El 'Trainspotting' granadino de 'Juarma': "La cocaína es el decorado, el pegamento que une las historias"

El escritor andaluz publica con ‘Blackie Books’ su novela ‘Al final siempre ganan los monstruos’

Recogiendo cerezas andaba Juan Manuel López, Juarma (Deifontes, Granada, 1981), cuando hacia 2017 un par de amigos se liaron la manta a la cabeza, montaron la editorial Camping Motel y le publicaron su primer libro. Pero no de bucólico paseo por el campo: recogiendo cerezas varias horas al día, como otros miles de jornaleros, machacándose las manos igual que sus padres se las machacan aún, «desde hace 40 años», yendo a Francia a la vendimia o recorriendo Andalucía para la aceituna.

Antes, Juarma había currado de paleta en la construcción, «justo antes de la burbuja», y luego de camareta por bares de Granada, buscándose la vida y eventualmente encontrándola, siempre por carreteras no ya secundarias sino comarcales, dejándose llevar por todo y por nada.

Un poco como sus propios personajes, los treintañeros sin rumbo ni plan de vuelo -más allá de la farlopa- que pueblan la versión definitiva de aquel boceto publicado por un par de amiguetes, que ahora edita, «mucho más pulido», Blackie Books bajo el nombre de Al final siempre ganan los monstruos, y en el que la reciente Premio Nacional de Literatura, Cristina Morales, ve un «Trainspotting en un pueblo de Graná».

La cocaína, la desesperación, la mentira en muchas de sus vertientes, unas ganas de juerga de lo más nihilistas y, de nuevo, la cocaína se dan la mano así en una novela coral, de estilo desenfrenadamente coloquial y por momentos rayano en la literatura de retrete, que de alguna manera nació, los tiempos mandan, como tantas cosas hoy: en Facebook.

De relatos en Facebook a novela

«Empecé a subir relatos, en abierto, sin ninguna intención de nada… Y como la gente empezó a contestar y les empezó a gustar, pues hice un perfil cerrado y empecé a subir más y más», cuenta López a Papel con una humildad desarmante.

«Ahí dentro se juntaron unas 65 personas, que empezaron a darme ideas y a ayudarme a tejer el tema… Al principio eran relatos descosidos, sin relación, pero luego fui puliéndolos, poco a poco, y…»..

Y Juarma, también viñetista y dibujante «desde que tengo uso de razón», desde crío acostumbrado a garabatear «mis cosas», fotocopiarlas y distribuirlas en sus propios fanzines, luego licenciado en Filología Hispánica y, por lo tanto carne de paro y de trabajos basura, -«pero ojo, que yo he aprendido mucho de mis trabajos»-, asalta ahora el panorama literario como una voz auténtica, descarnada y un tanto noventera, agarrado al consabido estribillo de que «no hay futuro».

«Yo lo que he querido contar es la vida de gente que no tiene la posibilidad de salir de un sitio, que se siente atrapada, que no tiene perspectiva, que sólo le queda drogarse y pasar el tiempo, con curros de mierda y poco más», cuenta. Y es que Al final siempre ganan los monstruos es pura amargura, lindando con la tragedia, envuelto en noches y noches de farra y «lonchas».

«¿Que si me preocupa que se me encasille en por el rollo de la cocaína? Pues sí, no te lo voy a negar… Yo he escrito un libro, en mi opinión, sobre la mentira, sobre las mentiras que construimos a nuestro alrededor, que luego no dejan de perseguirnos, y que ya no nos dejan. Y es verdad que sale mucha droga en el libro, pero para mí es más un decorado, es como el pegamento que une todas las historias… Me paré a pensar qué tenían en común todos esos personajes y esas historias, me di cuenta de que era la cocaína, y tiré por ahí».

La tradición de la literatura de drogas

Con el resultado de que quien quiera ver en Al final siempre ganan los monstruos una actualización a ritmo de Whatsapp de la muy fecunda tradición de la denominada literatura de drogas, sin duda lo podrá ver -comenzando por Cristina Morales-. Juarma se defiende: «Lo que desde luego no he hecho es glorificar las drogas ni hacer apología de ellas».

No le gusta, por otro lado, que se le pregunte por su experiencia con psicotrópicos. Ahí el hombre echa el freno: «Bueno, hablar de eso yo creo que no viene a cuento, ¿cada cual hace de su vida lo que quiere, no? Yo siempre digo que la literatura es una mentira que cuenta muchas verdades, y no voy a ir más allá de ahí».

Así, Juanillo, el Lolo, Vanessa y el Cucaracha, entre otros personajes-monologuistas, narran sus desventuras en Villa de la Fuente, el pueblo cercano a Granada que es mucho más que un simple escenario y que el lector no puede dejar de ver como trasunto literario de Deifontes, la localidad de nacimiento del propio Juarma.

«¿El pueblo? Bueno, sí, es el pueblo del que ellos de alguna manera no pueden salir, en el que están atrapados… Yo viví en Deifontes hasta los 18, luego me fui a estudiar a Granada y después he pasado temporadas que he tenido que volver allí, y encantado, eh».

El recuerdo de la adolescencia novetera

Aquella adolescencia noventera, porque el pasado obviamente es el futuro, planea incesantemente sobre forma y fondo de Al final siempre ganan los monstruos: «Allí fue donde todo empezó, comencé a inventarme mis historias, a hacer mis dibujos, escribía mis cuentos y los guardaba, solo para mí, aunque quemé muchos, la verdad».

La biblioteca pública del lugar, de unos 3.000 habitantes y a «unos 15 kilómetros de Granada, no donde Cristo perdió el mechero», apareció de pronto como un oasis de juventud para él: «Es verdad que algo curioso me pasó allí… Me ponía a leer lo que fuera, cualquier cosa, aunque fuera, yo qué sé, una revista científica, y de ahí salían otras cosas. Había una paz muy especial en ese lugar».

Después vino la carrera de Filología, «fui el primero en estudiar de mi familia», y tal vez por eso, a renglón seguido de ese cierto desclasamiento, el submundo del ladrillo, el bar y, como sus padres, volver a varear el olivo: «He ido haciendo lo que podía». A la vez, fue tejiendo una carrera intermitente como dibujante que le llevó por ejemplo, a la revista El Jueves… Y que desemboca ahora en la literatura, para especial orgullo de su madre, que le tuvo «muy joven, con 17 o 18 años»: «Ella es quien más se ha involucrado en el libro, la persona más activa de aquel Facebook que abrí. Mi mejor crítica».


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