'Fargo' en Olot: el chapucero secuestro que se alargó 492 días

Madrid Actualizado: Guardar

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A Maria Àngels Feliu Bassols, la farmacéutica de Olot, la secuestraron el 20 de noviembre de 1992. Debía ser algo rápido. Los secuestradores, dos policías locales de la localidad gerundense, estaban convencidos de que si el sábado retenían a la hija de un acaudalado industrial de la zona, el viernes ya habrían cobrado el rescate. Pero como si aquello fuera ‘Fargo’, todo se complicó desde el minuto uno.

Cuando salieron del garaje de la mujer rayando el coche, con el «paquete» en el maletero, unos vecinos vieron a los encapuchados conduciéndolo. Las cosas se volvieron más difíciles porque por culpa de un camión que taponaba la calle tuvieron que huir en dirección contraria. «¡Joder, si está viva!», se decían entre ellos. «¡Chisss! Calla, coño, que puede reconocer nuestra voz. ¡Que te calles, hostia!». En unos pocos minutos todo el pueblo sabía que habían secuestrado a la farmacéutica.

Así comenzó uno de los sucesos más mediáticos de los años noventa, la década de los Juegos Olímpicos, de la bonanza económica y la expansión internacional de la marca España, pero también la década de la corrupción, en la que se gestó la crisis del ladrillo mientras el país se entretenía con las andanzas de Jesús Gil y comenzaba a descubrir la telebasura. En total, el secuestro duró 492 días en los que todos fallaron: la policía, que detuvo y encarceló a dos personas inocentes; los jueces, con varios relevos durante la investigación, y las televisiones, aquellos programas de Nieves Herrero o Pepe Navarro difundiendo sin pudor todo tipo de rumores.

El libro es el resultado de más de tres años lidiando con los once mil folios del sumario, revisando las cintas del juicio y hablando con todos los implicados

«Maria Àngels contaba con que su recuperación sería difícil, pero lo que nadie podía imaginar, y aún menos ella, era que la maquinaria mediática –y de rebote mucha gente de la calle– la crucificara de aquella manera. Recibió insultos de todas partes y vio cómo se cuestionaba su honor con todo tipo de especulaciones, muchas de las cuales aún colean, pero no las leeréis en este libro. Aquí se habla de la verdad», escribe Carles Porta en ‘La farmacéutica’ (Reservoir Books, 2021. A la venta el 4 de marzo), una investigación periodística que le ha llevado más tres años; el resultado de bucear en el sumario, volver a revisar las cintas del juicio, el primero que se retransmitió en directo en España, y entrevistar a todos los implicados para recrear el caso desde el punto de vista de Feliu Bassols.

Pese a la enorme eco mediático del secuestro, hasta ahora no se había contado más que en un par de documentales que mostraban la versión policial y en el libro de un secretario judicial. Porta, periodista de investigación especializado en ‘true crime’ y autor de libros como ‘Tor’ y ‘Fago’ o el podcast ‘Le llamaban padre’, aborda el caso de arriba abajo en ‘La farmacéutica’. En un relato trepidante, que incluye diálogos de los implicados y sus miedos y preocupaciones, sitúa al lector en el zulo del tamaño de un armario donde aquella mujer de treinta y cuatro años, madre de tres hijos, pasó dieciséis meses entre hormigas y soportando inundaciones. Desde su cubículo podía oír cómo las serpientes que compartían garaje con ella se comían a los ratones, a policías practicando tiro en una diana y también lo que decían de ella en la radio, incluyendo a videntes que anticipaban su muerte.

Las televisiones, aquellos programas de Nieves Herrero y Pepe Navarro, difundieron sin pudor todo tipo de rumores e informaciones sin contrastar

La farmacéutica de Olot, de hecho, estuvo oficialmente muerta. Habían cogido a dos inocentes y, como no daban con ella, la dieron por perdida. Al municipio de Olot llegaron refuerzos de Gerona, pero todos los investigadores pasaban primero por la policía local. Allí estaban dos de los secuestradores y, claro, no había manera de avanzar en el caso: la presión mediática llevó a investigadores y jueces a dar pasos en falso y la novedad del caso de las niñas de Alcácer, que derivó la atención, hizo el resto. Maria Àngels quedó libre porque uno de los compinches de los secuestradores, el que durante todo ese tiempo estuvo vigilándola y alimentándola con bocadillos, se hartó de pasar tanto tiempo él también en el garaje: «Venga, es la hora. ¿Lo intentamos? Va, lo intentamos. Vamos a salir».

Durante un tiempo creyeron que los secuestradores eran un grupo de profesionales con cierta infraestructura. A Toni Guirado y Pepe Zambrano, los dos policías implicados, les entraba la risa cuando lo oían en los pasillos de la comisaría. La realidad es que desde el principio no hicieron otra cosa que improvisar. A la secuestrada la querían hacer creer que formaban parte de un comando de ETA, pero delante de ella hablaban con acento andaluz. Entre ellos apenas se atrevían a hablar por miedo a que los siguieran. Pedían rescates que luego no cobraban para evitar ser descubiertos. El día que Sebastià Comas, que se hacía llamar Iñaki, liberó a Maria Àngels, ninguno se enteró. Y con todo tardaron seis años en pillarlos.

Los dos policías, el camarero Iñaki, Ramón Ullastre, que era la cabeza pensante, y el Pato, el quinto condenado, se delataron entre ellos a las primeras de cambio. Cuando le contaron a Maria Àngels quiénes eran, preguntó por sus familias y si tenían hijos. «Pobres desgraciados», dijo. Hoy todos han cumplido sus penas, incluidas las de alejamiento. Maria Àngels, escribe Porta, no quiere saber nada de ellos. Ninguno se ha atrevido a entrar en la farmacia Feliu.

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