Ignatius Farray: "Si no fuera por la comedia, creo que me habría suicidado"

Es el cómico más inclasificable del panorama español, un personaje atrapado entre la vergüenza y el humor más salvaje. Ignatius Farray -o Juan Ignacio Delgado-…

La primera vez que Ignatius Farray apareció en televisión llevaba un gorrito de cartón de cumpleaños y una chaquetilla vaquera sin mangas, con la barriga peluda al aire. No tenía que decir ni una palabra, sólo aparecía de fondo en un sketch de La hora chanante, pero se puso tan nervioso que le salió ese tic que arrastraba desde el colegio y desencajó la boca como el bostezo de un hipopótamo. Freud llamaba a esa reacción «el grito sordo». Al día siguiente, un espectador escribió al progr

ama diciendo que se había descojonado con el gag en cuestión, pero
no sabía hasta qué punto era ético usar a discapacitados
. Se refería a Ignatius, claro. Aquel perturbador desconcierto ha marcado la carrera de
Juan Ignacio Delgado Alemany
(Granadilla de Abona, Tenerife, 1973) desde el primer día. Uno nunca sabe si está delante de un genio, de un loco o de las dos cosas. Si está hablando con Juan Ignacio, con Nacho o con Ignatius. Si este señor ultraeducado, calmado y extraordinariamente tímido que pide un té blanco en una terraza de Malasaña es el mismo tipo que le chupa los pezones a su público, se desnuda en directo o posa con un testículo colgando del agujero del pantalón. Si este descerebrado es también el brillante observador de este disparatado mundo desde los micrófonos de la Ser en
La vida moderna
, el nominado a un Emmy por la serie
El fin de la comedia
, el talento más inclasificable del humor español. «El animal que rompió la jaula», en palabras de

José Mota

. «No sólo entiendo, sino que comparto la confusión de la gente», admite Farray. «Yo soy el primer interesado en descubrir la verdad». Para encontrarla, Ignatius (o quizás Juan Ignacio) ha escrito sus memorias:

Vive como un mendigo, baila como un rey

(Temas de hoy), la autobiografía de un muchachito
pringao
que acabó zarandeando la comedia en nuestro país, el manual de instrucciones de un personaje fascinante.

¿Ha descubierto ya qué o quién es Ignatius Farray?
La verdad es que me cuesta porque yo nunca lo premedité como un personaje. Ignatius surge de la ansiedad que me entra al enfrentarme al escenario. No es ningún plan. En vez de comportarme de manera tranquila, empiezo a gritar y me entra la histeria. Ojalá pudiera controlarlo, porque en mi cabeza eso no es ser un buen cómico. Es algo nefasto, un drama, porque admito que no me ha ido mal, pero yo tengo la ilusión de despojarme de él y ser un buen cómico algún día.
¿Y qué le falta?
Para mí, ser un buen cómico es decir cosas más de verdad. Me falta serenidad para desarrollar bien un tema cómicamente, poder hablar más allá de los espasmos de Ignatius. Siento que debería tener un poquito más las riendas sobre el escenario, pero lo que hace Ignatius es arrebatarme esas riendas por completo. Me siento arrinconado por él. Yo en realidad soy una persona muy ensimismada a la que pagan por estar fuera de sí.
¿Ha intentado librarse de ese álter ego?
¡Continuamente! Llevo 20 años secuestrado por Ignatius Farray.

Vive como un mendigo, baila como un rey

es un libro plagado de anécdotas tragicómicas, garabatos, viñetas, fotos y piropos, incluido el de su hijo de 11 años: «

Mi padre es como la democracia

: mucha gente dice cosas malas de ella, pero al final hay más gente que vota que sí que la que vota que no». La historia de Ignatius es la de

un crío miope cuyo mayor mérito era abrir mucho la boca para que le cupiesen más cacahuetes

, el hijo de la dependienta de un bazar y un corredor de

rallies

, «un niño con alma de viejo», un adolescente marginal que iba a clase en calzoncillos y zapatillas de andar por casa, un fan de Fellini, un joven obsesionado con fracasar para no encontrar más salida que la comedia. «Si de algo estoy orgulloso es de haber conseguido ganarme la vida con esto. Sigo creyendo que puedo hacerlo mejor, pero igual es sólo una fantasía y esto es lo que hay. Quizás tengo que asumir que así está bien y que no doy para más», asegura.

