Foo Fighters, entre el miedo a los «haters» y a lo paranormal

Crítica de «Medicine at midnight»

Foo Fighters, entre el miedo a los «haters» y a lo paranormal

El último disco de la banda permanece fiel al espíritu emo en las melodías vocales, batería seca y contundente, y riffs de guitarra que combinan angulosidad en las estrofas con sencillez adictiva en los estribillos

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El nuevo álbum de Foo Fighters se grabó en Encino, en el Valle de San Fernando (Los Ángeles), en una gran villa de estilo mediterráneo que tiene su historia musical, ya que según cuenta la leyenda, John Lennon y Joe Cocker la alquilaron muchos veranos para sus juergas en los años setenta. Pero cuando Dave Grohl y los suyos entraron en la casa no notaron buenas vibraciones precisamente. «Nada más llegar, sentimos que había algo extraño en ella», contó Grohl a la revista «Mojo». «No pasó mucho tiempo antes de que empezaran a suceder cosas raras. Las guitarras se desafinaban solas, la configuración del estudio se estropeaba de la noche a la mañana, las grabaciones desaparecían del ordenador…, y había otras grabaciones que capturaron extraños fragmentos de ruido blanco». El cantante y guitarrista llegó a instalar un monitor de vídeo para bebés para grabarlo todo durante la noche, «y aparecieron cosas que no podíamos explicar», aseguró.

Sin embargo, en aquella mansión fue otro miedo el que les sobrevino. El de decepcionar. En los grupos pop-rock de largo recorrido se suele acabar instalando un temor a romper la confianza artista-fan, que puede ser muy paralizante. El propio baterista de Foo Fighters lo ejemplificó a la perfección ayer en estas páginas, al confesar que dudó seriamente si estaban yendo demasiado lejos al componer su nuevo disco, «Medicine at Midnight». La estética sonora del grupo siempre ha sido muy reconocible, y salir de su territorio le parece peligroso. Y con el primer adelanto del disco, una suerte de pop ochentero «bowie-esco» aderezado con arreglos de cuerda, parecía que la cosa iba en serio. Pero la banda de Dave Grohl no ha ido a ninguna parte.

La canción que da título al álbum, una tímida experimentación pseudocaribeña, puede asustar un poco a los seguidores más rockeros. Pero las marcas de la casa Foo siguen intactas en el resto del repertorio. Espíritu emo en las melodías vocales, batería seca y contundente, y riffs de guitarra que combinan angulosidad en las estrofas con sencillez adictiva en los estribillos. No falta el tradicional «hit» semiacústico de radiofórmula («Waiting on a war»), ni el conveniente arrebato de furia rockera («No son of mine») o el baladón romántico («Chasing birds»). Y entre las novedades que sí son sorpresas, y además agradables, destaca la utilización de ciertos elementos del gospel (los coros en «Making a fire», la mencionada «No son of mine» y la canción titular), y ciertos atrevimientos de producción, apuntando a Prince en «Cloudspotter» y a Queen en «Love dies young».

El gran lastre para este disco es, sin ninguna duda, la baja calidad de las letras. Anodinas y en el mejor de los casos ingenuas, apenas suman nada a esta obra compuesta y grabada antes del estallido de la pandemia. Quizá esa sea la explicación: cuando escribió estos textos, Dave Grohl no tenía mucho de qué hablar más allá de la división política en Estados Unidos. Algo que todavía no suena lejano, pero que afortunadamente parece ir distanciándose de su punto de ebullición.

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