Joan Miró: si abres la puerta a un cuadro…

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El pintor que nos entretiene, este Joan Miró que ahora llega a La Coruña, manipulaba el óleo y la acuarela como si fuera un lápiz, y todo lo que tocaba lo convertía en un compendio de rasgos de identidad. Firmas de puño y letra, rúbricas inimitables, notas musicales sin partitura aparente. Qué difícil le resultaba apoyar el pincel sin que apareciese su persona. Sea en la mancha o en la línea, en el papel o en un mural: inconfundible.

Escribimos hoy sobre uno de esos artistas que conocíamos por primera vez de adolescentes a través de los libros de Historia del Arte. Esas páginas que en junio se quedaban por estudiar y removías a lo largo del curso, mientras el profesor hablaba de cualquier otro punto del temario. De las reproducciones del libro escolar, a la primera vez que uno se planta ante un miró, versa esta exposición y todas las exposiciones de Joan Miró. Ahí están las constantes vitales de su trazo como si la pintura estuviese aún fresca.

Detenerse ante un cuadro suyo supone abrazar una realidad gráfica, gramática, dinámica y dramática tan apabullante como serena; vibrante sobre todo en esos pequeños cartones con aves hechizadas y luciérnagas. Entonces, siendo aún estudiante, comprendes que aparezca en los libros, de Historia del Arte… O de cualquier otra disciplina. Las imágenes de Miró pueden ilustrar tanto un libro de pintura, como de química o de aeronáutica. A Kandinsky o a Mondrian les pasaba algo parecido: también amaestraron un imaginario salvaje.

La cita nos acerca a los microgestos del artista, los accidentes sobre la tela, los retoques

Amigo de Picasso, Breton, Hemingway, y en contacto con las vanguardias, su extensa obra resultó ser una de las más porosas y que mejor supieron coagular el siglo XX en sus lienzos.

La Fundación Barrié, en colaboración con la Mapfre, presentará en unas semanas, en cuanto las restricciones sanitarias en Galicia lo permitan, 47 obras del pintor catalán (1893-1983). Personaje, pájaro, estrellas, es de 1944. El canto del pájaro al rocío de la luna, de 1955. Peinture / Pintura, de 1973… En este último trabajo, las líneas están construidas arrastrando la pintura en trazos continuos, en ocasiones repasados; sobre todo en las curvas y en los escapes, donde el pincel se separa del lienzo. Los finales de línea aparecen rectificados, de lo que se deducimos que los repasaba en el sentido inverso a su creación. Y así podemos pasear la vista el tiempo que queramos por las obras, siguiendo el territorio escarpado de cada centímetro de sus creaciones.

«Cabeza, pájaro» (1976)
«Cabeza, pájaro» (1976)

Paseo en cada cuadro

Miró trabajaba en cartón o lienzos reutilizados, con los materiales que se le pusieran por delante. Del óleo al lápiz, hasta las tintas para litografía y grabado, cuando ya su interés por la cerámica y las técnicas de reproducción se hicieron evidentes.

Cada cuadro es un paseo. Se puede seguir la mano del artista por él, como un cazador detrás de un animal; dónde se apoya el pincel, dónde vuela a otro lugar del lienzo y cómo vuelve una y otra vez a las líneas y las manchas para repasarlas de nuevo. Un 19 de enero de 1951, Georges Charbonnier le pregunta: «¿Podríamos comprender que el principio de una obra, para usted, carece de importancia? ¿Bastaría un trazo arbitrario, hecho por cualquiera?» A lo que Miró responde: «Sí, ese trazo impondría una continuación. Si usted empezara pintando, yo continuaría. Es la materia lo que lo guía todo. Estoy en contra de toda investigación intelectual, preconcebida y muerta. El pintor trabaja como el poeta: la palabra viene primero; el pensamiento, después ¡No se decide escribir sobre la felicidad de los hombres! O, entonces, estás perdido. Haga un garabato. Para mí, será un punto de partida, un choque. Concedo mucha importancia al choque inicial». Para salir de casa tenemos que abrir una puerta, para entrar en un cuadro, también. El encuentro inicial es único.

En definitiva, la exposición nos acerca a los microgestos del artista, los accidentes sobre la tela ruda, los retoques, las figuras semiocultas, los arrepentimientos calculados. De hecho, Miró rechazaba los lienzos con imprimación, le gustaba la tela virgen y los accidentes que esta provocaba. Limpiaba los pinceles en el cuadro con trementina, y dibujaba sobre las manchas. Lo que buscaba era un ritmo que alterase el suyo. Claro que en una tela imprimada podría haber pintado líneas más definidas; no quería, prefería el ritmo que la superficie proporcionaba a sus trazos. La mano avanza y la tela interrumpe.

Y entonces, volviendo al principio, cuando disfrutas la diferencia entre la reproducción y su original, resulta que has entendido algo que te acompañará toda tu vida: la pintura es un arte dinámico. En el caso de Miró, una cápsula imparable de gestos y formas que sobrevuelan el lienzo. Y ahí siguen.

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https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-joan-miro-si-abres-puerta-cuadro-202102030105_noticia.html

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