Fotografías para pasear por la ciudad y entre la gente

Las fotografías de Masats nos llevan a pensar en la misteriosa dialéctica entre lo que permanece y lo que se transforma con el paso del…

LAS EXPOSICIONES DE PHOTOESPAÑA

En tiempos normales, los primeros días de septiembre aportan algunas novedades a la cartelera cultural, que son avanzadilla de un cambio total de programación, y también ofrecen la posibilidad de repescar propuestas que dejamos atrás por la diáspora veraniega. En estos tiempos especiales, algunos clásicos de la cartelera de fin de curso quedaron aplazados, y ahora es un buen momento para recuperarlos. Por ejemplo, ciertas exposiciones enclavadas en el marco de PHotoEspaña, en Madrid -que ya anuncia nuevas entregas-, postergadas a las desmovilizadoras y, este año, dudosas fechas del pasado julio. Como he comprobado en estos últimos días, las salas de exposiciones parecen ser, además de frescos, lugares seguros, como todos se quieren ahora. El público, no muy abundante, circula, lo que resulta un alivio frente al estatismo obligado en otros recintos culturales. Se han suprimido las visitas de grupos, lo que favorece al visitante individual o en pareja. No se da información en papel, pero es buena la información de los paneles y de las pantallas. Hay envases de hidrogel en varios puntos. Es un buen plan recorrer el circuito de las exposiciones fotográficas.

RAMÓN MASATS, EN TABACALERA

Visit Spain, la extensísima muestra del fotógrafo catalán Ramón Masats, comisariada por Chema Conesa en Tabacalera, es la joya del momento. Masats se afincó en Madrid y, con su cámara de reportero, recorrió España entre 1955 y 1965, trabajando tanto para revistas que entonces daban gran importancia al ingrediente gráfico como para organismos oficiales que deseaban promocionar los cambios marcados por el inicio de las políticas del desarrollismo. Impresionan los rostros, las vestimentas, los gestos, las costumbres y los rituales de unos españoles, tanto del campo como de la ciudad, que todavía no se habían despegado de la pobreza y de la ignorancia. Contemplar ese paisaje y ese paisanaje, a menudo incluyente del clero, la policía y otros iconos del Régimen, conduce, no sé si decir que curiosamente, a una especie de ternura. De ese mundo venimos, en ese mundo fuimos muchos niños, y parece casi mentira que, estando tan cerca -aunque también tan lejos, según se mire-, el país y nosotros mismos hayamos llegado hasta aquí, hayamos cambiado tanto, aunque percibamos hoy no pocas huellas de aquello. Las fotografías de Masats, con su no tan ocasional toque a lo Cartier-Bresson, nos llevan a pensar en la misteriosa dialéctica entre lo que permanece y lo que se transforma con el paso del tiempo.

LOS CRISTOS DE KOLDO CHAMORRO

Lo mismo sucede al ver las 63 imágenes de Koldo Chamorro (1949-2009) en el Museo Lázaro Galdiano, correspondientes a su ensayo fotográfico El Santo Christo Ibérico, en exposición comisariada por Clemente Bernard. El alavés, que vivió casi toda su vida en Pamplona, fue con su cámara, entre 1974 y 2000, en busca de las cruces y los cristos que se exhibían en procesiones, romerías y ceremonias religiosas populares, contextualizándolos junto a los rostros y las figuras humanas que los portaban o que participaban en esos ritos. Las fechas de principio y fin de su trabajo -separadas por más de veinticinco años- indican, más allá de ciertos cambios en el vestuario y, diríamos, en algunos elementos del decorado, la inmanencia de una tradición -la religiosa- que en España, y también en otras muchas partes, no muta con el paso de las épocas. Hoy mismo se podrían captar, casi medio siglo después del inicio de la investigación de Chamorro, imágenes sustancialmente parecidas. Como ha dicho la cineasta Pilar Palomero, a propósito de su excelente película Las niñas -no se la pierdan-, la modernidad no llegó en los 90 -ni en los 80- a todas partes en España. Ni ha llegado.

LA CÁMARA DE MIGUEL TRILLO Y LA MOVIDA

Esa modernidad (espinoso concepto) nos asalta en los rostros, en las miradas y en el vestuario de los jóvenes anónimos y relacionados con los escenarios musicales que la cámara de Miguel Trillo retrató frontalmente en los años 70-80 para su fanzine Rockocó y otras publicaciones. Curiosamente, ver ahora las numerosísimas imágenes de La primera movida nos hace pensar que los signos de aquella presunta modernidad fueron más efímeros que muchos emblemas recogidos en las fotos de Masats y Chamorro. Además, aquellos jóvenes importaron formas y estilos de vida que ya se habían dado con anterioridad en las tribus urbanas y en los movimientos musicales de otros países. Pese a que la memoria y el testimonio de la cámara de Trillo nos dice que esa imaginería corresponde al Madrid de los 80, podemos sentir hoy una sensación de desubicación por falta de continuidad, como si esos jóvenes pudieran pertenecer igualmente a otro país y a otra década. Con Masats, Chamorro y Trillo comprobamos una vez más que las mismas fotografías emiten otros significados y provocan distintas emociones con el transcurrir del tiempo. También, obviamente, porque ha cambiado nuestra mirada. Porque hemos cambiado -aunque sigamos siendo los mismos- quienes miramos.

MIRADAS SOBRE LA VIDA URBANA

Por último, no deberíamos abandonar el Círculo de Bellas Artes sin ver La mirada de las cosas. Fotografía japonesa en torno a «Provoke», exposición comisariada por Nuria Enguita y Vicent Todolí. La muy nutrida muestra acoge reportajes y trabajos -de la intimidad del erotismo a la explosión de las revueltas urbanas- de una docena de fotógrafos japoneses entre 1957 y 1972, fotógrafos rupturistas que, en buena parte, confluyeron en la revista Provoke, buscando reflejar la realidad sin el corsé de la objetividad. Y no olvidemos que la gran antológica fotográfica de la temporada la podemos encontrar bajando por el Paseo del Prado hasta CaixaForum. Realizada en colaboración con el Centro Pompidou, la exposición Cámara y ciudad. La vida urbana en la fotografía y en el cine es apabullante y, llena de imágenes y autores clásicos y reconocibles, exige de tiempo y detenimiento para sacarle placer y provecho. Son 89 fotógrafos y más de 250 obras que han sido perfectamente estructurados en diez apartados que ofrecen un completo repaso de la evolución de la ciudad del siglo XX, tanto desde el punto de vista arquitectónico y social como de los usos y manifestaciones que se dan dentro de ella. Causa gran impresión asomarse en todas estas exposiciones a las vidas de las ciudades y de las gentes en estos momentos en los que tanto unas como las otras viven ralentizadas y oscurecidas por el temor y la incertidumbre.

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