Joan Matabosch: «Cancelar es la opción más cómoda, pero hay que buscar soluciones para levantar el telón»

Joan Matabosch, en una de las salas de ensayo del Teatro Real – Gullermo Navarro

Joan Matabosch: «Cancelar es la opción más cómoda, pero hay que buscar soluciones para levantar el telón»

A una semana del comienzo de la temporada en el Teatro Real, su director artístico habla de los retos que se presentan para el coliseo operístico

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El Teatro Real fue el primer coliseo operístico occidental en abrir sus puertas tras el confinamiento. Lo hizo durante el mes de julio con unas representaciones semi-escenificadas de «La traviata» que otros teatros internacionales miraron con tanta envidia como atención. Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real, se tatuó en aquellos días una frase: «La normalidad hay que conquistarla», que repetía en forma de arenga. La normalidad, ahora, se traduce en comenzar la temporada: si todo sigue igual, será el viernes 18, con la ópera de Verdi «Un ballo in maschera».

La normalidad, sin embargo, cuenta Joan Matabosch, es ahora algo distinta. A las dificultades de poner una ópera en pie se suman ahora obstáculos como la imposibilidad de algunos cantantes de viajar a España o inconvenientes como la necesidad de hacer pruebas periódicas al personal o adecuar las producciones a las actuales circunstancias. «Lo que en otras épocas era sencillo o automático requiere ahora otra logística, pero las dificultades añadidas no nos parece motivo para cancelar. Se puede encontrar una manera de abrir el teatro y hay que hacer el esfuerzo para adaptarnos y llevar a cabo los espectáculos, aunque sea con limitaciones tanto en la escena como en el patio de butacas. Evidentemente, si no queda otra alternativa, como en el confinamiento, habrá que cancelar: la prioridad es la salud de todo el mundo: artistas, técnicos, cantantes y público».

«La traviata» se planteó como concierto semi-escenificado. «Un ballo in maschera», dice Matabosch, quiere ser un paso más. Se va a presentar una producción, «pero no del todo. No es la que se presentó en La Fenice de Venecia, está adaptada. Intentaremos que con «Rusalka», la próxima ópera, presentemos ya una producción cien por cien… Con sensatez».

Cuenta el director artístico del Real que habrá que ir paso a paso resolviendo las cosas según las circunstancias. Para «Un ballo in maschera» vuelve a utilizarse el tamaño mayor del foso, que permite una separación adecuada entre los músicos -la plantilla orquestal es similar a la de «La traviata»-; el coro modifica sus movimientos y su situación para adecuarse a las distancias de seguridad. «Se ha pactado con el director de escena; todo el mundo entiende que en estas circunstancias no se va a ver la producción original, que va a presentarse adaptada». La solución para los bailarines es quizás la más ingeniosa: bailarán con mascarilla, pero el público no lo notará, «porque llevará impresa una foto de su propia cara -revela Matabosch-, y con la iluminación adecuada el efecto será el mismo que si no la llevaran. También se ha adecuado el movimiento de los cantantes. «Además hemos optado por realizar pruebas PCR semanales para asegurarnos de que todo va bien».

Verdi y «El rey león»

Y una curiosidad: la producción prevé la participación de varios bailarines negros en el espectáculo -la acción está situada en Estados Unidos, concretamente en Boston, en la época inmediatamente posterior a la abolición de la esclavitud- y a Joan Matabosch se le ocurrió que fueran artistas de «El rey león» -en dique seco desde marzo- quienes participaran en «Un ballo in maschera».

La incertidumbre, dice el director artístico, obliga a tener mucha cintura. «Pero para programar ópera hay que tener un ojo puesto en lo que va a pasar dentro de cuatro o cinco años -qué modelo, qué estructura, qué título y con quién hacerlo-, y el otro en lo que va a pasar hoy mismo por la tarde. Hay que tener una estructura muy bien concebida a largo plazo y al mismo tiempo tener cintura para los imprevistos. Si no, dedícate a otra cosa. Aunque es verdad que si hay unos cimientos adecuados a medio y largo plazo, las emergencias -ésta es punto y aparte- no hunden un espectáculo; lo modifican, pero aguanta».

Las funciones de «La traviata» en julio fueron un excelente laboratorio de cuyos resultados estuvieron pendientes los teatros de todo el mundo. «La repercusión internacional fue inimaginable, increíble. Ha sido un ejemplo; servimos de guía para muchos teatros. Pero a ver… nosotros cancelamos mientras no hubo otro remedio, pero en cuando pudimos imaginar una solución alternativa para no hacerlo. Cancelar era la opción más cómoda, claro, pero hay que intentar buscar soluciones para levantar el telón. Realmente me sorprendió que fuéramos prácticamente el único teatro del mundo que lo hiciéramos y fuéramos un ejemplo».

A menudo se piensa en un teatro como un edificio, pero su sangre es su personal humano. Matabosch sabe que sin los trabajadores del Teatro Real no hubiera podido sacar adelante las funciones de «La traviata» ni las que abrirán la temporada. «El cien por cien del personal ha sido solidario y cómplice para trabajar conjuntamente y encontrar las soluciones que permitieran reabrir el teatro. Sin ninguna duda, lo mejor que tiene el Teatro Real es la gente que trabaja en él; técnicos, administrativos, coro, orquesta…».

La pandemia está provocando muchos dramas; el peor, dice Matabosch, el de las vidas que se ha llevado por delante. Pero, explica, el colectivo de los artistas está sufriendo de una manera increíble: «Si canta, cobra; y si no, no cobra. Sus ingresos dependen al cien por cien de que los teatros mantengan o cancelen su actividad. Los teatros tenemos una responsabilidad; en el momento en que hay una alternativa a la cancelación debemos hacer el esfuerzo de abrir el telón por respeto a los artistas -y al público, naturalmente-. ¿De qué sirve un teatro sin artistas? Esta cuestión contó mucho también en julio: no dejar a los artistas colgados salvo cuando fuera imprescindible».

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