El reverso de 1992, cuando ardió la Asamblea de Murcia

Tras arrasar en todos los festivales, Luis López Carrasco estrena ‘El año del descubrimiento’, un retrato inmersivo en los fracasos acumulados con el conflicto por…

¿Qué media entre el sueño más placentero y la más simple de las pesadillas? Lacan, por ejemplo, mantenía que todo sueño, por lo que tiene de encuentro con lo imposible de ser pensado, con la muerte, es por fuerza una pesadilla. Se trata sólo de una cuestión de grado. El sueño tiene la moderación y hasta la mentira que la pesadilla desprecia.El año del descubrimiento, la última película de Luis López Carrasco que se estrena este viernes tras literalmente arrasar en todos los festivales desde R

otterdam al actual de Sevilla pasando por la infinidad de ellos concentrados en octubre por culpa del confinamiento, se sitúa exactamente en el punto medio entre el sueño de modernidad de un país entero y, sin que entonces se fuera consciente del todo, la pesadilla de todo lo que vendría. En el mismo instante en el que se celebraban los Juegos Olímpicos de Barcelona, la Expo de Sevilla y se construían
aves
a todas y ninguna parte a la vez, en Cartagena,
el 3 de febrero para ser exactos, ardía el Parlamento.
Asuntos tales como la rabia, la frustración y el miedo derivados de la reconversión industrial lo podían todo. Tras un día de caos y altercados entre policías y manifestantes; entre pelotas de goma y piedras,
a las seis de la tarde un cóctel molotov atravesó una de las ventanas rotas del Parlamento.
Y la democracia española, toda ella, se incendiaba. Nadie quería prestar atención a la conflictividad social desatada por el desmantelamiento de la industria consecuencia tanto del atraso en general a la hora de tomar las medidas que exigía la crisis del petróleo de los 70 como, de modo muy particular, de la incorporación de España a la Unión Europea.
Se quería un final de Transición triunfal.
Nada más. Lo que importaba era asombrar a todo el mundo y esconder todo lo demás; hasta las mismas cenizas. El tiempo ha hecho que de lo primero haya imagen, memoria y aniversario con fuegos artificiales, y de lo segundo, nada. Y quizá ahí resida el gran problema y la raíz de buena parte de los fracasos y crisis siguientes. «Se pusieron las bases para un modelo económico basado en el sector servicios y en grandes masas de población no cualificada. Eso lo puso en evidencia la crisis de 2008 y ahora la pandemia ha acelerado fatalmente procesos y
ha debilitado estructuras que ya quedaron muy tocadas tras los recortes como la educación, la sanidad o los servicios asistenciales. Se sentaron las bases de la cultura del pelotazo, de la especulación inmobiliaria, de los macroeventos deportivos como escaparate…»
, razona de corrido el director para dibujar el paisaje en el que se mueve a tientas su película. Para situarnos, la película que pasa por ser un documental en realidad es más un artefacto indefinible y prodigioso entre el pasado y el presente; entre la realidad y la fabulación.
Se trata sin duda del más brillante ejercicio de cine del año 2020.
Suyo es el privilegio de la originalidad, la brillantez y hasta la oportunidad. La crisis del COVID, de golpe, le otorga una nueva lectura más amplia y mucho más lúcida. Por establecer un símil rápido, lo mismo que
Lo que arde
, de Oliver Laxe, fue a la temporada anterior,
El año del descubrimiento
debería serlo a ésta.
Es cine que llega desde el extrarradio de la industria para situarse en el mismo centro; es cine imprescindible y hasta fulgurante.
Todo discurre en el interior de un bar, pero de un bar de los años 90, no de éstos. El director usa una cámara de vídeo de la época y hasta juega a disfrazar a sus actores de aquel tiempo tan cercano y tan invisible a la vez. «La imagen que tenemos de aquella época privilegia un imaginario televisivo y cinematográfico en el que sólo aparece una clase media triunfante.
Nuestra memoria ha dejado fuera a muchos grupos sociales»,
comenta para justificar su decisión estilística que es mucho más que una simple cuestión de estilo.
Está más cerca de la ética que de la estética.
Los personajes cruzan conversaciones en el que el paro actual se da de bruces con los nombres míticos de Bazán, Peñarroya y Fesa-Enfersa. Es decir, todo lo que desapareció y aún sigue muy presente.
El drama discurre por una pantalla dispuesta como un gran diorama panorámico partido en dos que literalmente abraza al espectador que se ve él mismo como centro y protagonista.
Y todo ello (y por eso se confunde con el documental) a la vez que las imágenes de archivo sorprenden como nunca antes. ¿Pero alguien se acuerda que una vez en este país moderno y en democracia ardió un Parlamento? «Imagino que cuando empiezas a rodar es común empezar a reflexionar desde tu infancia. El Nuevo Cine Español de Saura y los demás regresan a los años 40 para explicar su presente. Y del mismo modo lo hace el Nuevo Hollywood de Scorsese cuando salta a los 50.
Hay una generación que crecimos en los 90 y que estábamos convencidos de que ya no podía pasar nada, de que la prosperidad era para siempre… Y la crisis del 2008 rompe ese relato.
Y ahora esto…». En el entrecomillado va la necesidad de mirar más atrás para cuestionarse quizá lo demasiado tiempo incuestionable. Y por ello, el asombro, la fascinación y, en efecto, la desconcertante claridad. El sueño, ya se ha dicho, es otra forma de pesadilla. Y una nota más: «Cartagena, de donde vengo, votaba socialista; luego pasó a votar PP, y ahora, buena parte de ella a Vox.
La ultraderecha se alimenta de la baja autoestima»
. ¿Alguien duda que el pasado es el presente? La película arranca con un sueño embadurnado de niebla.
Y desde ahí se construye con los ojos abiertos a través de una pesadilla,
pero, y esto es importante, sin renunciar al futuro.
Una obra maestra.

Para seguir leyendo gratis

O suscríbete a Premium y tendrás acceso a todo el contenido web de El Mundo


Conforme a los criterios deThe Trust Project

Saber más

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *