Gustavo Adolfo Bécquer, inspirador de la «Giselle» más española

Una escena de «Giselle» – Alba Muriel

Gustavo Adolfo Bécquer, inspirador de la «Giselle» más española

Joaquín de Luz presenta con la Compañía Nacional de Danza una versión del clásico trasladada al Romanticismo español y situado en la Sierra aragonesa del Moncayo

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En 1863, Gustavo Adolfo Bécquer buscó la tranquilidad del Monasterio de Veruela, en la Sierra del Moncayo aragonesa. Al pie de una tumba, se sentaba a escribir mientras esperaba la correspondencia que llegaba de Madrid. Veintidós años antes, se había estrenado en París un ballet con música de Adolphe Adam, coreografía de Jules Perrot y Jean Coralli y libreto de Théophile Gautier y Jules-Henri Vernoy. Aparentemente, no tiene nada que ver lo uno con lo otro, pero Joaquín de Luz, director de la Compañía Nacional de Danza (CND), ha unido al poeta sevillano con uno de los grandes títulos del repertorio balletístico en su versión de «Giselle» que se presenta en el Teatro de la Zarzuela del 9 al 22 de diciembre. «Llevo muchos años macerando este ballet -dice De Luz-. Es mi ballet preferido».

Precisamente por su devoción por esta obra, uno de los emblemas del ballet romántico, reconoce el director de la CND que quería contar la historia de la campesina engañada «de otra manera, más relevante. Tenía problemas con la manera en que estaba contada en la coreografía original, quería encontrar la forma de que se entendiera y fuera «real»». Encontró la inspiración en Gustavo Adolfo Bécquer y, con la ayuda del dramaturgo Borja Ortiz de Gondra, moldeó esta «Giselle» teñida por el Romanticismo español y situada precisamente en los bosques de la Sierra del Moncayo. «Un año antes del estreno de «Giselle» -cuenta Ortiz de Gondra-, Gautier visitó nuestro país y recogió sus impresiones en un libro, «Viaje por España», en el que cimentó la idea de la España romántica que recogieron después otros autores».

Con estos cimientos, Joaquín de Luz ha levantado la producción, en la que ha contado como colaboradores con Óliver Díaz como director musical -la Orcam, titular de la Zarzuela, la dirigirá, sin embargo, César Álvarez-, Ana Garay (escenografía), Rosa García Andújar (vestuario) y Pedro Chamizo (iluminación y vídeo). «Quería un equipo que no hubiera hecho ballet, más teatral», confiesa De Luz.

«Bécquer hubiera podido escribir esta historia -dice el bailarín madrileño-, y de hecho sus versos han empujado lo que hemos hecho. Su obra está de algún modo reflejada en el ballet, y hemos incorporado algunos de sus poemas» -que suenan en las voces de Pedro Alonso y Ángela Cremonte-. «Todo el ballet -tercia Ortiz de Gondra- está atravesado por la forma de contarlo». La «Giselle» narra la historia de una joven campesina que, al descubrir que el hombre del que está enamorada es en realidad un príncipe, enloquece y muere. Se une entonces a las willis, fantasmas de las jóvenes que murieron sin poder casarse, y que se vengan de los hombres obligando, a los que descubren en el bosque, a bailar hasta caer muertos. Coreógrafo y dramaturgo han buscado hacer una versión más «dramática», también en la coreografía, en la que De Luz ha eliminado buena parte de la mímica del primer acto (el mayor lastre dramático de esta obra), pero ha conservado los movimientos más reconocibles del segundo acto. «Si tuviera que establecer un porcentaje con respecto al original, diría que del primer acto ha quedado un veinte por ciento y del segundo acto un sesenta por ciento». «Nos hemos acercado al ballet con respeto pero sin reverencia -dice el dramaturgo vasco-, y nos hemos a atrevido a hacer cosas que no son canónicas porque considerábamos que nos ayudaban a contar la historia».

Y es que tanto él como Ortiz de Gondra se preguntaron qué tiene hoy que contar la historia de «Giselle»: «Lo que nos dice es que la danza y el amor vencen a la muerte -dice el dramaturgo-, y en estos momentos de pandemia nos muestra que hay una luz al final del tunel, y que el arte nos salva porque nos presenta un mundo mejor».

Oliver Díaz ha sido, por otra parte, el encargado de revisar la partitura de Adolphe Adam, del que destaca «su inmensa facilidad, su talento para arropar a los personajes con una especie de leit motiv que les acompaña». El trabajo escenográfico de Ana Garay, por su parte, ha estado marcado por su visita, junto a todo el equipo, a la Sierra del Moncayo. «Fue una inmersión maravillosa en el espacio de origen». Las características especiales de la danza las ha tenido en cuenta para su escenografía, lo mismo que Rosa García Andújar, que en su vestuario ha contado con una base realista en la España del siglo XIX, especialmente en el campesinado y la aristocracia, para lo que ha contado sobre todo con la ayuda del archivo fotográfico de Publio López Mondéjar. La diseñadora ha realizado, añade, un trabajo de reproducción especialmente de indianas (telas estampadas de algodón) de finales del siglo XVIII.

Poner en pie en estos momentos una producción con medio centenar de artistas en escena supone extremar las medidas sanitarias de seguridad. «Desde el primer día del confinamiento hemos estado trabajando en la CND para garantizar lo más posible -nadie puede hacerlo al cien por cien- la seguridad de los bailarines. Quise también que pudieran volver a la sede a desarrollar su trabajo lo antes posible. Hemos realizado diez rondas de tests; nos acabamos de hacer uno y ahora, antes de estrenar, nos haremos otro. Están siendo todos, en cualquier caso, muy responsables».

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