John David Washington: "Gracias al cine han dejado de preguntarme por mi padre

El hijo de Denzel, jugador de fútbol profesional antes que actor, es ya la estrella de la pandemia. ‘Tenet’ reabrió las salas y ‘Malcolm &…

en lo que dura el celo de un pangolín, un confinamiento y tres olas sucesivas de pandemia, John David Washington (Los Ángeles, 1984) ha pasado de ser el hijo de Denzel a que Denzel sea su padre. El matiz importa tanto que él mismo lo explica. «Es curioso. Durante toda mi vida deportiva como jugador profesional de fútbol, todos los periodistas se referían a mí como el hijo del actor. Parecía que cada pase, cada touchdown, cada tanto… lo había conseguido él. De hecho, si había una razón por

la que no quería actuar era porque no me sentía capaz de arrastrar esa losa de por vida. Si eso ocurría en el deporte qué no pasaría en el cine… Al final me lancé y, qué casualidad, ha sido gracias al cine que me han dejado de recordar a mi padre en cada entrevista, en cada crítica, en cada comentario…».

Quizá debería haber empezado sacando otro tema…
Bueno, pero ahora las preguntas son por mi trabajo, ¿verdad?
Y así es. O casi. Lo cierto es que se lo ha ganado o, por lo menos, así lo siente él y, ya puestos, el mundo en toda su extensión. Primero, en el orden natural del justo y freudiano asesinato paterno, estuvo el Festival de Cannes. Allí, de la mano de Spike Lee, su personaje de policía negro infiltrado en el Ku Klux Klan le valió cuanto menos el título de digno heredero. Luego le tocó el turno a

Tenet

, de Christopher Nolan, y con el único

blockbuster

(o casi) que desafió a la pandemia en los cines llegó el escándalo. «Hay una cosa importante», dice a modo de precisión y para evitar quizá alguna pregunta incómoda. Y sigue: «Nolan confió en mí y

me dio el papel de un espía, no de un espía negro

o de un afroamericano que además es espía. Era espía y ya». Cabría añadir que además camina al revés, pero eso es otro asunto. La puntualización tiene que ver con buena parte del argumento de la que ha sido su siguiente parada hacia la confirmación y, ya sí, muerte del padre.

Malcolm & Marie

, dirigida por Sam Levison y que acaba de estrenar Netflix, es la historia de un director de cine egocéntrico y machista hasta la exasperación que en un momento dado monta en cólera porque, pese a todos su esfuerzos y su evidente talento, una crítica imaginada sólo ve en él a un director negro empeñado en hablar de su condición de negro. «Ése es uno de los momentos de la película que, a su modo, también habla de mí. Y ésa es una experiencia compartida por muchos actores, periodistas, cocineros o mecánicos…

No queremos ser definidos por la etiqueta de afroamericanos únicamente.

Confío en desarrollar una carrera en la que pueda ser espía, director narcisista o incluso dibujo animado… Y ya». Queda claro. Para situarnos,

Malcolm & Marie

es una película confinada, rodada en el confinamiento, pero que nada tiene que ver con él. Es decir, no se habla de él. O sí, pero de otra manera más, digamos, existencial. Se cuenta la historia de una pareja (él y

Zendaya

) que llegan a casa tras el estreno de la película dirigida por el personaje de Washington. En el largo capítulo de agradecimientos ante una supuesta audiencia entregada, un olvido: precisamente el de la mujer a la que se lo debe todo. Y ahora, la gran bronca. Entre

Opening night

, de Cassavetes, y

Secretos de un matrimonio

, de Bergman, la cinta dedica todos sus recursos a gritar básicamente.

En un momento dado, en la catarata de recriminaciones, su personaje dice que uno siempre se avergüenza de sus orígenes. ¿Es su caso?
En parte, sí. Hay muchas cosas de mis comienzos que quisiera olvidar. Y por eso no voy a recordarlos aquí. Pero imagino que madurar y crecer consiste en perdonarte, en comprenderte y en asimilar todo eso como parte del camino. Ahora estoy orgulloso de lo que hace diez años me avergonzaba.
Lo que está claro es que no puedes tener lástima de ti mismo.
Dice John David Washington que todo el mundo le llama John. «Según mi padre me llamo así, con dos nombres, por un jugador de fútbol y según mi madre por mi bisabuelo y mi tío. Ninguno de los dos sabe quién es el que tiene razón», precisa casi maquinalmente por puro hábito. También dice que se siente ligero. Y se explica:

«Es como si por primera vez me hubiera quitado de encima muchas de los miedos que arrastraba.

Cuando me ofrecieron el guión de la película vi que los monólogos de mi personaje se extendían a lo largo de diez páginas. Jamás me había enfrentado a algo así. Luego comprendí que era eso exactamente lo que necesitaba». Y acto seguido se detiene en la descripción meticulosa de un set de rodaje que, dice, le recordaba, otra vez, al vestuario e un equipo de fútbol antes de una final.

Es consciente de que de alguna manera es el protagonista de dos películas antitéticas cada una en una punta del debate sobre el futuro del cine: una, Tenet, exige una sala de cine; la otra, puro Netflix… ¿Con qué se queda?
¿Hay acaso que decidirse por algo? Lo que creo que ha quedado claro durante la pandemia es que el mismo impulso que reunió a los primeros humanos
alrededor de un fuego para contarse historias
permanece inalterado después de tanto tiempo. Lo que cuenta es la necesidad de compartir relatos. El modo en que se haga da lo mismo y para nada es incompatible el streaming con las salas de cine. Cada película necesita su espacio y, sin duda, acaban por complementarse uno con otro.
Para el final, y consciente quizá de haber insistido demasiado en su voluntad de alejarse de su padre, John David declara solemne todo lo que le debe. «Sigue siendo mi héroe. Lo ha sido siempre. Incluso cuando batí un récord como jugador y al día siguiente el titular era El hijo de Denzel Washington…», dice, se toma un segundo: «No descarto que su próxima película se anuncie como

la del padre de John David…»

. Y rompe a reír.

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