La contrario de la risa no es el llanto, es el miedo
Su ruta en busca de la esencia del humor le llevó de Tenerife a Madrid y de Madrid a Londres. Trabajó en un Pizza Hut y en el turno de noche de un hotel y allí descubrió los clubes de

stand up

, a

Richard Pryor

y a cómicos de los que se enamoró sin entender una sola palabra de lo que decían. Regresó a España en plena explosión de monologuistas y consiguió participar en un concurso en Canarias. «Tengo la sensación de que aquella fue la mejor actuación de mi vida». En 2003 se coló entre los nuevos cómicos de Paramount, empezó a colaborar en la tele, lanzó su grito sordo en

Muchachada Nui

y

La hora chanante

, rodó su propia serie y acabó reclutado por

David Broncano

y

Quequé

para

La vida moderna

, el programa que le ha dado la fama para su propio desconcierto. Hoy Ignatius Farray tiene hasta su propia banda de

postpunk

:

Petróleo

. «Yo básicamente me dejo llevar por la ansiedad e intento mantenerme a flote. Pero, a pesar de mí, debo tener algo interesante que a la gente le gusta», admite.

¿Sabría decirme qué hay exactamente dentro de su cabeza?
La mayor parte del tiempo hay miedo. Un miedo tremendo que me bloquea y me paraliza. Yo creo que lo contrario de la risa no es el llanto, sino el miedo. Y yo intento liberarme de eso. Si un valor tiene la comedia es el ansia de libertad. Es un espejismo porque luego sales a la calle y se esfuma, pero en ese contexto, en el escenario, puedes llegar a sentir esa sensación de libertad. Es lo máximo.
¿Es más feliz Ignatius Farray o Juan Ignacio Delgado?
Cuando tienes esa sensación en el escenario, el resto de tu vida sobra. Mi vida es hacer tiempo para que eso llegue. Es un drama porque notas que tu vida está congelada hasta ese momento y no siempre llega. Habitualmente el sentimiento después de una actuación es de arrepentimiento, pero cuando sale bien te engancha tanto que sientes que toda tu vida está al servicio de eso.
¿Qué porcentaje diría que sale bien?
Un 1%. Jajajaja. Mi suerte y mi condena es que la primera vez salió muy bien y mentalmente y ya me quedé enganchado.
Pero a la gente le gusta…
Yo también soy público mío. Si me sale bien, me divierto; pero si tengo la sensación de que estoy engañando al público, me vengo abajo. Tengo una sensación de vergüenza muy desarrollada y si noto señales de falsedad, me vengo abajo, soy incapaz de mantener el tipo.
Nadie diría que Ignatius es vergonzoso.
Yo soy muy cobarde, sólo la vehemencia de Ignatius me ha sacado del hoyo.
¿Se parece en algo al cómico que soñó ser?
La verdad es que no, pero no se me quita la ilusión. Creo que si me empeño lo suficiente, algún día me saldrá bien. Beckett decía que hay que fingir y fingir hasta que te salga de verdad. Yo sólo puedo aspirar a fracasar mejor.
¿Qué habría sido de usted de no ser cómico?
Me parece impensable… Sinceramente yo creo que me habría suicidado. Si ya me siento torturado siendo cómico, que es lo más guay que se me ha ocurrido, imagínate siendo jardinero.

