Joe Sacco: "pensamos que el colonialismo es una cosa que pasó en el siglo XIX pero aún respira"

El dibujante de ‘Gorazde’ aborda en ‘Un tributo a la tierra’ el drama cultural, medioambiental e íntimo de los habitantes originales del nosoerste de Canadá.

Vistos desde Google Maps, los Territorios del Noroeste de Canadá parecen un hipnótico cuadro abstracto de manchas verdes y azules oscuras. No hay ciudades, ni carreteras ni ningún elemento figurativo que haga mapa del territorio. Sólo 45.000 personas viven en una provincia que es tan grande como Francia y España juntas. ¿Qué sabemos de ellas? ¿Hablan francés, inglés? ¿Algún idioma amerindio? ¿Son ricas o pobres?

Un tributo a la tierra, el último libro del periodista, escritor y dibujante Joe Sacco (recién editado por Reservoir Books en España), retrata la tierra, el agua y a los habitantes de los Territorios del Noroeste, con la misma estrategia de Gorazde o Palestina, sus libros clásicos: hay un conflicto que Sacco aborda desde el periodismo y, en parte, desde la divulgación histórica y que expresa en forma de cómic. «Hay gente que me dice que dibujo demasiado, demasiados detalles», explica Sacco. «Puede ser, lo asumo: siento que debo dibujarlo todo para rendir tributo a la realidad que he estado observando. En lo que escribo, intento expresar un punto de vista clínico. Al dibujar, mi propósito es transmitir cuanta más emoción, mejor. Que el lector saboree la sensación de estar en el lugar que retrato».

¿Qué conflicto existe en los Territorios del Noroeste, si no hay apenas habitantes que se puedan enfrentar? Un tributo a la tierra se remonta a la fiebre por la piel del castor, que llevó a los primeros mercaderes europeos a la región y los puso en contacto con los pueblos Dene, sus pobladores originarios. Desde entonces, el comercio fue envileciendo el modo de vida de los dene hasta que, entre 1899 y 1920, Canadá reclamó su soberanía sobre su tierra a cambio de unas pocas chucherías.

¿Eran estúpidos los dene para aceptar esa injerencia? No. «Lo que pasa es que ellos no creen que la tierra les pertenezca. Creen que son ellos los que pertenecen a la tierra. Es una forma de humildad muy interesante en relación con la naturaleza». Por eso, no se sentían autorizados para negociar con los canadienses blancos.

Cuando el Estado se instaló en la provincia empezó el verdadero drama. Quizá con una buena voluntad siniestra, Canadá quiso hacer de los dene canadienses. Los educó en inglés, los arrancó de sus familias, de su relación con la tierra y de su cultura y los llevó a internados en los que los alumnos fracasaron como estudiantes y acabaron con la autoestima destruida.

Las páginas más conmovedoras de Un tributo a la tierra hablan de los efectos íntimos de aquella aculturación: «Por ejemplo, el alcoholismo que se da entre las comunidades dene está obviamente conectado con la ruptura del idioma. Hay una pérdida tan dolorosa que las personas que la sufren tratan de automedicarse con lo que encuentran a mano».

Hasta este punto, Un tributo a la tierra es, en resumen, una historia sobre las consecuencias del colonialismo en nuestro tiempo. «Pensamos que el colonialismo fue una cosa que ocurrió en el siglo XIX y que se acabó con la independencia de los países del tercer mundo. Pero no es así: aún respira, sus consecuencias se reproducen generación tras generación y se reproduce a través de las grandes corporaciones» cuenta Sacco. El giro que cambia su libro es aún más contemporáneo: el fracking, el petróleo,el gas y la explotación de tierras que se creían inhabitables terminaron por destruir a las comunidades dene. Los ríos se vaciaron de peces, los adultos actuales, que se criaron con clanes nómadas, se convirtieron en trabajadores alienados de empresas petrolíferas y el cambio climático se convirtió en una realidad obvia.

«En los años 70 hubo un momento de esperanza. La Comisión Berger paró la instalación de un conducto de gas, reconoció que los pueblos dene no habían dado su acuerdo a la explotación de su territorio y se analizaron sus reivindicaciones», explica Sacco. «Pero, entonces, empezaron las maquinaciones y lo que había sido un frente unido de todas las comunidades se empezó a resquebrajar. Cada nación empezó a negociar en busca del mejor acuerdo posible en su beneficio y eso las llevó a la derrota. No es diferente a lo que pasó con muchos movimientos de liberación de esa época».

Sacco sostiene que Canadá ha hecho un análisis honesto del drama de los dene y que ha abordado su culpa con más valor que el demostrado por los Estados Unidos. Sin embargo, eso no significa que el daño esté resuelto. «Hubo una comisión que llamó a declarar a muchas de las personas que fueron a los internados. Se les reconoció el daño sufrido y se les indemnizó con dinero. Pero muchas de esas personas, a esas alturas, eran alcohólicas y utilizaron el dinero para autodestruirse».

Ahora, asegura Sacco, una nueva generación de dene «quiere reconectar con la cultura que hizo fuerte a su gente. Quieren recueprar su idioma, su relación con la tierra, aprenden a cazar y tienen una visión crítica de la cultura occidental que les fue impuesta. Pretenden llegar a un equilibrio entre su identidad y el progreso. No sé si es un objetivo realista pero es a ellos a quienes les corresponde decidir cómo resistir».


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