Gabriel Albiac explora el siglo del mal

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Una vieja maldición china advierte: «Ojalá vivas tiempos interesantes». Cuidado, es una maldición. De todos los siglos de la historia, el XX no es que termine mal, es que fue el siglo de los muertos. De los desaparecidos, de los perseguidos. Así que sí fue un tiempo interesante. El de las ejecuciones por orden alfabético. Claro que desde la noche de los tiempos, desde esas escenas primeras de Kubrick en 2001, una odisea del espacio, se han sucedido persecuciones y ejecuciones, pero los millones de asesinados por motivos políticos y raciales son del siglo del mal: el XX.

Se recupera un ensayo luminoso, valiente, arriesgado, sincero y brutal de Gabriel Albiac (1950) que se publicó por primera vez en 2005, Diccionario de adioses. Para borrar el siglo XX. Ahora notablemente aumentado, en el que se incorporan nuevas voces, «Libertinaje» y dos capítulos finales, «Epílogo 2020», «Berlín fantasma» y en el resto se han actualizado los asuntos que así lo requerían. No es casual el subtítulo, Para borrar el siglo XX, no es para menos, aún cuando en el borrar, tanto el autor como quien esto escribe fuéramos humo. Fue el siglo en el que irrumpió el totalitarismo, la gangrena que supura vidas y comunidades. En la voz «Escribir», Albiac deslumbra por la sombría lucidez de la condición, por la ontología misteriosa, de la escritura. Y uno recuerda las palabras de Cesare Pavese: «La literatura es una defensa contra las ofensas de la vida», sí, y además, una escritura fantasma. Uno el que firma, otro el que escribe: «¿Quién escribe?» No son el mismo.

Su desbordante erudición huye de la pedantería. Conmueve y provoca. Emociona y describe

Y ahí Gabriel Albiac despliega una formidable nómina de lecturas, Raymond Chandler, Joseph Conrad, Virgilio, Pascal, Saint-John Perse, Marguerite Duras, Paul Valèry («Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales»). Porque tal vez, la gran metáfora del siglo sea el Titanic. El siglo arranca con una carnicería (1914) y termina, para muchos no en 1989, el 11 de septiembre de 2001.

Otra gran metáfora del siglo XX sería, así, un género literario: la novela negra. Ya escribió Jean-Patrick Manchette hace décadas: «Hoy todo el mundo es Chicago», el Chicago de los años treinta, claro. Es decir, salvajes y criminales persecuciones políticas, mediante las corrientes totalitarias (fascismo-nazismo, comunismo) y jungla de asfalto, en la metrópolis anunciada por Fritz Lang. Continúa la lóbrega procesión del siglo, así el látigo del «Exilio», ya «Que la vida de verdad está siempre en otro sitio, lo aprendemos pronto». «Nacionalismo» (el huevo de la serpiente), con Barrés en 1892, eje del fascismo y después transversal entre la derecha y la izquierda.

Patético espectáculo

«Judeofobia», el caso Dreyfus, como el arranque de la bestia providencialista. El citado, e incorporado, «Libertinaje», y un recordatorio: «Fuimos libertinos, a falta de tener un poder infinito. Libertinos y efímeros: no es poco». Libertino como patético y melancólico espectáculo. La guerra, la muerte, la política componen «las intemporales máscaras» de la «Nada», como titula este deslumbrante capítulo. Y así hasta el final de todas sus páginas «Revolución», «Revolucionario», «Terror(ismo)».

La prosa de Gabriel Albiac es envolvente, pareciera sobria, directa, y, sin embargo, logra que el lector descubra en cada página una profunda reflexión sobre el ser y el estar en la Historia y en el presente. La desbordante erudición de Gabriel Albiac está a disposición del lector, huye (bendito sea) de la pedantería y germanía académica, pero no se diluye en lo inmediato. Conmueve y provoca. Emociona y describe.

Fue catedrático de filosofía, este libro le cambia el ritmo, Albiac es, sobre todo, un soberano escritor.

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