Frida Kahlo, al asalto del trono del arte latinoamericano

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Las fascinación que despierta la figura de la pintora mexicana Frida Kahlo, lejos de desaparecer 67 años después de su muerte, sigue al alza. Semanas después de que viera la luz el monumental catálogo razonado de su pintura, a cargo de Luis-Martín Lozano y publicado por Taschen, que incluye también sus lienzos en paradero desconocido e incluso los destruidos, Sotheby’s ha anunciado que sacará a subasta en noviembre en Nueva York no solo su pintura más cotizada, sino la que promete ser la pintura iberoamericana más cara de la Historia. Se trata de ‘Diego y yo’ (pintada en junio de 1949), uno de los muchos autorretratos que hizo y el último que completó antes de su muerte en 1954.

Intenso y emotivo, en él se retrató de busto y la imagen del pintor Diego Rivera, con el que se casó dos veces, pintado en su frente, al igual que en otra de sus obras, ‘Autorretrato (Diego en mi pensamiento)’, de 1943. Fue el amor de su vida. Su estimación, unos 30 millones de dólares. Parece evidente que batirá su actual récord, obtenido en 2016 por ‘Dos desnudos en el bosque’, que fue vendido por 8 millones de dólares y que, curiosamente, le arrebató años después Diego Rivera con ‘Los rivales’, vendido por 9,7 millones. Frida podrá vengarse en noviembre con este óleo sobre lienzo (29,8 por 22,4 centímetros), que cuenta con una inscripción en la esquina superior derecha (México/Frida Kahlo/1949/Diego y yo), pintada en color rojo sobre el fondo verde oliva. En el reverso hay una dedicatoria: «Para Florence y Sam con el cariño de Frida. México. Junio 1949».

'Diego y yo', de Frida Kahlo
‘Diego y yo’, de Frida Kahlo – SOTHEBY’S

Es el último de una serie de retratos de busto que la artista hizo en la década de 1940 y uno de los tres únicos cuadros que pintó en 1949. Se exhibirá del 7 al 11 de octubre en Hong Kong y del 22 al 25 de octubre en Londres, antes de regresar a Nueva York para su exhibición antes de la venta de noviembre. Para Brooke Lampley, presidenta de Sotheby’s, «este autorretrato emocionalmente desnudo y complejo es una obra definitoria de uno de los pocos artistas cuya influencia trasciende el mundo de las bellas artes a la cultura pop». Julian Dawes, codirector de arte impresionista y moderno de Sotheby’s en Nueva York, dice que «una pintura de Kahlo de esta calidad es una rareza en las subastas. Cuando miro esta pintura, me viene a la mente la frase ‘abre los ojos’. En sentido literal, se refiere a la mirada penetrante de Kahlo como modelo del retrato (y el doble retrato de Rivera), pero creo que también simboliza el increíble momento que esta pintura marcará en el mercado». Por su parte, Anna Di Stasi, directora de arte latinoamericano de Sotheby’s, afirma: «Frida Kahlo es un icono global del arte moderno cuyo trabajo es amado en todo el mundo. ‘Diego y yo’ personifica la representación minuciosamente detallada, la iconografía compleja y una narrativa profundamente personal que son el sello distintivo de su pintura madura».

Vendido en 1990 por 1,4 millones

La obra aparece por primera vez en subasta en más de 30 años. En 1990 se vendió por última vez en Sotheby’s por 1,4 millones, convirtiendo a Kahlo en el primer artista latinoamericano (hombre o mujer) en superar el millón de euros en una subasta. Terminado en 1949, ‘Diego y yo’ es el último autorretrato de Kahlo de la década de 1940. Sus autorretratos de busto se hallan entre sus obras más famosas, codiciadas y emblemáticas.

Después de su segundo matrimonio con el famoso muralista mexicano Diego Rivera, la incansable curiosidad de Kahlo durante este periodo sintetizó influencias muy diversas que van desde la mitología azteca y oriental hasta la medicina y la botánica. Ella también describió sus tumultuosas experiencias con enfermedades crónicas y su relación cada vez más complicada con Rivera para construir una iconografía rica y profundamente personal. Alcanzó la cúspide de su maestría técnica como pintora durante este tiempo. En pinturas como ‘Diego y yo’, Kahlo se compromete con la tradición del autorretrato de busto, que se popularizó por primera vez durante el Renacimiento europeo.

Diego Rivera y sus infidelidades

Representando a una Frida Kahlo angustiada en una composición íntima, ‘Diego y yo’ muestra a Kahlo vestida con un icónico huipil, vestimenta tradicional de las mujeres de Tehuantepec. Este huipil rojo en particular es uno de los más famosos de su extensa colección; lo usó en muchos de sus autorretratos más reconocibles de este periodo, y en una conocida serie de fotografías de Nickolas Muray.

‘Diego y yo’ también puede considerarse un retrato doble. Kahlo incluye una pequeña imagen de Diego Rivera en el centro de su frente, con un tercer ojo que simboliza la iluminación y la sabiduría. Nunca dejó de amarle, a pesar de sus continuas infidelidades, incluyendo a Cristina, la hermana de Frida. La obra alude a la relación de Rivera con la diva mexicana María Félix, de quien el muralista pintó un sensual retrato con un vestido transparente, también en 1949. Esta relación fue objeto de numerosos rumores y, aunque ella bromeó públicamente al respecto, Kahlo, que era buena amiga de Félix, quedó profundamente herida.

Es el más vulnerable y conmovedor de los dos retratos dobles que pintó. La artista se autorretrata con el cabello suelto (generalmente, lo llevaba recogido en unas trenzas), indomable, que casi parece estrangularla; tiene las mejillas enrojecidas y una mirada intensa y llorosa. El retrato, de una cruda emoción, captura su inquietud y angustia internas, conmovedoramente reflejadas en tres lágrimas que fluyen de sus ojos, como si fuera una Madonna renacentista. En el catálogo razonado de su pintura se cuenta que este lienzo supuso «un shock a su destinataria cuando lo recibió, pues esperaba un cuadro decorativo de tehuana». Se trata de la artista e historiadora del arte Florence Arquin, buena amiga de Frida, a quien le había prometido un autorretrato. Se conocieron en México. Arquin viajó hasta allí para completar sus estudios y escribió un libro sobre Rivera. La obra siempre estuvo en manos de Arquin y su esposo, Sam Wlliams. En 1990, lo adquirió en una subasta en Sotheby’s la marchante Mary-Anne Martin.

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