Historia, racismo y olvido del genocidio gitano en la Segunda Guerra Mundial

Settela Steinbach es el nombre de una niña holandesa de nueve años que fue detenida por los ocupantes nazis en Eindhoven, el 16 de mayo…

Settela Steinbach es el nombre de una niña holandesa de nueve años que fue detenida por los ocupantes nazis en Eindhoven, el 16 de mayo de 1944 y enviada al campo de concentración de Westerbork. Tres días después, el 19 de mayo, tomó un tren hacia a Auschwitz. En el momento justo de subir a su vagón, Rudolf Breslauer, un fotógrafo también prisionero en Westerbork, le tomó un retrato que, durante décadas, fue un símbolo equivocado del Holocausto en los Países Bajos. Equivocado porque Settela fue

citada como una niña judía no identificada. En 1994, una investigación periodística desveló el error. Settela era gitana. «La respuesta de la sociedad holandesa fue la de la negación. La gente no quería creer que fuese una niña gitana. Parecía que el dato molestara», explica María Sierra, profesora de Historia en la Universidad de Sevilla y autora de
Holocausto gitano
(editada por Arzalia), la primera gran historia de la aniquilación romaní en Europa en los años 40. La historia de Settela expresa la marginación del drama gitano en la memoria colectiva. ¿Qué sabemos de aquel exterminio en comparación con lo que sabemos del Holocausto judío? ¿Conocemos el nombre equivalente a
Shoá
o el número de muertos calculado? 500.000 personas,
el 70% de la población
romaní de los países del Eje, fueron asesinadas, básicamente con los mismos métodos y en los mismos lugares que los seis millones de judíos exterminados. «Hubo una única particularidad», explica Sierra. «Los romaní siguieron conviviendo en sus familias dentro de los campos de exterminio». Fue una ventaja muy relativa. «Para los supervivientes, esa conviviencia hizo aún más destructivo el recuerdo del campo de exterminio. Tuvieron que
asistir a la degradación extrema de su sentido de la dignidad
».
Holocausto gitano
empieza sus páginas con una síntesis del antigitanismo en Europa, desde la Gran Redada en España, que pretendía la extinción biológica de los gitanos por aislamiento, hasta las póliticas de esterilización activa en Suiza ya en el siglo XX. También hubo
políticas bienintencionadas, aunque hoy parezcan anacrónicas,
de asimilación, intentos de
salvar a los gitanos de sí mismos
. Pero su alcance fue limitado. La República de Weimar, por ejemplo, concedió la ciudadanía plena a los sinti, los gitanos alemanes. Inmediatamente después, el Gobierno de Baviera ordenó la persecución policial del nomadismo. «En 1920, la idea de la asimilación ya se había dado por perdida», explica Sierra. «
El foco estaba puesto en el aparato policial y en la eugenesia
. No sólo era una dirección política. Era la cultura de la época la que veía así a los gitanos. Eran los años de las metáforas médicas aplicadas a la sociedad: la idea del virus social, de
la enfermedad que extirpar
…». ¿Podríamos comparar el antisemitismo y el antigitanismo en Europa en esas
vísperas de la tragedia
? «Hay algo en común: una tradición de visiones negativas que venían de la Edad Media: la figura del chivo expiatorio, la del traidor a la patria… La diferencia es que cualquier acto de antisemitismo tenía que ser justificado como un gesto de autodefensa de la sociedad, mientras que el antigitanismo no requería explicación. Incluso los que defendían a los judíos eran indiferentes a los gitanos». El antigitanismo, en el libro de Sierra, parece
un asunto casi psicoanalítico,
más que político, la expresión de todo lo que la sociedad convencional deseaba y temía a la vez, como ocurría en Carmen. «El gitano representaba la alteridad absoluta del mundo civilizado, con todas las comillas posibles. El antigitanismo era más emocional que el antisemitismo, pero ojo, porque las emociones no salen de la nada:
se cultivan y se trabajan, también intelectualmente
». Algunas particularidades del holocausto gitano. Primero: cuando el Reich inició el exterminio, se encontró con un legislación antigitana que sólo tuvo que ampliar. Y, a diferencia de lo que ocurrió con los judíos,
los gobiernos aliados de Alemania (Rumanía, Croacia, etcétera) no mitigaron la persecución sino que la acogieron con siniestra alegría
. «Hubo una excepción; la de los gitanos musulmanes de los Balcanes. Como el Reich buscaba la alianza con el mundo islámico, fueron respetados». Segundo: en Europa también había
gitanos de clase media
: urbanos, sedentarios, más o menos prósperos y ajenos al estereotipo. No les fue mejor que a los nómadas. «Fueron las primeras víctimas, los que nunca pudieron escapar, porque era más fácil localizarlos». Y tercero: el genocidio gitano quedó relativamente impune. El equipo científico-policial que se ocupó directamente del problema gitano
se reinsertó con éxito en la Alemania desnazificada
. El Doctor Ritter y su colaboradora, Eva Justin, pasaron por dos juicios sin recibir condena. Los prejuicios antigitanos también sobrevivieron sin convertirse en tabú como ocurre con el antisemitismo. «
El conocimiento académico aún es fragmentario y va muy atrasado
respecto a la Shoá», explica Sierra. «En realidad, sólo a partir del juicio a Eichmann se empezó a tener noticia del exterminio de los romaní. Las sociedades posbélicas no estaban preparadas para ponerse en el lugar de los gitanos» La segunda parte de su libro está dedicada a los testimonios personales de los supervivientes. Sus relatos, además de trágicos, muestran una soledad desoladora. Última pregunta:
¿qué sabe un gitano español que no haya ido a la universidad ni esté muy politizado del exterminio en Europa?
«Existe una idea que vincula la memoria familiar de dolor con una memoria histórica que empieza a incluir a los gitanos de otros países. Siempre hubo un eslabón de miedo… Poco a poco ese miedo se pone en un contexto historico».

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