El teatro español se ocupa de lo que pasa (más que el cine)

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‘EL CHICO DE LA ÚLTIMA FILA’

Cuando en 2012 vimos En la casa, la excelente película de François Ozon, cabe suponer que muchos nos preguntamos por la anomalía de que fuera un cineasta francés quien abordara la adaptación al cine de El chico de la última fila, una pieza teatral del dramaturgo español Juan Mayorga, estrenada con éxito seis años antes, que ya había iniciado su carrera internacional de montajes -alrededor de 30, en este momento- y de traducciones a diversos idiomas. ¿No había habido ningún productor ni ningún director español interesado en llevar al cine esa obra? No lo sé, pero el caso es que aquí no se adaptó a la pantalla. En Francia, cuando Ozon dio el paso, ya se había publicado -como ha ido ocurriendo con varias obras de Mayorga- la traducción del texto a cargo del argentino Jorge Lavelli, gran director de escena que también hizo un importante montaje en francés. El cine español, con contadas excepciones, mira muy poco hacia el teatro español contemporáneo, al igual que mira poco -cada vez menos- hacia lo que sucede en la sociedad española y, en general, en el mundo, cosa que sí hace el teatro español. Cierto teatro, al menos.

MAGISTRAL MONTAJE DE ANDRÉS LIMA

En el María Guerrero, podemos ver ahora el magistral montaje de Andrés Lima de El chico de la última fila, que certifica la enorme calidad del texto -que se puede leer en una edición reciente de La Uña Rota-, confirma su itinerario hacia la condición de clásico y explota muy bien todo el caudal de temas y sugerencias que la obra contiene: sobre la educación y la escuela, sobre la relación entre imaginación y realidad en el proceso de creación literaria, sobre las parejas y familias de clase media, sobre la (des)ubicación juvenil respecto a los padres y maestros e, incluso -y con muy divertida sátira- sobre la impostura de ciertos rumbos del arte contemporáneo. Con excelentes interpretaciones de, sobre todo, Alberto San Juan, Pilar Castro, Guillermo Toledo y Guillermo Barbosa, el arriesgado juego de intromisión en la intimidad familiar de un compañero de escuela al que un alumno es impulsado por su profesor de Literatura, atrapa al espectador -convertido en voyeur- por entregas en un clima -gran logro del sencillo, pero sofisticado montaje- en el que el humor, la intriga inquietante, la turbación erótica, el uso literario y poético de la palabra y hasta la reflexión cultural nunca pierden de vista, aunque contenga sugestiones al borde de lo fantástico, una realidad reconocible.

TEATRO URGENTE: ‘EN EL LUGAR DEL OTRO’

La educación, las relaciones entre padres e hijos, la universidad y, especialmente, las renovadas amenazas contra la libertad de expresión y pensamiento -a cargo del autoritarismo de las distintas correcciones políticas- son el meollo de una de las cuatro piezas breves que componen En el lugar del otro, montaje dirigido en el teatro Galileo por Ernesto Caballero sobre obras propias y del filósofo Javier Gomá. La función se acoge a un lema y proyecto titulado Teatro Urgente, que no es otra cosa sino plasmación de la voluntad de que el escenario teatral refleje asuntos del presente que nos conciernen de manera muy decisiva. Caballero y Gomá, mediante escuetas anécdotas argumentales, proponen al público reflexiones y buscan conversación, que el público piense sobre y converse con lo que sucede en el escenario. Con pocos medios y eficaces actores, En el lugar del otro entretiene y divierte -objetivo logrado-, pues nadie ha dicho que hacernos cargo de lo que nos pasa sea incompatible con pasar un inteligente buen rato. Un intelectual se desespera por su falta de ideas nuevas e interesantes y concluye que lo más honesto es reconocer que no tiene nada que decir y guardar silencio; una pija acaba cayendo de su pedestal y asumiendo con empatía la dignidad de un mendigo tirado en la calle al entrar en charla con él y al ponerse -precisamente- en su lugar y una investigadora que viaja por el tiempo pone en crisis sus prejuicios actuales sobre la presunta pedofilia de Lewis Carroll y recupera cierta inocencia al charlar con una madura Alice Liddell, fotografiada de niña por el escritor e inspiradora de su Alicia en el país de las maravillas. Estos son, junto al aludido al principio, los bosquejos de los argumentos desarrollados por Caballero y Gomá. ¿Hay alguna película española de este calamitoso año que contemple asuntos parecidos o de similar calado?

EL CINE ESPAÑOL, EN UN CÍRCULO VICIOSO

Es verdad que una película exige un alto desembolso económico que debe ser rentabilizado, pero lo cierto es que productores, cineastas y público cinematográfico han entrado en España en un círculo vicioso en el que multitud de asuntos -los que dan la foto de situación de un país y de un tiempo- no interesan porque no son rentables y no son rentables porque no interesan. Y, por tanto, no se abordan en las películas españolas, volcadas en el cultivo de los géneros bajo inspiración norteamericana: la comedia desaforada, el policíaco violento y el fantaterror truculento. También es preciso matizar que estas obras teatrales -amén de su muy menor presupuesto- están amparadas por el circuito teatral público y se conforman y son viables con un número de espectadores muy inferior al requerido por el cine. Ahora bien, la crisis de don Sandio -el intelectual sin ideas de la pieza de Gomá, magnífico Pedro Miguel Martínez- me ha recordado, siquiera vagamente, a la crisis de ideas y de proyecto que sufre un supuesto alcalde socialista de Lyon en la interesante película francesa Los consejos de Alice, dirigida por Nicolás Pariser el año pasado y estrenada en España este año. Se puede ver en Movistar todavía. ¿Es imaginable que se haga hoy en España una película sobre la crisis ideológica, de conciencia y de ánimo de un alcalde socialista de una gran ciudad española? Su crisis está engarzada a la presunta dificultad del ideario socialdemócrata para seducir al electorado. ¿Podemos esperar en España una película así?

MUJERES EN EL TEATRO Y EN EL CINE

El cine francés y el italiano también viven una polarización entre el cine mayoritario más comercial y el cine de autor más restringido, pero ni en Francia ni en Italia se ha borrado del todo una zona media de películas que están al hilo de las cuestiones y realidades más actuales y que buscan y encuentran al público sin renunciar a baremos de calidad suficientes. Los consejos de Alice tuvo en Francia 800.000 espectadores, lo que no está pero nada mal. No son pocas las películas francesas e italianas, sin ir más lejos, que nos están contando a los españoles cosas que nos atañen -propias de los fenómenos comunes vividos en la sociedad europea de ahora mismo- y que el cine español no cuenta en absoluto. El teatro, al menos el que está en parte bajo el paraguas de lo público, sí las está contando. Si el teatro público está apoyando a dramaturgas con los pies en el suelo y el oído en el aire del momento como Paloma Pedrero (Transformación, sala pequeña del María Guerrero, sobre la transexualidad y su proceso personal, familiar y social, con trazas de poder ser una película) y Lola Blasco (En palabras de Jo…Mujercitas, en el teatro Español, sobre los roles femeninos y la búsqueda de la mujer de una identidad libre y propia), las políticas públicas respecto al cine deberían auxiliar a los cineastas españoles que tratan de mantener contacto con las cuestiones palpitantes o, simplemente, con el pálpito de la sociedad. Por cierto, las dos películas españolas que me han gustado más este año y que responden a estas exigencias han sido dirigidas por mujeres: La inocencia, de Lucía Alemany, y Las niñas, de Pilar Palomero.


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