Elena Medel: “Los ricos pueden permitirse el lujo de fallar y empezar de cero”

Estación de Atocha. Primera frase: “Busca en sus bolsillos sin encontrar nada”. Medel pone cada pieza en su sitio, incluyendo la lucha de clases. Quienes hace años que la siguen la conocían, hasta ahora, por su poesía. Libros como Mi primer bikini, por ejemplo. Pero hoy Elena Medel (Córdoba, 1985) ha abierto sus ventanas a la novela -su primera novela- para ofrecernos Las maravillas (Anagrama), un texto sobre el peso del dinero en nuestras vidas, de como su ausencia nos determina. La convicción de que todos se compra, hasta la suerte. La precariedad en su dimensión más actual y, a pesar de todo, la luz.

-Si la realidad te estropea tus sueños, ¿hay que cambiar de sueños?

-En la novela mis personajes no sueñan: tienen pesadillas. Al menos una de ellas, Alicia. La otra, María, aspira a pagar las facturas, a descansar un rato cuando puede. Sí, qué nociva la retórica de que “lo conseguirás si lo sueñas, si te esfuerzas”. Pues no. A veces lo sueñas, a veces te esfuerzas, y sigues como estás: mal.

-¿En nuestra sociedad contemporánea se maneja más clasismo que machismo?

-Está atravesada por una profunda desigualdad: machismo, clasismo, racismo… A medida que el feminismo (para mí una lucha transversal y diversa, sin duda incluyente) arraiga en más espacios, los ataques para desestabilizarlo son más fuertes. A cada avance se responde con una presión salvaje para retroceder varios pasos.

A veces te esfuerzas, y sigues como estás: mal”

-Si el dinero corrompe las familias deberíamos convenir que las familias pobres son más felices. Y sabemos que no siempre es así. ¿Qué tipo de persona llega antes a un estatus parecido a la felicidad?

-No sé qué significa la felicidad. Yo duermo tranquila el primer día de cada mes, porque pagada la cuota de autónomos y el alquiler, puedo calcular cuánto me queda. En la novela el dinero no corrompe —quizá sí “altera” el rumbo de la familia de Alicia—, sino que la falta de dinero determina qué vida vivirán. Pese a todo, creo que las protagonistas alcanzan una calma muy subjetiva, pero calma al fin y al cabo: pienso en la última escena. Quizá esa sea la felicidad que pueden permitirse.

-¿Si partes de la precariedad siempre te arrastrará la mala suerte?

-Tu clase social marca siempre tus límites. Sueñas, te esfuerzas, tienes talento, pero un componente de azar inclina la balanza. Muchas veces consiste en estar en el sitio exacto en el momento justo, sin más. Otras tiene que ver con un contacto heredado, o al que has podido atender, o con el tiempo —y la calidad del tiempo— que has invertido en una idea o un proyecto. El tiempo se compra con dinero. Todo se compra con dinero, en realidad. Hasta la suerte.

El ecritorio de Elena Medel
El ecritorio de Elena Medel (Dani Duch)

-Una madre y una hija deciden dejar de cuidarse. ¿Esas heridas se curan alguna vez? ¿Cómo?

-Cuando alguien enferma, los cuidados recaen en las mujeres. Hay excepciones, por supuesto: pero se asignan a la madre, la esposa, la hija o a una desconocida, porque los oficios de los cuidados son femeninos y suelen ser precarios. En la novela las madres y las hijas no ejercen como se espera de ellas. Entre ambas hay un personaje herido: Carmen, que cruza la historia como un fantasma.

-María, que en los sesenta dejó el sur para buscarse la vida en Madrid, se gana la vida de limpiadora. Alicia, que nace treinta años después, repite ese periplo. El feminismo, para ellas, son dos cosas distintas. ¿En que radica esa diferencia?

-En la conciencia de cada personaje sobre sus circunstancias. María no se avergüenza de su origen, no lo esconde, sino que lo reivindica como seña de identidad: ella transforma en arma lo que para otras entienden como fragilidad. A Alicia la educan en el desclasamiento: viene de un lugar —geográfico, social—, vive sus primeros años en otro muy distinto, regresa al punto de partida. Y algo no encaja, se tuerce. Así que, para María, el feminismo tiene que ver con la igualdad. También con un lugar seguro en el que encontrar la comprensión que le han negado. Para Alicia no significa absolutamente nada.

Todo se compra con dinero, en realidad. Hasta la suerte”

-Madrid como escenario. ¿Qué le han robado los políticos y la Covid a esta ciudad?

-Vivo en Puerta Bonita, una de las primeras zonas restringidas por la Comunidad en la segunda ola. En Carabanchel vive gente de todas circunstancias, con empleos -si los tienen- diversísimos, pero no podemos omitir que la renta media es baja, y que la posibilidad de teletrabajar tiene más de excepción que de norma. Hemos sufrido una estigmatización doble: por parte de la Comunidad —con medidas inútiles limitando la movilidad, sin reforzar los servicios públicos (sanidad, educación, transporte)— al culpabilizarnos de los rebrotes, y por parte de la oposición, incapaz de entender la complejidad de la situación en estos barrios y reduciéndonos (por puro desconocimiento, por desconexión de la realidad) a una caricatura.

-Esta es una novela sobre el dinero, la falta de dinero. ¿Se puede vivir —o vivir bien— de la literatura?

-Yo sobrevivo de los alrededores de la literatura: como freelance para otras editoriales, con algún artículo, alguna charla… Trabajo en algo que me gusta, así que la explotación (o la autoexplotación) se justifica. Hay mucha trampa perversísima en esto: un montón de gente agotada, manteniéndose como puede y escribiendo o pintando o etcétera cuando puede, y algo menos de gente con un respaldo económico (llámese renta, herencia, familia). La gente rica puede permitirse dedicar su tiempo, fallar, empezar de cero. Sobre esto pensaron mucho mejor Remedios Zafra en “El entusiasmo”, y Arnau Sanz en “Línea editorial”.

La poesía me exige tiempo y calma”

-Usted proviene del mundo de la poesía. ¿Qué ha descubierto con la novela como género?

-Un descubrimiento evidente: los modos tan distintos. La poesía me exige tiempo y calma, un hallazgo ahora, otro dentro de un mes, y así se forja el poema; para mí la novela necesita tiempo y constancia, muchas horas durante muchos días seguidos. Si pierdo la costumbre, pierdo el hilo. Para mí el trabajo de lenguaje es el mismo, también los temas: cambia el molde, por así decirlo.

-¿Qué le debe su literatura a Federico García Lorca?

-El descubrimiento de la poesía como un lenguaje propio: otro idioma distinto. Guardo muchas otras deudas… Con Ángela Figuera Aymerich, por los espacios íntimos como espacios políticos. Con Carmen Martín Gaite, por la mirada a la realidad y la literatura como un género de géneros. Con Annie Ernaux, por la conciencia de la escritura desde las circunstancias: mujer, de clase obrera. Con Natalia Ginzburg, por la ficción construida desde los materiales propios. Y tantas autoras que me acompañan cada vez que me enfrento a un nuevo libro.

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