No concibo la comedia sin límites, sin una raya en la que poder poner el pie más allá

Dice en el libro que todos los cómicos son en el fondo unos delincuentes. ¿Cuántos cadáveres ha dejado Ignatius Farray en el camino?
Para mí, cada actuación es como un crimen. Yo creo que el final adecuado para cualquier cómico que haga bien su trabajo debería ser como el de Macbeth, apaleado como un monstruo, con las manos manchadas de sangre.
A usted se le ha etiquetado como gurú del llamado posthumor, el humor que provoca la carcajada a través de incomodar al espectador. ¿Se siente identificado? ¿Le gusta incomodar desde el escenario?
Generacionalmente encajo ahí, pero para nada me gusta incomodar. ¡Todo lo contrario! A lo más que puede aspirar la comedia es a conciliar. Dos personas que se ríen juntas tienen un vínculo por encima de cualquier ideología. Pero sé que no siempre pasa. Una cosa buena que tengo yo como cómico es que nunca le echo la culpa al público, nunca pienso que la gente no me entiende.
¿Ni cuando se ofenden?
Yo no presumo de ofender a nadie. Sé que lo he hecho, pero creo que es más una derrota mía que algo de lo que estar orgulloso. La comedia no está para ofender, sino para conciliar.
Usted es de los pocos cómicos que defiende que el humor sí tiene límites.
Es que yo no sabría funcionar sin límites. Todo perdería su gracia. El límite te dice donde está la pared que hay que empujar. Sin la conciencia de unos límites, yo no sabría ser transgresor, no sabría si lo que hago tiene valor o no, no sabría si he caminado realmente sobre el alambre. Es necesario que haya una raya para poner el pie más allá. Yo no concibo la comedia sin límites.
¿Dónde está su límite?
Es que no depende de mí. Los límites están en esa complicidad que sea crea entre el público y el que está en el escenario, en el contexto. Puedes decir una burrada tremenda y que la gente se ría, pero eso mismo no se puede emitir mañana en el Telediario de TVE.
¿Y hay algo que le ofenda?
No le doy la espalda a nada, pero sí hay cosas que me rechinan, sobre todo mis propias cosas. Tengo más vergüenza de mí mismo que del resto de la gente.
¿No cree que el mundo actual es muy Ignatius?
El mundo es fascinante y dramático al mismo tiempo. Notas cómo todo se va a la mierda, pero de una manera muy curiosa. Sale Trump y monta un
show
, sale Ayuso y monta otro. Y da igual lo que digan porque sus bases están totalmente fanatizadas y les van a seguir votando porque se mueven a un nivel sentimental más que racional. La verdad es hoy un bien escaso, es como buscar petróleo o pepitas de oro.
Sus análisis políticos se han incluso viralizado en los últimos tiempos. ¿Se imagina como tertuliano?
La gente no se espera que un puto loco como yo pueda hilar un pensamiento aprovechable. ¡De repente el bufón dice una verdad! Agradezco que la gente se lo tome en serio, pero lo importante es ser un puto loco. Si no lo fuera, no funcionaría. Si me tomara en serio, perdería la gracia.
¿Le ha decepcionado la izquierda en España?
No soy tan importante como para que la izquierda me decepcione, pero es verdad que a veces se ha perdido el objetivo y la efectividad. Cuando se pierde la visión de conjunto y se encasillan los valores, la posición de izquierdas se debilita. Pasa igual con la comedia. Todo se encasilla. En los años 90, Faemino y Cansado salían en un programa de Telecinco que se llamaba
Tutti frutti,
y luego actuaba un señor de Sevilla que contaba chistes. Y no pasaba nada. Hoy, eso sería impensable y es ridículo. Mentalmente los hemos separado, pero se dedican a lo mismo. Yo al final del día tengo más cosas en común con Arévalo que con un grupo
indie
de música, por muy posmoderno que sea. Extiende eso a la política… No podemos perder la visión de conjunto y encerrarnos cada uno en su burbuja.
En su libro dice que Ignatius tiene los días contados. ¿Qué hay después? ¿Cómo se ve dentro de otros 15 o 20 años?
Ojalá lo pueda hacer mejor, pero seguir así ya me valdría. Mi plan es ganarle terreno a Ignatius, que es una especie de pervertido que me ha dado la mano para enseñarme a caminar. Me gustaría empezar a caminar por mí mismo sin que el pervertido me ayude.

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