Ibiza: cinco décadas de fiesta sin freno en el edén electrónico

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En un principio, ya lo cantaban las Slits, fue el ritmo. Luego si eso ya llegaría el desenfreno hedonista, las cascadas de luces estroboscópicas y los reservados generosamente regados con botellas de Cristal y cuentas con más ceros que la renta media de la mayoría de habitantes de la isla. Pero en un principio fue el ritmo, la juerga y el influjo de Bes, ese dios travieso que da nombre a Ibiza y que, según la leyenda, apaciguó una guerra entre el norte y el sur de la isla poniéndolos a todos a danzar. «Lo que significa Ibiza es básicamente algo que hace el ser humano desde tiempos inmemoriales: la celebración a través del cante y el baile», resume el periodista y discjockey Christian Len, autor junto al también periodista Luis Costa de «Balearic. Historia oral de la cultura de club en Ibiza» (Contra), monumental crónica que reconstruye la forja de Ibiza como paraíso sintético y museo de la cultura de clubs.

Una memoria sónica que documenta cómo los cantos de sirena que sedujeron a Walter Benjamin y enamoraron a Pink Floyd mutaron con los con los años en atronador festín de ritmos sintéticos, desenfreno turístico y excesos en sus más imaginativas variantes. «La isla tendría que hacernos un monumento a los melenudos y las melenudas, porque esto era una cochambre», dice el siempre vehemente Antonio Escohotado. «¿Qué ha pasado? Pues que nosotros llamamos la atención de clase media y alta de toda Europa y de todo el mundo, que empezó a venir y siguió viniendo desde entonces», añade en el libro pensador, traductor y, para lo que nos interesa, fundador de Amnesia, casa payesa convertida con los años en templo house desde que el oficiaría Alfredo Fiorito, padre de ese sonido que los ingleses acabaron pispando para inventar el acid house.

El sonido de la libertad

Por increíble que parezca, «Balearic» es el primer intento serio por dotar a Ibiza de un relato a la altura de los acontecimientos. Y el resultado, minucioso y detallista, es abrumador: casi un centenar de entrevistados, un arco narrativo que cubre siete décadas, pioneros como Pepe Roselló (Playboy), Ricardo Urgell (Pachá) y Juan Marí (Las Dalias) compartiendo espacio con estrellas internacionales como Carl Cox, Louie Vega, Paul Oakenfold y Peter Hook… Todos ellos trazan un recorrido que cambia en lo semántico (la evolución de la sala de fiestas a la discoteca pasando por la «boite») y también en lo formal: los beatniks dejaron paso a los hippies y los empresarios de la noche vieron un filón en ese oasis de libertad y «libertinaje» totalmente ajeno a lo que pasaba en la España de la dictadura. Fueron los años locos, loquísimos, de Pachá, Ku Es, Paradís, Playboy y Amnesia, prólogo de la edad dorada de los ochenta.

Costa, también autor del «¡Bacalao. Historia oral de la música de baile en Valencia», señala dos momentos clave tras el epifánico paso de Pink Floyd por la isla: «1987, cuando aterrizan en Ibiza Paul Oakenfold, Danny Rampling, Nicky Holloway y Johnny Walker, los cuatro discjockeys ingleses que luego revolucionaron el acid house; y 1989, con la apertura de Space y la llegada del techno». Ahí quedaría fijada una identidad sonora a la que Len añade otra variante: Café del Mar y la banda sonora de la puesta de sol. «Entra ahí Padilla y se desata la locura de recopilaciones de chill out», dice.

Ibiza fue también el refugio de todos aquellos británicos que escapaban de una Inglaterra que le había declarado la guerra a la cultura rave. Por ahí pasaron, por ejemplo, New Order, héroes del pop electrónico que volaron a la isla para grabar «Technique» y volvieron a casa casi de vacío. «Todo coincidió con la eclosión de la escena musical y de clubs y, para colmo, de éxtasis. Puede que fuera un buen timing en términos históricos, pero no lo fue para la grabación del disco», recuerda el bajista Peter Hook. El impacto fue tal que, de regreso a Inglaterra, la banda intentó replicar el modelo de club ibicenco con The Haçienda. El problema, claro, es que Manchester tenía poco de paradisíaca isla del Mediterráno. «Sales de Manchester a las siete de la mañana y es todo gris», apunta Costa.

En esa misma época, finales de los ochenta, José Padilla inventa el chill out y las puestas de sol se abren paso a codazos. Los pioneros, lamentan Costa y Len, quedaron relegados cuando los promotores ingleses tomaron las riendas de la isla («es muy triste que se les haya olvidado», sentencia Costa en referencia a Padilla y Fiorito), pero sobre aquella combinación de noches sin freno y días al sol se forjó la leyenda de una isla que entró en el siglo XXI de la mano de Ushuaïa convertida en una mastodóntica fábrica de baile de precios astronómicos. «El rito, esencia del clubbing, se ha diluido en una especie de onanismo individualista. El foco está en el móvil, en las redes sociales y en el endiosamiento del discjockey», apunta Costa.

Ibiza, añaden, se ha convertido en «un monstruo víctima de sus propios demonios»; un edén eléctrónico convertido en faraónica caja registradora y «gran supermercado de la música», como apunta alguno de los pioneros. «Es un modelo obsoleto y que ha tocado techo, pero me temo que a corto plazo, cuando volvamos, vamos a encontrar un escenario desolador en el que las salas se verán obligadas a seguir replicando el modelo de segregación del VIP. Pero también se verá que este modelo no lleva a nada. Se abre una nueva vía maravillosa para volver a a la esencia del clubbing», vaticina Costa.

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