El solo más difícil del jazz

No hay nada que reconforte más a un músico de jazz que poder despedirse de sus colegas después de una actuación con un “nos vemos mañana”. Significa que podrán trabajar, por lo menos, un día más.

Decía el gran Lester Bowie que el jazz no es un “repertorio específico, ni un ejercicio académico, sino un estilo de vida”. Y el estilo de vida, para los músicos del género, contempla sobrevivir al día, de club en club, de bar en bar, de pasillo de metro en pasillo de metro. La pandemia ha exacerbado la sensación de precariedad. Nadie se despide ya con un “nos vemos mañana”.

De los míticos clubes de Nueva York a los sótanos más recónditos de Europa, el jazz entona su solo más difícil, el grito que alerta del riesgo de sucumbir a unas normativas que restringen tanto los aforos que hacen inviable el negocio.

Al teléfono desde el Village Vanguard de Nueva York, su propietaria, Deborah Gordon, refiere a La Vanguardia la anécdota con la que arranca este reportaje. El club ha reabierto solo para ofrecer conciertos en streaming, sin público, y ha reducido los habituales seis pases de cada músico a dos.

Village Vanguard: “Hacemos los ‘live streaming’ para demostrar que estamos vivos”

“El otro viernes –explica Gordon–, Kenny Barron se despidió así de los otros dos músicos de su trío: ‘Nos vemos mañana’. Estaba feliz de poder hacerlo, ya que desde principios de año no tocaban juntos. Pero el sábado, después de actuar, estaban tristísimos, porque ya no sabían cuándo volverían a verse y cuándo podrían tocar en directo otra vez. Volvían a los ensayos en solitario…”

Kenny Barron, un pianista de larga trayectoria, tocó la semana pasada junto al contrabajista Kiyoshi Kitagawa y el baterista Johnathan Blake. Los tres actuaron con mascarilla. Ver el concierto en directo y disponer la posibilidad de hacerlo durante las 24 horas siguientes costaba 10 dólares. Aunque desde Barcelona la transmisión parecía más que aceptable, el club recibió quejas porque la imagen o el sonido se congelaban. Tantas, que ha decidido aplazar la próxima actuación hasta el día 23, cuando esperan tener el problema solucionado.

Deborah Gordon, que asumió la titularidad del club tras la muerte de su madre, la histórica Lorraine Gordon (regentó el local hasta los 95 años), advierte que “nadie puede engañarse y pensar que el live streaming va a salvar nuestro local”. “Las retransmisiones –añade– son como una señal que lanzamos de que estamos vivos, pero las hacemos de una manera precaria, no son negocio”.

El Village Vanguard, que ofrece jazz desde 1957, es el club en activo más antiguo de Nueva York. John Coltrane, Sonny Rollins o Wynton Marsalis grabaron en él conciertos míticos. Pero no todo el público que acudía antes de la pandemia era tan aficionado al género como para estar ahora dispuesto a pagar por los conciertos online.

“Acudir al Vanguard –argumenta Gordon– ha sido siempre un acto social, y hay gente que venía a Nueva York y no era aficionada al jazz que quería igualmente a visitarlo. Por eso estamos como estamos, temiendo por nuestra supervivencia. El Vanguard siempre ha hecho lo que hacían los teatros de la ciudad. Si nevaba y cerraban, nosotros cerrábamos. Si reabrían, reabríamos. Pero Broadway está ahora cerrado y no sabemos cuándo abrirán; quizás no lo hagan hasta septiembre del 2021, como la Metropolitan Opera House”.

El Village Vanguard tiene una curiosa conexión barcelonesa: el muralista que decoró sus paredes, Philip Stein, tío de Deborah Gordon y que adoptó el nombre artístico de Estaño, vivió, creó y expuso en los años 80 cerca de la capital catalana, concretamente en Vilassar de Mar.

El Vanguard no es el único club neoyorquino que malvive recurriendo al streaming. También lo hace el Smalls Jazz Club, en el mismo Greenwich Village, que ayer programó al trío de Brian Charette. Y el Jazz Gallery. En cambio, otro grande, el Jazz Standard permanece cerrado.

En Europa el jazz no fluye mejor. El que probablemente es el club más prestigioso de Europa, el Jazzhus Montmatre de Copenhague, ha estado a punto de poner fin a sus 61 años de historia. De hecho, este local, donde Dexter Gordon protagonizó algunos de los mejores momentos de su carrera y que ha acogido a colosos como Miles Davis, Stan Getz o Sonny Rollins, estaba prácticamente liquidado a principios de la semana pasada.

Sus propietarios habían anunciado que se encaminaban hacia el cierre definitivo. Michael Christiansen, el presidente de la compañía, se sirvió del símil del reloj para advertirlo: “A las doce cerramos y ahora son las doce menos cinco. Quedan cinco minutos para salvar el club”.

Al final, al club no lo ha salvado un milagro, sino un ayuntamiento comprometido con la cultura (aportará 135.000 euros anuales durante cuatro años) y un mecenas anónimo. El acuerdo, que se anunció el miércoles, permitirá mantener el club abierto como mínimo hasta el 2024. Para Christiansen, el pacto culmina “un proceso de diez años para encontrar una fórmula sostenible para el Montmatre, y solo podemos estar agradecidos a las personas y las instituciones que han hecho posible la reapertura contra todo pronóstico”.

El club volverá a programar música en noviembre.

En el resto de Europa, el panorama ofrece claroscuros. Vuelven a vibrar los clubes de jazz de Reino Unido o Alemania, en Francia e Italia va por barrios y en España el panorama es bastante desolador.

