En busca de La Singla: salvaje, sorda y suprema

A pesar de su sordera, la bailaora conocida como La Singla llegó a ser una de las grandes estrellas del flamenco en los años 60.…

La historia de La Singla toca todos los palos: un arte que revolucionó el baile flamenco, y la señaló como sucesora de Carmen Amaya; un increíble afán de superación, motivado por una infancia de miseria y silencio, y hasta una doble desaparición. Antonia Singla Contreras no sólo desapareció de la escena, a mediados de los años 70, cuando era una estrella internacionalmente reconocida, sino que nadie se acordó de ella, a pesar de todo. A pesar de haber bailado por toda Europa; a pesar de haber participado, siendo todavía una niña, en Los Tarantos (1963), la mítica película de Rovira-Beleta, que llegó a las puertas del Oscar a la Mejor Película Extranjera (ganó 8 y medio, la obra maestra de Fellini), y a pesar de que los cientos de fotografías que le hizo Colita (o Xavier Miserachs) han sido expuestas en museos de medio mundo.

La Singla era un icono enterrado en el olvido, hasta que, por fin, Paloma Zapata se interesó por ella. La descubrió investigando para su anterior documental, Peret, yo soy la rumba (2018), ya que el Rey de la Rumba Catalana había sido guitarrista de La Singla. En Los Tarantos, sin ir más lejos, menuda y llena de gracia ella le baila El garrotín. Enamorada de su arte y de su historia, Zapata fue a buscarla a su retiro en Santa Coloma de Gramanet, en la periferia de Barcelona, donde ha pasado los últimos 40 años alejada de la luz pública.

¿Por qué nadie fue a buscarla en todo este tiempo? La realizadora tiene una teoría: «Era gitana en una época en la que había incluso más racismo que ahora, y también era mujer. En muchas disciplinas artísticas, hay mujeres que han sido borradas de la Historia, y este es un caso más, al que se suma el racismo. Y además, ella nunca ha querido saber nada de sus años de gloria. Son recuerdos que le resultan demasiado dolorosos». Tras múltiples contratiempos, coronavirus mediante, el documental, que se llamará La Singla. Rompiendo el silencio, empezará a rodarse en septiembre, antes del próximo confinamiento.

BAILAR FRENTE AL ESPEJO

La Singla, que nació aproximadamente en 1948 -no se sabe con exactitud-, se quedó sorda a los pocos meses, a consecuencia de una meningitis, o quizás por algún factor congénito ya que no fue el primer caso en su numerosa familia. En una entrevista publicada en La Vanguardia en 1962, es sobre todo Rosa, su madre, la que habla: «Cuando la niña tenía 11 años, la veía bailar frente a un espejo, y como lo hacía bien, me dije: «Esta chica tiene sentido», y la llevé al médico. El médico dijo que la chica podría oír y hablar, y ya lo ve usted: oye y habla». La Singla pasó su infancia rodeada de silencio, pero empezó a oír un poco, y aprendió a hablar de manera autodidacta, con un lápiz en la boca. Zapata afirma que, en la actualidad, «La Singla debe de tener un 15% de audición. Cuando hablo con ella, me lee los labios».

Rosa le mostró visualmente, haciendo palmas y chasqueando los dedos, los distintos palos del flamenco, y se la llevó a bailar por las tabernas. La Singla se guiaba por las vibraciones de los sonidos graves, y acabó siendo ella, con su furioso zapateado, la que marcaría el paso a los muchos guitarristas que la acompañaron. La Singla era un motor creativo, y su estilo, tan masculino que a menudo bailaba en pantalones algo no muy común entonces, era tan instintivo, y cargado de dramatismo que dinamitó la ortodoxia del baile flamenco. Así fue como aquella a la que llamaban «La Múa» en su Somorrostro natal acabó abriéndose paso, y se convirtió en La Singla, una de las más grandes bailaoras de la Historia.

DEL SOMORROSTRO A LA GLORIA

El Somorrostro, donde la Singla nació en 1948, era un barrio de chabolas, que se levantaba donde hoy se erigen las Torres Gemelas del 92 -el Hotel Arts y la Torre Mapfre-, hasta que fue barrido en vísperas de una visita de Francisco Franco, llegado para contemplar unas maniobras navales, en 1966. Ahí La Singla conoció a la célebre Colita, futura retratista de la Gauche Divine, que entonces debutaba fotografiando la figuración de Los Tarantos: «Me la presentó Paco Rebés, que entonces la representaba, y la introdujo en el mundo del baile profesional. Enseguida entendí la fuerza y la belleza de su baile», recuerda Colita. «Llamaba la atención su arranque, sus ganas y su inocencia. Como fotógrafa me pareció un animal de escena con una fotogenia rara y desconocida. Le tuve muchísimo cariño y le regalé lo que mejor hacía: mis fotos». Todo el mundo quería a La Singla. Los Dalí la invitaron a bailar a su casa de Port Lligat, y Joan Miró le pintó unas fotografías, que luego le fueron sustraídas por uno de sus supuestos representantes.

EL PADRE COMO SOMBRA

Pierre Antoine El Singla, padre de Antoñita y de un número inacotable de vástagos, no vivía en el Somorrostro. «Tenía dos familias, y vivía con la otra en el sur de Francia. Era analfabeto, pero alguien le mostró un periódico en el que aparecía su hija, que empezaba a hacerse famosa, y se personó para hacerse cargo del negocio», explica Zapata. «Su gestión fue desastrosa. Era una persona autoritaria, y no la dejaba relacionarse con nadie. El escenario acabó siendo para ella como una forma de terapia, el único lugar en el que podía expresarse». Colita va incluso más lejos: «el padre actuó como si fuera de su propiedad. Vino para explotarla económicamente y, de paso, maltratarla. En ese momento nos distanciamos, y para su desgracia él fue quien se hizo cargo de su trabajo».

EUROPA A SUS PIES

La Singla dejó atrás Barcelona, y fue acogida en el tablao Los Califas, de Madrid, donde volvió a triunfar, y de ahí a toda Europa como cabeza de cartel del Festival Flamenco Gitano, organizado por los promotores alemanes Lippmann & Rau, que también organizaban un festival a los astros del blues -Muddy Waters, Lonnie Johnson, John Lee Hooker…- por los escenarios de Alemania, Francia y Gran Bretaña. Siguiendo el mismo modelo, y aprovechando el circuito de salas, hicieron lo propio con lo que a ojos del mundo sigue siendo nuestro blues particular: el flamenco. Durante cuatro años consecutivos, La Singla encabezó la comitiva por una treintena de ciudades europeas, en salas repletas con miles de espectadores entusiastas. Los alemanes lo tenían claro: era «la mejor bailaora del mundo».

Pero La Singla no era feliz, y a mediados de los 70, como cuenta Zapata, «se casó con un buen hombre, que se llama Antonio como ella, y se retiró a Santa Coloma, donde sigue, con el corazón frágil y temerosa de salir a la calle, con la que está cayendo. Tuvo un problema de tiroides, pero creo que psicosomatizó todo lo que había sufrido, y que pasó por una fuerte depresión que la postró en la cama. Es significativo que, durante cuatro décadas, no haya querido saber nada más de todo aquello». Nacida en la miseria, sorda, mujer y gitana, la vida de La Singla no fue fácil. Pero el mundo tiene que saber lo grande que llegó a ser, y este documental arrojará por fin luz sobre su olvidada figura.

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