Ignacio Peyró: "El reaccionario es un revolucionario a la inversa"

El director del Instituto Cervantes en Londres y ex redactor de discursos de Mariano Rajoy saca nuevo libro

Vistos en conjunto, los libros de Ignacio Peyró (Madrid, 1980) parecen hacer un centrifugado que empieza por la anécdota y se dirige hacia alguna esencia vital casi trascendente. Se suponía que su primer título, Pompa y circunstancia, hablaba de Inglaterra como si fuera un libro de viajes sin viaje, pero también incluía algo muy íntimo en sus estampas pintorescas.Comimos y bebimos ya era un esbozo de memorias precoces en las que el hedonismo era el hilo conductor. Ahora, Ya sentarás cabeza (Libros del Asteroide) reúne los diarios de Peyró entre los 27 y los 31 años (de 2007 a 2011), el periodo crucial en el que se acabó la belle époque del escritor igual que se acabó el esplendor de la economía española.

«Me gusta del libro la evolución del personaje que toma las notas. Al principio es un joven que vive en una especie de adolescencia suspendida y un poco precaria, aunque a veces la riegue con Burdeos. Pero hay un momento en el que entiende que tiene que trabajar. Y trabaja como una bestia y deja de ser el esteta sentado en un sofá al que llamaban para adornar los salones», explica el actual director del Instituto Cervantes de Londres.

En eso, más o menos, consiste Ya sentarás cabeza: el Ignacio de las primeras páginas es un veinteañero que vive como si fuera quinceañero. Escribe sobre borracheras y resacas, sobre nostalgias colegiales, sobre mitomanías literarias, sobre cigarros y puros y sobre antiguas novias que dejaron un sabor agridulce. «También escribía muchísimo sobre dinero, sobre el dinero que no ganaba. Me he dado cuenta al editar los diarios que era una obsesión vital. Con el tiempo lo veo como una tontería, tampoco mi familia me iba a dejar morir de hambre, pero entonces era una urgencia».

Peyró vivía, en esa época, de colocar algún artículo, alguna crítica y alguna traducción en revistas y diarios de tirada modesta e ideología muy conservadora. Es un detalle importante: uno de los encantos de los diarios de Peyró consiste en contrastar el conservadurismo de su protagonista, que era un conservadurismo estético, sentimental y bienhumorado, con el de sus editores. Peyró era conservador porque los recuerdos de su colegio bien le eran, en general, dulces, porque tendía a la nostalgia y porque los refinamientos burgueses que lo habían acompañado estaban llenos de encanto o, como mínimo, eran cómicos, materia para la autoparodia. ¿La gente de izquierdas? Alguna había a su alrededor. Tenían sus manías un poco curiosas pero eran amables también. Antes de la crisis, España era así.

A medida que Peyró se iba tomando en serio el trabajo e iba subiendo en el escalafón de los periodistas más o menos de derechas, hubo de conocer una manera diferente de ser conservador, más… adversativa. «El problema es que yo no era un guerrillero cultural. Ojo, eso no significa que yo no tenga mis convicciones. Me atrae mucho Burke y el momento en el que el liberalismo enlaza con el conservadurismo… Pero es una idea del conservadurismo reformista. El conservador no es un reaccionario, porque el reaccionario es un revolucionario a la inversa que anhela otra forma de utopía que no está en el futuro sino en el pasado. Me parece deshonesto porque no es posible y lo que no es posible es corrupto».

Eso no significa que el escritor hubiese nacido para ser Drieu LaRochelle y llevar un destino trágico. «Casi todo el texto tiene un tono de buen humor», recuerda. Peyró aterrizó en el Grupo Intereconomía cuando los medios del empresario Julio Ariza parecían una cosa inaudita de gamberros. Algunas de las mejores páginas de Ya sentarás cabeza retratan una empresa poblada por numerarios del Opus melancólicos, jefes coléricos y extravagantes, ultras temibles (y otros ultras muy leídos), veinteañeros pijos y guapos encantados de salir en la tele, catalanes expulsados del paraíso pujolista… Buenos y malos periodistas, como en cualquier redacción. «Algunos eran muy buenos y han hecho una carrera sobresaliente después», dice Peyró.

También él prosperó. Alguien en el equipo de Rajoy se fijó en sus textos y lo reclutó para que escribiera discursos para el entonces líder de la oposición, dos veces derrotado en las elecciones generales. «Trabajé para políticos pero nunca me consideré político. No tenía el instinto asesino. Y sin instinto, sólo puedes llegar a ser el tío que toca el triángulo en la orquesta… No me pareció un mundo especialmente bienoliente, pero a veces hay que atender a la nobleza de la causa en la que crees. Bueno: hay un atrezzo de la política que aún me fascina: la escenografía del poder y su espectáculo: tan grande y tan vacío. Tan capaz de imponerse. La gente se vuelve loca, de verdad».

¿Y Rajoy? «Pasarán los años y seguiremos intentando descifrarlo». La historia con el presidente narrada en Ya sentarás cabeza fue la de un casi pero no del todo. Peyró no llegó a encajar bien en el gabinete de Jorge Moragas. «Me encantaba ser el hombre que susurraba a los políticos. Pero supongo que me faltaba interés para ir más allá». María Dolores de Cospedal heredó la prosa de Peyró que, en la última página del libro, toma un taxi camino de Moncloa.

Sé escéptico con los elogios y acepta con generosidad con el afecto, escribe Peyró en algún momento de ese viaje. «Yo era un tipo un poco cándido. Aprendí trucos mundanos de los que no me siento muy orgulloso. En esa época jamás se me hubiera ocurrido halagar a alguien como estrategia mundana. Y luego lo hice. Me vino bien pero soy consciente de lo que significa», cuenta Peyró. Si se lee con un poco atención, en Ya sentarás cabeza no importan tanto Rajoy, ni los corrillos del Congreso ni las locuras de Julio Ariza, sino las escenas de campo y de amistad, los aforismos y las dudas de un personaje que aprendía a pactar con la vida. Como todos.


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