Una visita online al Jazz Club A-Trane de Berlín, el domingo 27 de septiembre, previo pago de 5 euros, supuso un auténtico viaje en el tiempo hacia el pasado pre pandémico. La sala aparecía razonablemente llena (el local ha optado por el formato híbrido) y había pocas mascarillas. Las llevaban al entrar y salir del escenario los integrantes del Shand & Madani Quintett, pero no la gente que se sentaba en las mesas visibles en la pantalla. La calidad del streaming era asombrosa. Con un televisor grande y un buen equipo de música, parecía como si el salón de casa fuera una extensión del elegante club de Charlottenburg.

“¡Dejad vivir a la música!”, proclaman en el Jazz Club Firenze

Mientras los clubes de Londres han echado a volar, con el mítico Ronnie Scott’s programando a todo trapo, en París se va imponiendo la normalidad. Si bien el histórico Jazz Club Etoile está cerrado, hay música en vivo en el New Morning, en La Cave du 38 Riv o en el Sunset/Sunside Jazz Club. En Le Baisere Salé tocan hasta los lunes: hoy actúa un combo de jazz caribeño liderado por François Constantin.

Eso sí, las curvas de contagios evolucionan de una manera tan imprevisible como los propios solos de jazz: podría ser que los clubes parisinos se vieran afectados por el endurecimiento de las restricciones anunciado ayer, al entrar la capital francesa y su corona metropolitana en situación de “alerta máxima” por el empeoramiento de los indicadores de salud.

En Italia va por zonas. El Jazz Club Firenze, que sigue cerrado, ha colgado un cartel reivindicativo: “¡Dejad vivir a la música, el Jazz Club no es el Jazz Club sin la música!”. Pero en Venecia, donde los indicadores de la pandemia se mantienen en niveles aceptables, vuelve a deleitar al público el cuarteto residente del Venice Jazz Club.

El Village Vanguard estará presenta en el Festival de Jazz de Barcelona

La conversación telefónica con Deborah Gordon, del Village Vanguard, acaba con una petición: “Me gustaría saber qué tengo que hacer para que nuestro público europeo sepa que seguimos vivos”. Después de esta entrevista, contactaron con ella los responsables del Voll-Damm Barcelona Jazz Festival, que contempla que el Vanguard tenga algún tipo de presencia online en la programación de este año.

En definitiva, el jazz ha sido siempre un ámbito propicio para el cruce de culturas y sensibilidades diversas. Un puente jazzístico Nueva York-Barcelona será siempre un crossover ganador.

En el jazz barcelonés las emociones están a flor de piel, y no solo porque lo exija este tipo de música que interpela sin piedad al sistema nervioso. Nadie sabe lo que va pasar en las próximas semanas. Todo el mundo en este sector es consciente de que dependerá de la evolución de la pandemia que puedan relajarse en algún momento las restricciones que mantienen cerrados los clubes. Hoy está previsto que se aborde de nuevo el asunto con la conselleria de Salut.

Y seguro que se seguirá con expectación la prueba piloto que prepara la Sala Apolo, un concierto con 1.000 personas, sin distancia de seguridad y tests rápidos de Covid-19, según confirmó ayer en RAC1 Boris Revollo, médico internista de Can Ruti. Según Revollo, que colabora en el proyecto con el doctor Bonaventura Clotet y el Primavera Sound, “la gente tendrá que llevar mascarilla y gel hidroalcohólico, pero podrán tomarse una copa; tendremos que excluir a las personas con síntomas y tendrán que disponer de un test de antígenos negativo”.

Para Joan Mas, propietario del mítico Jamboree de Chet Baker, Ornette Coleman o Dexter Gordon, la situación es desesperada: “O consigo un crédito o en dos meses cierro”. Mas, que regenta también Los Tarantos y el Moog, advierte que el problema radica en que la mayoría de clubes, incluido el suyo, necesitan de la discoteca para lograr ingresos que permitan programar jazz de forma regular, sobre todo si, además, tiene que aplicarse una reducción importante del aforo por causas sanitarias.

Actuación en el Jamboree justo después del confinamiento  / LLIBERT TEIXIDÓ
Actuación en el Jamboree justo después del confinamiento / LLIBERT TEIXIDÓ

Como otros empresarios, Mas teme reabrir (lo que supone sacar a 82 trabajadores de su plantilla del ERTE) para tener que volver a cerrar después si la situación empeora.

Pero no se va a quedar con los brazos cruzados. De entrada, se plantea remodelar sus tres locales para programar jazz, rumba, hiphop e incluso monólogos teatrales. También impulsa con entusiasmo la idea de convertir la Plaça Reial “en una sala de conciertos al aire libre los 365 días del año, de 18.30 a 19.30”. Participarían como organizadores otros locales de la plaza, como el Sidecar, el Glaciar o el Ocaña, afirma Mas, quien cita como referente los 20 conciertos en el exterior que su sala programó el pasado verano. Los artistas serían mayoritariamente locales.

Según Mas, la propuesta la lidera ahora la Associació de Comerciants i Amics de la Plaça Reial, que debe obtener la autorización del Ayuntamiento.

Otros dos clubes representativos de la ciudad y de su área metropolitana, el Harlem Jazz Club y la Nova Jazz Cava no renuncian a seguir acogiendo buen jazz. El local egarense será escenario del festival que se inicia el día 8 con el trompetista Josep M. Farràs y el saxo tenor Pau Casares en formato de quinteto. El aforo será de 66 personas. Mientras, el Harlem mantiene conciertos programados para este mes y está a la espera de cómo evoluciona la situación.

En este contexto, el Voll Damm Barcelona Jazz Festival, que anunciará esta semana su cartel completo, hace una apuesta por el talento local sin renunciar a traer a grandes figuras del género, como Brad Mehldau, un pianista estadounidense que reside en Amsterdam y que ha frecuentado mucho Barcelona.

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