Johnny Depp: "No estoy a la altura de los artistas a los que admiro"

El actor, que produce el más que brillante exorcismo ‘Crock of Gold’, dirigida por Julian Temple y que gira alrededor de la vida exagerada del…

Martín Romaña, el héroe de vida exagerada que describiera con infinito sarcasmo y algo de amargura Bryce Echenique, estaba convencido de que uno de los principales problemas de sus dogmáticos y autocomplacientes compañeros de generación era su incapacidad «para vomitar un poco el alma».’Crock of Gold: A Few Rounds with Shane MacGowan’, dirigida por Julien Temple y producida por Johnny Depp en persona y con todos sus anillos, no tiene semejante problema. Del primer al último fotograma este despampanante, sincero, brutal, triste y muy divertido documental es básicamente un alma vomitada sobre la pantalla. No hay escapatoria para tan tierna como arisca sinceridad. Se disfruta con exactamente las mismas ganas y en idéntica postura que se sufre.

Cuenta Depp, que el domingo se convirtió en la estrella indiscutible del Festival de San Sebastián, que la primera vez que se encontró con Shane todo el mundo a su alrededor se mostraba convencido de su muerte inminente. Y hasta ahora. Shane vive. Postrado en una silla de rueda, doblado sobre un lateral y con serias dificultades para articular palabra o seguir una conversación rutinaria, pero «tozudo». También cuenta que para ganarse su confianza y amistad había que confiar ciegamente en él. En una ocasión, en Dublín, Shane le arrojó al actor sobre la mano lo que parecían tres pastillas inofensivas. «Lo siguiente que supe», recuerda, «es que me encontraba en un pueblo del sur de Francia tres días después sin tener la más mínima de idea de cómo había llegado hasta allí. Vi una fuente por la ventana y me dije: ‘Esto no es Irlanda'». Y no lo era. Es Shane

Shane Macgowan, líder de The Pogues.
Shane Macgowan, líder de The Pogues.

Para situarnos, el protagonista de esta historia y de la película firmada por el también director de la mítica ‘The Great Rock ‘n’ Roll Swindle’ (1980) es lo más parecido al último gran héroe irlandés sin dientes, con las orejas desafiantemente despegadas del cráneo y la voz más que ronca sangrante. La combinación «de la melancolía de la música de su tierra con la rabia del punk», en palabras de Depp, hicieron del líder de The Pogues (grupo del que fue expulsado) una referencia obligada de cualquier aquelarre celebratorio al borde de cualquier precipicio. Era fiesta, como dice uno de sus temas más surrealista, y suicidio. Y en medio, un personaje trágico que renovó la poesía inglesa en calidad de heredero irlandés de irlandeses como Brenan Behan, Flann O’Brien o el mismísimo James Joyce a la vez que inundó su cuerpo de todo el alcohol del mundo. No en balde, empezó a beber con seis años como rememora la cinta. Hasta vomitar el mismo alma.

«Imagino», reflexiona Depp con una copa de su adorado chacolí en las manos («Me obsesiona», comenta), «que para él beber es una forma de automedicación. Es una persona tremendamente tímida, siempre lo fue, que un buen día se convirtió en el irlandés más famoso del mundo. No entendía nada y la forma de contrarrestar tanta exposición fue beber hasta la extenuación». Julian Temple añade un dato: «Tampoco hay que olvidar que no hizo ascos a ningún tipo de droga. Incluida la heroína que le dejó en las últimas. Los ácidos, por ejemplo, para él fueron siempre una forma de exploración. Quizá sin ellos no habría sido tan genial como fue».

El documental navega por su vida como lo haría, y perdón por la obviedad, un borracho en el momento de exaltación de la amistad. Entusiasta y feliz. Alérgico como es a las entrevistas, Shane no atiende a cuestionario alguno, simplemente dialoga con la cámara, con el propio Johnny Depp, con el cantante Bobby Gillespie o con el expresidente del Sinn Féin Gerry Adams. Sí, él. Las infinitas conversaciones se cruzan con imágenes de archivo (todas delirantes), borracheras históricas (todas delirantes) y dibujos animados que llenan los huecos (aún más delirantes). Un delirio que no es más que gozo y, de nuevo, alma vomitada.

«Pienso en Shane y me vienen a la memoria todos los artistas a los que he admirado y de los que he aprendido todo: Marlon Brando, Hunter S. Thompson, Keith Richards… No me considero un artista… No estoy a la altura de los artistas a los que admiro», dice Depp entre irónico y sólo lúcido. Sea como sea, su admiración es cualquier cosa menos vana, produce frutos y el último de ellos es, en efecto, esta maravilla ebria, este vómito irlandés desde lo más profundo del alma.

Shane lo mismo escupe sobre Depp que lo abraza en un gesto de amor sincero. En él todo es imprevisible, fugaz y muy cierto. Y eso vale tanto para su forma de enfrentar el mundo, la música y cada uno de sus versos con olor a barrio, ira, juerga y verdad. También fue un hombre al que le interesó la política, la cultivó y, como en él es regla, la vomitó. Las letras sobre la hambruna irlandesa conviven con la llamada a las armas o con la denuncia de la injusticia con los seis de Birmingham como estandarte. ¿Y Depp? ¿Qué tiene que decir el admirador Depp sobre este asunto? «A mí no me interesa tanto. Pienso en Trump y veo a un gran cómico. De verdad. Un cómico que da miedo… pero cómico». Queda dicho.

Para el final, Shane se promete volver a escribir, volver a cantar, volver a ser Shane. Eso sí, lo hará justo después de dedicar el enésimo «Fuck you» al universo entero. El alma vomitada.


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