España, otra vez en niveles de ayuda para el desarrollo de 1990

Alumnos del taller de albañilería de la Escuela Taller de Asunción, financiada por la Cooperación Española.

Las veces que me preguntaron cuál es el primer recuerdo incisivo de mi primer viaje por Latinoamérica, de mochilero, siempre aparecen dos momentos precisos en mi mente. No son recuerdos irrefutables, hay jirones del tiempo en sublimación. A veces abordar los inicios resulta en recuerdos apócrifos, pero si lo intento, cada vez que lo intento, puedo reconocer dos lugares —dos momentos precisos—al comienzo de mi peregrinación herética por Sudamérica: la tarde en estado de oxidación sobre un puente sucio y los olores agrios gravitando alrededor del hito despintado de Argentina/Bolivia. Luego, un hotel barato frente a la terminal bimodal de Santa Cruz de la Sierra, y el ventilador que giraba chirriando a las cuatro de la madrugada.

Por entonces intuía que feligreses, cooperantes y turistas iban a lo seguro en sus procesiones: ellos sabían dónde ir, qué ver y arreglaban de antemano cómo regresar de sus viajes. Los que no, escapábamos o buscábamos rozar por el camino algún matiz de la verdad.

Salí solo, convencido de que era el momento de caminar los paisajes y palpar, también, el lado oscuro del continente; como tantos otros amigos latinoamericanos, quería recorrer los lugares difíciles, no trillados, y ayudar —en lo que pudiera— a quien estuviera sufriendo, pero no tenía un mango. Había ahorrado, en pesos argentinos: nada. La solución llegó bajo el título del voluntariado. Conocí propuestas sociales de grupos religiosos y oenegés con proyectos humanitarios que necesitaban mano de obra joven y entusiasta. Me alisté y serví.

Creía que la compasión, la caridad o la solidaridad eran la respuesta a tanta penuria; pero asomaron dudas. Los buenos propósitos del grupo de estudiantes que hacía obra misionera; la moda solidaria que lideraban actrices y cantantes, hasta los mayores intervencionismos se justificaban con argumentos altruistas y no resultaban como prometían y publicitaban.

Mariana no solo faena en el frigorífico local, también cuida de sus cuatro hijos (cumple el rol de madre y padre) y va al río a buscar tierra para hacer ladrillos y arena para vender: se gana el pan a pala y ladrillo. (Durazno, Uruguay)
Mariana no solo faena en el frigorífico local, también cuida de sus cuatro hijos (cumple el rol de madre y padre) y va al río a buscar tierra para hacer ladrillos y arena para vender: se gana el pan a pala y ladrillo. (Durazno, Uruguay) Migue Roth Angular

A lo largo del recorrido, ciertas preguntas se fueron tornando más y más insistentes: ¿tiene sombras la compasión? ¿la caridad y la fe pueden convertirse en productos de mercado? ¿puede causar daño la bondad?

El gobierno, por ejemplo, que destina millones de dólares a países en crisis y a través de organizaciones e iglesias cristianas ejecuta programas de desarrollo, ¿lo hace por bondad? Si las instituciones que implementan sus programas denunciaran las injusticias y la desigualdad provocada por el mismo gobierno, ¿seguirían recibiendo financiación?, ¿podrían pagar a sus trabajadores y garantizar la continuidad de los proyectos?

Me preocupa que la conmoción y la compasión —cuando se sienten— no necesariamente den lugar al compromiso por buscar las causas de la violencia y la desigualdad.

La solidaridad, la caridad, la filantropía o como prefiramos llamarlas, forman parte del bienintencionismo y como tal, son insuficientes, siempre lo han sido y siempre lo serán. Sé que ninguna institución tiene la capacidad de eliminar la miseria, ni la tendrá; pero eso tampoco impide explorar otras formas de mejorar las cosas.

Emiliana Tapia Pinto, Uma Mallku (autoridad, líder o responsable en aymara) de Achica Bajo, en el Altiplano de Bolivia, cierra actas.
Emiliana Tapia Pinto, Uma Mallku (autoridad, líder o responsable en aymara) de Achica Bajo, en el Altiplano de Bolivia, cierra actas. Migue Roth Angular

Es indispensable pasar de la reacción solidaria a relaciones auténticas con el otro, basadas en el respeto y la igualdad. Los que están sufriendo —persecución, hambre, miseria: violencia en cualquiera de sus formas— nos ayudan a ver lo que descuidamos y el valor de lo que tantas veces damos por sentado. Pero ayudar a los demás es algo digno si se trata de un ejercicio reflexivo; si se estanca en lo espontáneo y meramente piadoso, solo formará parte de la industria humanitaria sentimental, útil a los mercaderes de la fe y funcional a quienes manipulan el dolor ajeno para su beneficio.

Todo esto no puede tratarse simplemente de hacer el bien, sino de hacer bien el bien que pretendemos hacer; y eso debe incluir la forma en que narramos nuestra compasión.

De todo esto hablo en las crónicas que aparecen en Sin piedad, publicado en Latinoamérica por Angular y en campaña para ser publicado en España a través de libros.com, un ensayo —una aproximación—, mi intento por narrar lo insondable que puede ser un barrio paraguayo, las riberas del Solimões o la mirada desengañada de las madres indígenas Wichí. Andanzas de un viaje mayor y sin retorno, que sirvió para desmentir las postales de Sudamérica que mostraban las viejas National Geographic y Travel de mi tío. El libro recoge una serie de charlas y vivencias de una década de viajes por el continente que dan cuenta de mis encuentros en el camino con personas, lugares y conceptos que sacudieron mi visión de Sudamérica, la manera y las ideas en las que creía.

Migue Roth (Patagonia, 1985) es docente y periodista independiente especializado en temas de acción humanitaria. Es editor fundador de la plataforma periodística Angular.

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