El racismo 'yanqui' y la brutalidad de los soviets toman Venecia

Andrei Konchalvsky, que firma una obra mayor, y Regina King, que se estrena con efectividad como directora, completan con ‘Dear Comrades!’ y ‘One night in…

La del lunes fue en la Mostra una jornada de las antiguas, de Guerra Fría. Y no tanto porque arrancara a llover, que también, y con la lluvia llegara la extrañeza de lo casi gélido y del agua por todas partes, como por la puesta en escena de la jornada. Tanto ‘Dear Comrades!’ (Queridos camaradas), del ruso Andrei Konchalovsky, como ‘One night in Miami’ (Una noche en Miami), de la estadounidense Regina King, viajaron las dos películas a los años 60 con la actitud y los modales siempre serios de las historias de antes que, a fuerza de insistir en el arquetipo, acaban por ser las de siempre. En la categoría borgiana de los cuatro ciclos o los relatos que resumen todas las historias posibles, entrarían ambas quizá en el último, el del sacrificio de un dios («…Attis, en Frigia, se mutila y se mata; Odín, sacrificando a Odín, Él mismo a Sí mismo, pende del árbol nueve noches enteras y es herido de lanza; Cristo es crucificado por los romanos»). Y así.

La más esperada, sin duda, era la de Regina King. Ella es la protagonista de la serie de televisión que con la claridad de lo ofensivo mejor ha retratado el conflicto racial actual de Estados Unidos. Hablamos de ‘Wachtmen’, la metalectura que Damon Lindelof hace del metacómic de Alan Moore y Dave Gibbons. La cinta basada en una obra de teatro de Kemp Powers (que oficia también de guionista) imagina el encuentro de Malcolm X, Sam Cooke, Jim Brown y Cassius Clay la noche de 1964 en la que este último batió a Sonny Liston sobre el ring. Ellos, cada uno desde su ámbito y sus dudas, sueñan en voz alta y cada una de sus palabras se antoja, visto lo visto tras la muerte de George Floyd, una provocación. Estamos (o están) en el mismo punto.

La directora que debuta en el largometraje opta por el camino más sencillo, limpio y, si se quiere, conservador. Y esto, lejos de ser criticable, se descubre pronto como el principal valor de una película que quiere enseñar la herida, pero sin didactimos cargantes o proclamas demasiado obvias. La estrategia consiste en que las cuatro leyendas se exhiban ante la audiencia como lo que son, casi dioses, hasta alcanzar el momento simple y pulcro del mito. El sacrificio que definiría la esencia del arquetipo en la clasificación ‘borgiana’ viene luego, tras el cartel que cierra la cinta dando noticia del asesinato poco después de Malcolm.

Andrei Konchalovsky y Julia Vysotskaya en la presentación de 'Dear comrades'.
Andrei Konchalovsky y Julia Vysotskaya en la presentación de 'Dear comrades'.EFE

Todo discurre en el interior de una habitación de hotel con apenas unos pocos y bien calculados saltos atrás. Cada uno de los personajes escenifica una posición: la violencia reclamada por uno; el compromiso exhibido por otro; la voluntad de resistir del tercero, o el derecho a vivir bien, como un blanco, ganado por el último. Lo que se debate no es tanto la necesidad y oportunidad de lo justo, como su urgencia. Y es ahí donde más daño hace una película localizada hace ya más de medio siglo. La transparencia, fría como la propia jornada, es la virtud de ‘One night in Miami’.

Stalin en la memoria

A su lado, la película más relevante del día y probablemente de muchos otros. Sin duda, Konchalovsky opta al premio mayor. ‘Dear Comrades!’ es en palabras de su director un homenaje a la generación de sus padres. Aquellos que creyeron en Stalin a pesar del propio Stalin. Se narra lo sucedido en junio de 1962 en un lugar por fuerza perdido que responde al nombre de Novocherkassk. Y que no fue más que una masacre perpetrada por un régimen eternamente moribundo. En el autodenomiado paraíso obrero, los obreros se pusieron en huelga y la paradoja se saldó con la más evidente y funesta de las contradicciones: la muerte.

El maestro ruso coloca al espectador en un lugar tan incómodo como profundamente honesto. La película avanza de la mano del más tétrico de los personajes. O uno de ellos. Julia Vysotskaya interpreta de manera magistral el papel de una funcionaria del partido que ha convertido la corrupción, la nostalgia del gran padre (estamos en tiempos de Nikita Jrushchov) y la simple supervivencia en los puntos cardinales de una existencia necesariamente cruel. Cuando desaparezca su hija tras la masacre perpetrada por la KGB, todo cobrará una nueva vida. O, mejor, la misma muerte de siempre.

‘Dear Comrades!’ discurre por la pantalla como las película de Pakula. Importa el procedimiento, el rigor de una investigación en la que el espectador descubre exactamente lo mismo que los personajes. La pantalla se tensa con la voz oscura de los peores augurios y el sentido del ritmo, siempre funesto, que imprime el director en un escenario de riguroso blanco y negro suena como una cantata abisal. Los dioses sacrificados, por volver a Borges, no son tanto cada una de las víctimas por separado como el ideal mismo de un mundo mejor transformado en simple infierno.

En realidad, tanto King de forma efectiva como de manera magistral Konchalovsky aciertan los dos a radiografiar el pasado como si no existiera. En efecto, y con Faulkner, el pasado es el presente.

Por último, y por completar la sección a competición, la directora polaca Magorzata Szumowska y el director de fotografía Micha Englert (los dos firman la cinta) presentaron ‘Never Gonna Snow Again’ (Nunca volverá a nevar). El registro nada tiene que ver con las dos películas anteriores y, la verdad, con pocas antes. La idea es construir una fábula ecologista entre fantástica y sólo irreal. Un masajista se cuela en una urbanización debida y obscenamente rica de extrarradio. El ser hijo de Chernobil convierte al también él semidios en un ángel radioactivo dispuesto a curar cualquier mal de una sociedad incurable.

Como claramente en su anterior trabajo (‘The other lamb’) y menos evidentemente en buena parte de su filmografía, la directora se entretiene en construir metáforas tan sugerentes y provocadoras como, aceptémoslo, sólo arbitrarias. Junto a hallazgos visuales incuestionables, la película amontona ideas, sugerencias, parodias y simples ocurrencias hasta más allá de lo pudoroso. Sea como sea, el tono grave de película pretendidamente profunda no ayuda.

Y así se completó un día sacrificial, frío y esférico. Cuando llueve en Venecia, todo es agua.

Conforme a los criterios deThe Trust Project

Saber más

CineVea el 'tráiler' final de Tenet
Cine'Hasta el cielo': Calparsoro reescribe y pule con maestría las reglas del cine quinqui
HistoriaPepa Flores, ni guapa, ni simpática, ni buenecita: prosoviética

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *