Jo Nesbø: no dejar de pedalear

Se me pide que trate de dar una explicación al éxito que desde hace años cosecha, en nuestro país y en muchos otros, el novelista…

Se me pide que trate de dar una explicación al éxito que desde hace años cosecha, en nuestro país y en muchos otros, el novelista noruego Jo Nesbø. Para afrontar el reto acudiré a mi experiencia como lector, pero también a la que me proporciona haber tenido la oportunidad de conversar en varias ocasiones con él, en Madrid y en Barcelona, siempre bien arropados por una representación fiel y devota de sus muchos seguidores.

Lo primero que hay que decir de Nesbø como escritor es que ha dado con la tecla que permite implicar de inmediato al lector en lo que cuenta. Sus armas son la tensión permanente, una efectiva utilización de la violencia y los resortes más tenebrosos de la condición humana y el recurso a personajes a la vez rotos y provistos de una peculiar entereza, como su Harry Hole; un tipo atormentado y con tendencia a autodestruirse que sin embargo siempre acaba ofreciendo al lector argumentos para la empatía. Viene a funcionar como una especie de guía en una excursión al borde del abismo, al que nunca termina de precipitarse.

Pero hay algo más, que sostiene la urdimbre y el desarrollo de su obra y que se percibe en el trato con él. Es Nesbø eso que alguno llama con cierto desdén un profesional: un escritor que siempre atiende con pulcritud y generosidad las exigencias del oficio, ya sean las que tienen que ver con la propia escritura o las que le plantea la interacción con los lectores. Es atento y concienzudo: no rehúye una pregunta, no escatima una firma ni pone mala cara jamás, aunque la cola sea demasiado larga. Se me antoja que el secreto de su éxito es el mismo que el de los ciclistas que se imponen en una carrera larga de muchas etapas. No dejar de pedalear, sea cual sea la pendiente. Es un talento nada común, aunque a alguno le cueste reconocerlo.


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