Isabel San Sebastián: «Hay apetito de conocer la historia, la gente está harta de que le roben su pasado»

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Cuando nos creíamos fuertes, casi a salvo, una pandemia hizo temblar muchas de nuestras certidumbres. No es la primera vez que pasa, por supuesto, y nada mejor que aprender de la historia. En ese empeño vive y escribe Isabel San Sebastián (Santiago de Chile, 1959), apasionada por la historia de España, que va investigando y narrando en novelas trepidantes. Tras el éxito de «La peregrina» presenta ahora «Las campanas de Santiago» (Plaza y Janés). Relata la aceifa de Almanzor contra Santiago de Compostela en 997, a la que sometió al pillaje y de cuya basílica mandó llevar las campanas hasta Córdoba, en carros arrastrados por los prisioneros.

-¿Por qué eligió esta época?

-Porque después de «La Peregrina», que se desarrolla en el mundo compostelano que tanto me gusta, me faltaba esta parte de la historia. Un momento apasionante, de frontera, peligroso, fundamental para la historia de España.

-¿Qué demuestra el esfuerzo de la Reconquista?

-Que no hay nada peor que la división. Y nada mejor, demostrado por la historia, que la unión en un proyecto común. Es una lección para tener muy presente. Si España sobrevivió a Almanzor, que realizó decenas de campañas contra los reinos cristianos del norte, que saqueó sin límite y era un gran esclavista, fue porque nos unimos. Permanezcamos unidos porque podremos con todo.

-Claro, pero sus lectores levantan la cabeza del libro y ven el telediario…

-(Ríe) Sí, hay mucha división ahora. Pero la historia enseña eso: que en tiempos llenos de incertidumbre y división la unidad es el único salvavidas. Yo escribo la novela para entretener y porque amo la historia de España. Y para que no todo sea tan preocupante como se percibe en el telediario. La política española me agota, y eso que analizarla es mi profesión, lo hago en las columnas de ABC. La historia siempre divierte y bien narrada entretiene.

-Interesante asomarse a los dos lados de una frontera con la novela.

-Claro, fundamental para huir de simplificaciones. En los dos lados había buena gente, yo siempre he pensado que hay una mayoría enorme de gente decente. Gente valiente hay menos siempre, que esté dispuesta a defender sus convicciones o principios. Pero creo que es mejor dar ese paso, porque nadie se libra de nada por tratar de esconderse. Al final la historia demuestra que uno no puede esconderse o tratar que algo no le afecte, porque te acaba alcanzando. Y si tiene que venir, que nos pille de pie, defendiendo nuestras convicciones.

-Duele saber que en ambos lados se destruyeron libros…

-Es que en los dos lados hay también miserias y mezquindades. Claro, porque la frontera no la marca una religión u otra, sino la intolerancia. En ambas culturas había gente cultivada, pero siempre acaba manifestándose también la intolerancia y la barbarie.

-Intolerancia sin fronteras, sí. Aún vigente. Frente a ella pone estos personajes fuertes, como Tiago, el protagonista…

-Sí, no es el típico héroe, pero de algún modo se convierte en el héroe por su fortaleza y por su valor. De hecho es un personaje que abundó en ese tiempo y en esa frontera. Nace como siervo pero sus sentimientos y sus acciones son nobles, por eso se parece a un héroe.

-En la frontera no hay nada simple, todo tiene complejidad novelesca.

-Inmensa complejidad. En mi novela se percibe con el doble escenario: Al Andalus conde está el cautivo y los reinos del norte donde su mujer, Mencía, se refugia. Cuando se habla de las mujeres empoderadas, me río yo del empoderamiento actual en comparación con el de aquellas mujeres. Las astures y las herederas de esa riquísima tradición matriarcal de toda la Cornisa sí que estaban empoderadas. Piense que España es una nación hecha de retales múltiples distintos, que convergieron en una empresa común. Si hay una empresa común fue la Reconquista, desde la lucha astur y vascona hasta la conquista de Granada pasando por un tamiz fronterizo anchísimo de gentes libres. Creo que la lucha en la frontera ha configurado el alma española de gentes libres e indómitas.

-Sigamos con las mujeres y Mencía…

-Creo mucho en la fortaleza de las mujeres. No comparto la idea que pretenden vendernos ahora de que somos seres desvalidos, necesitados de todo tipo de protección o sometidas. A lo mejor es porque soy vasca y paso mucho tiempo en Asturias. Mi imagen de la mujer es fuerte e independiente, que es lo que he vivido en mi casa y en mi tierra. Ese espíritu está en la novela, en todas mis novelas y en las mujeres de esa región. A mí que no me liberen.

-Hay historiadores que niegan que hubo una Reconquista. ¿Qué opina?

-Opino que francamente venir a enmendar la plana a diez siglos de historiografía y a la realidad es una imbecilidad. La realidad es que en el 711 Musa cruzó el estrecho y ocupó casi toda la península en menos de dos años con una fuerza brutal e impuso el pago de tributos. Con algunos suscribió pactos de sumisión, como el de Hitler con Vichy. Otros no se sometieron. Eso pasó en Covadonga. Pudo no haber una gran batalla como la mitificada, pero sí una escaramuza decisiva, porque acabó con la salida del gobernador musulmán de Gijón. Y nunca volvió a haber un gobernador musulman. Desde entonces empezó una empresa por recuperar el territorio, la ley, el espíritu, la capital en Toledo y la religión de la España visigoda. Se concretó en términos explícitos en época de Alfonso III pero se concibió en tiempo de Alfonso II, con la creación del Camino de Santiago y la implantación del protocolo visigótico en Oviedo, es un hecho. Que no les gusta llamarlo reconquista, pues a los contemporáneos, a los que lucharon y estuvieron allí les gustaba llamarlo así: recuperación. De la España visigótica.

-Es bonito cómo el avance de la frontera incorpora costumbres del otro.

-Hasta los cristianos que luchaban metabolizaban lo que más les atraía de la España que reconquistaban. No en la época de Almanzor, cuando a duras penas sobrevivían. Desde Alfonso VI los propios reyes cristianos cultivaban la literatura musulmana, aprendían la lengua, trabajaban con traductores, vestían a la mora, favorecían el arte mozárabe. La herencia andalusí se apreciaba y se incorporó al acervo. Pero se quería recuperar el territorio e imponer la religión cristiana. En aquel tiempo el concepto tolerancia religiosa no era un hit.

-¿Tiene la impresión de que la derecha es más de Reconquista y la izquierda de Al Andalus?

-Es verdad, es así. Pero yo rechazo que se politice la historia. La historia no es política, es otra cosa. Hay que conocerla, asumirla. No se pueden juzgar hechos pasados con criterios actuales. A la izquierda actual lo que no le gusta es España. No como la izquierda republicana o la anterior. Ahora parece que ser de izquierdas implica no ser patriota porque es de fachas sentir orgullo por tu historia o tu nación. Y la derecha ciertamente ha tratado de patrimonializar la Reconquista, que es de todos, porque la historia es de todos. Es un hecho que, nos guste o no, la Reconquista ha dejado una huella imborrable en el carácter español y en la configuración política de España.

-Ni en Santiago se estaba a salvo en torno al año mil. ¿Debemos aprender de esa oculta fragilidad?

-Compostela nunca había sido alcanzada hasta que Almanzor la arrasó. Todo es frágil, nada es eterno. Si a Abderramán III alguien le hubieran dicho que su legado acabaría como acabó ni lo habría creído. Lo mismo a Almanzor No hay que dar nada por hecho, hay que pelear cada día como si fuera el último. Fíjese si esta pandemia espantosa nos ha enseñado que los planes a largo plazo basta un bicho para romperlos. La historia está llena de lecciones y hay que aprender de ella, quien desconoce su historia se condena a repetirla, y no como farsa siempre, a veces como drama, desgraciadamente.

-Vaya exitazo la novela histórica en este tiempo. ¿A qué lo achaca?

-Mucha gente busca conocer su propia historia y la novela aporta emoción e intriga. Este auge de la novela histórica responde al apetito por conocer la historia de España que ha desaparecido de los libros de texto. En los cursos que damos se percibe auténtico deseo de conocer. La gente está harta de que le roben su pasado y de que no le permitan identificarse con su historia.

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