Javier Reverte: la brillantez estilística de los viajes

José M. Sánchez

Obituario

Javier Reverte: la brillantez estilística de los viajes

El escritor, fallecido a los 76 años, instauró en España la literatura de viajes como género habitual de un profesional del periodismo con un dominio impecable del lenguaje y con el rigor de una formación humanista severa

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Javier Martínez Reverte -había suprimido su primer apellido como escritor para diferenciarse de su hermano Jorge- instauró en España la literatura de viajes como género habitual de un profesional del periodismo con un dominio impecable del lenguaje y con el rigor de una formación humanista severa.

Su licenciatura en Filosofía y Letras se nota y se aprecia en sus obras desde la sabana africana a las homéricas islas griegas, del trópico amazónico a los casquetes árticos, desde la pobreza eritrea al imponente gigantismo de China. Varios de sus libros han servido para que otros viajeros aficionados hayan seguido sus rutas por el Egeo -«El corazón de Ulises»-, por el continente negro -«El sueño de Äfrica»- o por el Amazonas -«El río de la desolación»-.

Cultivó también la novela con notoria relevancia. La última, «Banderas en la niebla», hace converger en una batalla de la Guerra Civil española, la de Lopera, a dos personajes política y culturalmente antípodas: el torero conocido como «El algabeño» y el jovencísimo poeta inglés John Comford, tras navegar por sus respectivas vidas.

Su novela anterior, «El tiempo de los héroes», tiene como protagonista conductor al general republicano Juan Modesto y también abarca episodios decisivos de la contienda fratricida. Un tema recurrente que Reverte investigaba con amargura. Escribió asimismo poesía, aunque con mucha menor dedicación no exenta de entusiasmo.

Pero Javier Reverte empezó como periodista, carrera que también cursó. Tras un tiempo de prácticas en las agencias EFE y Pyresa, recaló en el diario «Pueblo», donde fue compañero de Raúl del Pozo, de Jesús Hermida o de Arturo Pérez Reverte -a quien no le unía ningún parentesco- y por ese periódico fue corresponsal en Londres, París y Lisboa y destacado como enviado especial a numerosos viajes oficiales del rey don Juan Carlos por distintos destinos del mundo.

Cubrió también para su diario diversos acontecimientos internacionales y trabajó distintas facetas de la profesión periodística con especial brillantez estilística. En menor medida, incursionó en radio y televisión con trabajos de reporterismo como guionista y presentador.

En 1995 realizó por su cuenta un largo periplo africano -incluida a navegación del río Congo- y escribió un libro que presentó a media docena de editoriales que, invariablemente, le negaban la publicación con parecido argumento: «Africa no interesa». Hasta que tuvo un encuentro casual con el editor independiente Mario Muchnic, quien leyó el manuscrito y se ofreció a publicárselo con un pequeño adelanto económico a cuenta de futuras ventas. El ibro salió como «El sueño de África» y vendió más de 80.000 ejemplares.

De inmediato las medianas y grandes editoriales que le habían cerrado sus imprentas, se lo disputaron. Eligió Plaza Janés -hoy Peguin Random House- y comenzó una nueva vida como viajero por los cinco continentes que ha plasmado en una veintena de libros sencillamente magistrales y copiosos éxitos de ventas.

Hace poco más de un mes conectamos por teléfono. Estaba en Turquía y charlamos mientras él navegaba por el Bósforo. Era un viaje que había planeado para culminar un libro que ha dejado inédito. Quería recorrer las orillas del mar Negro y reencontrarse con Estambul. Antes de emprender la marcha supo que el tratamiento para el maldito cáncer que padecía había fracasado.

Le dijeron que, suspendida la medicación, solo le quedaba esperar la muerte. Pero no quiso hacerlo con pasividad y se embarcó en su último viaje, aun a sabiendas de que en Turquía tendría que ingresar ambulatoriamente unas horas para que le realizaran una parecentesis, que es una agresiva y molesta extracción de líquido del abdomen.

Reservó cita en el Hospital Americano de Estambul. Nada le iba a frustrar su última aventura. Nada le iba a impedir hacer lo que le diera la gana. Bromeó, incluso, sobre el romanticismo de morir en la vieja Bizancio. Pero regresó a Madrid y esperó a la muerte con su habitual gallardía: el ánimo dispuesto y el mentón alto.

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