José Luis Alexanco: «¿Activista, yo? No sé cómo tomarme esa afirmación»

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Fue José Luis Alexanco (Madrid, 1942) un creador avezado: en 1965, ya se alzaba con el Premio Nacional de Grabado. Y su biografía, hasta la Transición, recala por los grandes acontecimientos artísticos del momento: Bienal de Sao Paulo, Centro de Cálculo, Encuentros de Pamplona… Hasta se pensó en él para una edición especial de la Constitución de 1978. Luego, su historia parece enmudecer, aunque este prolífico creador no dejó nunca de crear, mientras sus procesos –analíticos, integradores– se ensanchaban y se enriquecían en maridajes con otras disciplinas. La exposición Ejercicio temporal, que la Sala Alcalá 31 (Madrid) inaugura en breve, intenta arrojar luz sobre una trayectoria a la que hay que volver.

¿Se conoce lo suficientemente bien a José Luis Alexanco?

No se me conoce. En el mundillo del arte, entre mis compañeros, sí, porque son muchos años, pero si nos referimos a un conocimiento mediático, no.

¿Le preocupa?

¡No! [ríe]. Nunca me preocupó.

Posiblemente una exposición tan completa como la de Alcalá 31 sirva para darle mayor difusión. ¿Qué espera de ella?

Espero que así ocurra. La exposición abarca 56 años de trabajo. Y sí que puedo decir que hace treinta yo era bastante más conocido. También mi generación. Y aunque seríamos por entonces lo que ahora se llama «artistas emergentes», teníamos una buena trayectoria. También hay que decir que había bastantes menos artistas, menos galerías y menos medios. Yo pertenezco a la de Luis Gordillo o Darío Villalba y, salvo honrosas excepciones, poco después se generó un vacío en torno a nosotros para centrarse en lo de los años 80, en los que la Movida fue algo muy pequeño en comparación con todo lo que sucedió.

Una de las obras de Alexanco del periodo del Centro de Cálculo

Sin embargo, buena parte de los acontecimientos culturales y políticos hasta la Transición jalonan su biografía.

Lo que sucede, simplemente, es que pasa el tiempo. Ahora hay también todo un grueso de historiadores, teóricos y comisarios, más jóvenes, que se han formado bien, que han viajado, pero que no conocen mi trabajo, sino algunos episodios, como los Encuentros de Pamplona o el Centro de Cálculo, pero sin ser estas situaciones que vivieran personalmente. Y muchas de estas cuestiones se recuerdan mucho más tarde y probablemente magnificadas. A los Encuentros en 1972 acudió poca gente. Es una pelota que engorda, hasta escucharse que fue un acontecimiento del tipo de la Documenta.

«Cuando estás trabajando en algo nunca vislumbras el final. El arte, para mí, es la extrapolación hacia códigos que no existen todavía»

¡No se puede comparar! Lo que hicimos Luis de Pablo y yo allí tenía un carácter y un volumen distinto. Ahora: sí que es verdad que de los 300 artistas que invitamos, algo deberíamos saber sobre el tema, porque hoy el 80 por ciento son famosos. Pero sucede con todo, también con el Centro de Cálculo. Han pasado 50 años, y es verdad que tuvo su trascendencia, porque suponía el comienzo del arte ligado a la computación en España a la par que en EE.UU. o Japón. Eso no era, ni lo es ahora, lo habitual.

Se dice que fue uno de los artistas que más jugo le sacó al centro de Cálculo…

Se dice eso porque yo aprendí a programar: con ayuda de analistas del Centro, me hice mi propio programa. Eso me dio más independencia. Pero no creo ser el que más partido le sacó al lugar. