacó su teléfono móvil, puso una canción de Kevin Johansen (Oh, what a waist: Pero qué cintura), bailó con Lola Silva, abrazándola, la besó lenta y ceremoniosamente, la desnudó con una expresión de reverencia e incredulidad, como si estuviera desenterrando del fondo del mar un antiguo tesoro, y la amó como nunca habían amado a esa señora: con los modales de un señor y las apetencias de un pirata. Rendida, exhausta, agradecida, Lola Silva comprendió que no amaba a su marido Henrique Moreira, el presidente charlatán, de mano dura. A su turno, Mario Galeano recordó que podía amar a varias mujeres a la vez, se vistió deprisa y le recordó a Lola que cenarían aquella noche en la histórica residencia presidencial de Suárez, con Juliana, la primera dama uruguaya. Mi deber es hacer más estrechas y profundas las relaciones con los países vecinos, pensó el presidente Galeano. He cumplido mi deber, se dijo, socarrón.

La cena oficial con la visitante Lola Silva fue espléndida para las primeras damas, que congeniaron enseguida y se prometieron viajes y proyectos mancomunados, aunque un tanto aburrida para el presidente uruguayo, que bostezaba cuando escuchaba la agenda de la fundación benéfica y maliciaba el próximo encuentro erótico con la brasileña que lo había encandilado. Para guardar las apariencias, el presidente Galeano no quiso acompañar a Lola Silva de regreso al antiguo hotel casino y la despidió, junto con su esposa Juliana, en la casa presidencial.

A la mañana siguiente, la primera dama uruguaya se encontró indispuesta, víctima de severos trastornos digestivos, de modo que no pudo salir de su habitación. Taimadamente, su esposo Mario le había deslizado gotas de un poderoso laxante en el jugo de frutas y el café. Liberado de ella, Galeano acudió a buscar a Lola Silva en el antiguo hotel casino, la llevó al aeropuerto de Carrasco y la sorprendió, diciéndole que volarían juntos, solos, en helicóptero, pues él sabía pilotear aviones y helicópteros. Un poco asustada, pero deseosa de estar a solas con su anfitrión, la primera dama brasileña subió al helicóptero de fabricación francesa. Minutos después, sobrevolando los cielos uruguayos, rumbo a Punta del Este y José Ignacio, la señora Lola Silva, a invitación del piloto, quien se abrió la bragueta con toda naturalidad, le practicó una delicada felación y luego, poniendo en riesgo su vida, se montó a horcajadas sobre él, Mario Galeano, que con una mano piloteaba la aeronave y con la otra piloteaba a la señora Silva. Fue, para ambos, un momento luminoso, fantástico, esperanzador: después de todo, la política valía la pena, el servicio público ofrecías estas recompensas, no todas las esposas de los políticos eran feas y aburridas, la vida podía darte tamañas sorpresas.

Aterrizaron en José Ignacio, en una chacra de grandes pastizales, convenientemente desocupada por los caseros, amigos del presidente Galeano, y allí se acomodaron tres horas en la casa hacienda, pasando revista a la agenda bilateral, reforzando los vínculos de hermandad entre ambas naciones, multiplicando el comercio de fluidos y secreciones, solidificando el afecto y la buena vecindad entre Brasil y Uruguay.

Los días posteriores, sintiéndose desusadamente contenta y optimista, la primera dama brasileña Lola Silva acompañó a su homóloga uruguaya Juliana Galeano en ceremonias de la fundación benéfica para los niños desamparados. En su fuero íntimo, Lola echó de menos a su anfitrión, quien le escribía mensajes de texto inflamados de deseo erótico y le mandaba fotos de sus partes privadas en estado de máximo estiramiento. Una noche, de madrugada, el presidente Galeano salió a hurtadillas de la casa presidencial en el barrio de Prado, se puso una campera de cuero, montó en moto, se dirigió al hotel casino y se metió en la cama de su amada Lola Silva, sin que nadie, salvo el recepcionista del hotel, fuese testigo de aquel encuentro furtivo.

Al día siguiente, como correspondía, el presidente Galeano condujo en su vehículo oficial a la primera dama brasileña de regreso al aeropuerto de Carrasco, donde partiría de vuelta a Brasilia. No se atrevió a besarla en el coche presidencial, por temor a que el chofer los pillase. Pero le dijo al oído:

– Te amo, Lola. Nos veremos pronto. No te olvides de borrar las fotos de tu celular.

Risueña y despreocupada, la señora Lola Silva sobó levemente la entrepierna de su anfitrión, se despidió de él con un abrazo y durmió todo el vuelo de regreso a casa, olvidándose de borrar las fotos delatoras.

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