Francisco Brines o el rumor del tiempo

Actualizado: Guardar

Enviar noticia por correo electrónico

Su vida es la poesía. Y su poesía, pura vida, a pesar -o quizás por eso- de declararse permanentemente herida por el tiempo, sentenciada por la muerte. De todos los autores de la Generación del 50, Francisco Brines (Oliva, Valencia, 1932) es sin duda el que ha sabido llevar su intimidad, su yo literario, hasta los predios más altos de la expresión poética.

Los poetas del 50, o de la segunda generación de posguerra, enlazaron con los del 27 en su necesidad de afirmar al mismo tiempo su compromiso «con la realidad y con la poesía misma», como señala tan acertadamente el profesor José Olivio Jiménez en La poesía de Francisco Brines (2001). Marcaron equidistancia entre el escapismo estético de los garcilasistas y el formalismo temático de la poesía social. Recuperaron la mirada interior. Eso que los poetas sociales definían entonces como «narcisismo burgués».

Intimismo

La predilección de Brines por el intimismo, en comparación con la mayor parte de los poetas de su nómina generacional -tal vez con la excepción de Claudio Rodríguez– nos invita a buscarlo, recorriendo el camino de los pasos perdidos, hasta su primera entrega poética, Las brasas, en aquel año de 1959 en el que el joven Brines ganó el premio Adonais. Ya entonces, dijo la crítica, el poeta se mostraba tan deslumbrado por el fulgor de Juan Ramón como atraído por la hondura del mejor Antonio Machado. A partir de ahí, Brines fue construyendo su universo personal siempre en la raíz de una misma intuición profunda: la eternidad reside de manera exclusiva en la niñez. Dejar de ser niño es abandonar el paraíso para aprender a convivir con el tiempo. Con la caducidad de la vida y de las cosas.

Brines nos ofrece una intuición profunda: la eternidad reside de manera exclusiva en la niñez

¿Significa esto que su poesía, tan apegada a lo elegíaco y a las pérdidas, sea por obligación una poesía pesimista? Hay quien lo ha leído así. Pero es más al contrario. El milagro de Brines obra precisamente en la reafirmación de la vida como contrapunto de la muerte. Unas veces con el auxilio de la memoria. Otras con el temblor ante el fulgor del instante. Siempre con la interpretación de la existencia a través de la poesía. Una consumación de los contrarios que alcanza su máxima expresión con El otoño de las rosas, reconocido en el año 1986 con el Premio Nacional. Alegría que arroja ráfagas de luz sobre una tierra de penumbras. O dicho al contrario: «noche oscura del amanecer», como proclama uno de los poemas más bellos y sanjuanistas de aquel libro.

Entre Las brasas y El otoño de las rosas, cuatro títulos más: El santo inocente (1965), Palabras a la oscuridad (1966, premio nacional de la Crítica), Aún no (1971) e Insistencias en Luzbel (1977). Y después de El otoño… una entrega canónica más: La última costa, publicada en 1995. Ha llovido. En total, siete libros como siete hitos esenciales de su trayectoria, adornada después con una infinidad de antologías y reediciones. Un camino de palabras encendidas donde el poeta se afina permanentemente en la búsqueda de la belleza profunda de lo sencillo, de la verdad última del hombre y sus sentimientos. Una obra que ya es clásica. Que toma con una mano «las derribadas luces» de Kafavis y sus dioses del Mediterráneo y con la otra la «erótica secreta de los iguales», de Cernuda. Que las convierte en luz propia. Y que las proyecta, con elegancia infinita, sobre las generaciones posteriores.

Legado poético

Siete libros torales en 88 años redondos, que ahora culminan con el Cervantes. Con los ojos entrecerrados, o tal vez entreabiertos frente al mar de Valencia y a la mole del macizo del Montgó, Francisco Brines ha brindado por este nuevo reconocimiento con la satisfacción de haberle dado rumbo definitivo, desde hace algo más de un año, a la fundación que lleva su nombre, y que ya está instalada en su casa, con esos 30.000 volúmenes de su biblioteca donde se reúne toda la poesía del mundo. Y con su secreto a voces: los ¿últimos? poemas que compone y recompone para Donde muere la muerte, el que quiere ser su legado poético.

Ha dicho el poeta que lo primero que le ha venido a la cabeza al conocer la concesión del galardón ha sido la figura de su madre. Esa mujer ante la que ahora se presenta, en uno de estos últimos poemas, como «un niño de pañales» que «mira caer la luz». Niño al fin y, por eso, de nuevo en la senda de la eternidad. De esa «fabulosa eternidad» donde «los rosales son zarzas y son fuego», como dice en uno de los versos de El otoño de las rosas. En el mismo poema que termina: «Y todo pudo ser, pues fue vivido, / y este rumor de tiempo que yo soy / recuerda, como un sueño, que fue eterno». Cervantes, que tanto quiso ser poeta, sin duda estará contento.

Ver los comentarios

https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-francisco-brines-o-rumor-tiempo-202011260109_noticia.html

https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-francisco-brines-o-rumor-tiempo-202011260109_noticia.html

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *