Hércules Poirot cumple cien años

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Todo lo que tocaba se convertía en oro. Probó con el teatro y su obra La ratonera, que se estrenó en 1952, se consolidó con el paso de las décadas como el texto con la presencia en cartel más duradera de todos los tiempos. En el cine, la adaptación a cargo de Billy Wilder de otra de sus obras, Testigo de cargo (1957), pasó a considerarse rápidamente una película de culto; y la versión que, en 1974, Sidney Lumet hizo de Asesinato en el Orient Express, novela publicada por primera vez en 1939, es, sin duda, uno de los misterios corales mejor puntuados por los cinéfilos. Sobre su producción estrictamente literaria, el Libro Guinness de los Records la ha reconocido como la autora más vendida de la historia.

Imponerse a todos

Amparada la efeméride por estas credenciales, el pasado 15 de septiembre se cumplieron 130 años del nacimiento de Agatha Christie (Reino Unido, 1890-1976) y, con la celebración de su aniversario, no solo merece la pena reconocer de nuevo el don que poseía la creadora de Hércules Poirot para gustarle a todo el mundo e imponerse con rotundidad sobre coetáneas tan brillantes como la norteamericana Dorothy Parker (1893-1967) o Josephine Tey (Reino Unido, 1896-1952), sino también preguntarse por qué; de hecho, quizás sea esta la única cuestión que quede sin responder en torno a la gran dama del suspense, su último secreto: la razón abrumadora de su éxito.

Agatha Christie
Agatha Christie

Cuando en 1920 se publicó El misterioso caso de Styles, el primer enigma para Poirot, nadie previó que al título habrían de sucederle más de sesenta tramas detectivescas, con una serie de rasgos compartidos y garantes de su solvencia: escenarios tan atractivos como asépticos, casi pertenecientes a ninguna parte y, precisamente por eso, reconocibles para cualquiera; un elenco de personajes numeroso y pulidos con una destreza que roza la caricatura; una intriga similar a un juego de lógica o una actual escape room, siempre planteada como un desafío para el lector, ante quien no tardan en desplegarse sospechosos y pruebas para estimular el juego limpio; y la presencia de un carismático investigador -a las manías de Poirot muy pronto se sumaron las solo en apariencia ingenuas actitudes de Miss Marple- liderando una narración más bien sucinta, pero dotada en todos los casos de una evidente inteligencia.

Además, más allá de estas pautas, cohesionándolas como el ingrediente imprescindible, es probable que Agatha Christie se recordara a menudo a sí misma, al sentarse a escribir, la máxima que Miss Marple pronuncia en Muerte en la vicaría (1930), el crimen con el que se presentó ante el público: «La naturaleza humana es igual en todas partes».

Destilar con acierto aquello que, en lo referente a la maldad, hay de idéntico en cada uno de nosotros y convertirnos a todos en espejo; ese es el núcleo de la literatura de Agatha Christie, una literatura desnuda a la que erróneamente, por su austeridad y tendencia a la repetición estructural, nos veremos tentados a calificar de simple, cuando en realidad deberíamos calificarla de categórica, dotada de la extraña virtud de encajar en todos los moldes; un exótico antídoto para la torre de Babel.

Sabiduría innata

Y lo mejor, y la afirmación que viene ahora es más una intuición que una certeza, derivada de la agilidad de todas sus novelas, sin excepción, es que es muy probable que no hubiera una labor consciente de depuración en el proceso de escritura, sino más bien una sabiduría innata para recalar en las tinieblas compartidas del alma con una pasmosa facilidad; el poder visionario de una mujer que vivió sin ceñirse a las restricciones de su época, que viajó y se dedicó a observar sin prejuicios ni filtros adquiridos la realidad -imperdible en este sentido uno de sus libros menos conocidos, el autobiográfico Ven y dime cómo vives (Tusquets, 1987)-. Deducimos esta idea de lo que ella declaró una vez: «Tramas no me faltan. Me vienen a la imaginación a borbotones mientras cuido las flores. Siempre llevo conmigo un cuaderno y tomo notas antes de que pueda olvidarme. De esta forma, los delitos más horribles nacen entre las rosas».

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