El riguroso, magnético y pleno viaje de 'Nomadland' se confirma como la película de la Mostra y de la postcuarentena

La Mostra completa una jornada plena: encumbra a Chloe Zhao y a Frances McDormand, a la vez que descubre a un cineasta prodigioso: el azerbayano…

Hay muchos motivos para viajar. Desde el interés del comerciante a la curiosidad del explorador pasando por la holganza del vagabundo o el narcisismo del turista. Y luego, al fondo, se encuentra el viajero que se desplaza por el puro y ligeramente morboso placer de huir, de no quedarse. El mundo está demasiado con nosotros y nosotros demasiado con nosotros mismos, que decía el filósofo. Y de ahí la necesidad de arrojarse a la soledad simple, al azar y al misterio. Se trata en definitiva de no rendirse al orden de lo preconcebido, de lo dado, del límite. Viajamos, decía San Juan de la Cruz, no para ver sino para no ver. Y en el enigma de lo inencontrado dejaba la posibilidad de una vida necesariamente incompleta y, pese a ello o por ello, plena.

La directora de origen chino Chloé Zoe lleva al menos dos películas dándole vueltas a desentrañar cómo deshacerse de los límites. En su ideario, la frontera no es muro de demarcación, como se empeñan algunos, sino ventana al mundo, forma de conocimiento. ‘Nomadland’, presentada con todos los honores el viernes y protagonizada con una maestría que asusta por Frances McDormand, es básicamente la historia de una nómada, de una viajera que ha hecho del errar, en su dobre acepción de equivocarse y de ir de un lugar a otro, su manera de estar en el mundo. Y desde ahí, surge una película ciertamente prodigiosa infectada de una rara y punzante melancolía. Extenuante por profundamente bella.

Si en ‘The rider’ Zhao se esforzó en explorar el significado del término «límite», ahora aplica un criterio similar para dar con el significado casi ontológico del viaje. Aquella película era un ‘western’, un relato de frontera situado en el lugar exacto de la promesa de aventura; allí donde los mapas empiezan a dudar, donde habitan los dragones. Desde ahí se contaba la vida de un vaquero a fecha de hoy que, como el marinero de Mishima, perdía la gracia del mar. Un accidente le dejaba sin oficio (no podría participar más en rodeos) y le colocaba al borde de todos los precipicios. ¿Qué somos cuando ya no somos nada de lo que fuimos? Por último, toda la cinta jugaba a borrar el espacio que separa la realidad de la ficción, el documental de la película con guión organizado en tres actos.

En ‘Nomadland’, la cineasta vuelve a actualizar otro mito del Oeste; el que recorre y retrata los espacios infinitos de la llanura. Da lo mismo cuál: la de dentro o la de fuera. Tras el cierre de una explotación minera, un pueblo entero desaparece. Una viuda, tras resistirse primero a abandonar el hogar de la que fue su familia, decide por fin irse. Pronto dará con unos auténticos profesionales del nomadismo. Y se unirá no tanto a ellos como a su modo de estar sin estar del todo. Les define su rechazo al mundo que sólo consume, su fuga de la autoexplotación que nos consume. Son una comunidad de viajeros ‘sintecho’ fijo que ha logrado refutar a la sociedad entera con la consecución, por fin, del eternamente refutado movimiento perpetuo.

La película vuelve a colocarse en un espacio virgen donde el viaje no es exactamente salida hacia lo desconocido sino entrada a lo que Schopenhauer, otro vaquero consumado, llamaba ‘Noúmeno’, realidad en sí o, simplemente, lo otro. También aquí la búsqueda determina el viaje. Pero no se trata de dar con una solución a nada, sino de pasear muy cerca del vacío: ¿Qué se busca cuando se ha perdido todo? Y, de nuevo, la propuesta de Zhao juega a mezclar el trabajo preciso de una actriz consumada con la vida en su sentido más bronco y rugoso. Los nómadas que ‘nomadean’ lo hacen de verdad. La extraña mezcla de la interpretación académica con la autorepresentación natural de los no-actores acaba por convertirse ella en el objetivo mismo de una película que, hemos llegado, es ella misma viaje. Nada más.

Pese a algún que otro ejercicio de lucimiento de aire melodramático inútilmente guionizado, la cinta se mantiene rigurosa y siempre atenta a su vocación de huir; a su empeño por alejarse de las carreteras principales. ‘Nomadland’ crece cuando se arroja al detalle, cuando explica el modo de tunear una camioneta para hacerla cómodao la manera de arreglar un simple pinchazo. ‘Nomadland’ se toma sus pausas para que la tristeza pese por dentro. ‘Nomadland’ respira profunda en cada una de sus dudas. ‘Nomadland’ acaba por retratar con una precisión tan cabal y reconocible como eterna y compartida la necesidad de una casa de la que alejarse. Para tal vez volver a ella. El personaje de McDormand viaja, como el santo, para no ver, para alcanzar la posibilidad del misterio.

La película había llegado a la Mostra convertida en favorita. No en balde, son tres festivales (el del Lido, Toronto y Telluride) los que rivalizan y comparten el apadrinamiento. La expectación no era mucha, sino infinita. Y, justo es reconocerlo, con éste su tercer trabajo Zhao se confirma como la directora de la película del fin de la cuarentena (o de la primera de ellas). A la espera de todos los premios retrasados por la pandemia que vendrán, Venecia lo ha vuelto a hacer. Como en las ediciones de ‘Roma’, ‘La forma del agua’, ‘Gravity’ o ‘La la land’, la película del año empieza aquí: en este viaje a ninguna parte que propone ‘Nomadland’ y que, sin duda, se antoja parte del extravío en el que estamos.

Una imagen de 'In between dying'.
Una imagen de 'In between dying'.

Otro viaje pleno

Como el día iba de viajes, que menos que la gran sorpresa del festival también tratara de huidas y reencuentros. O sólo pérdidas. ‘In between dying’, del director azerbaiyano Hilal Baydarov, narra el viaje necesariamente de descubrimiento de un joven que contempla atónito cómo su voluntad de amar es directamente proporcional a su inconsciente capacidad de provocar la muerte de los que le rodean. Cuanto mayor es su deseo, mayor la fatalidad. La película describe en un tono entre alucinado, abstraído y sólo magnético el devenir absurdo de una existencia absurda.

Impresiona y hasta enamora la capacidad de Baydarov para proponer una gramática entre la tragedia y algo más oscuro que simplemente la comedia tan deudora de Bella Tarr como de Samuel Beckett, y emparentada con la grafía sonámbula de los mejores trabajos del mexicano Carlos Reygadas, que no en balde figura como productor. Lo que se ve es un viaje que sólo se completará cuando el protagonista acepte la imposibilidad de su propósito, cuando acierte a descubrir que no hay nada que descubrir. Y eso es ya un descubrimiento. El único posible probablemente. Es cine feliz en la paradoja de la investigación, la pérdida y el hallazgo siempre fortuito. La niebla, la lluvia, el barro y un caballo escuálido delimitan los puntos cardinales de un trayecto definitivamente sin mapas, sin coordenadas y sólo guiado por la voluntad de perderse. Viajar, otra vez, para no ver. Viajar para el misterio. Y así.

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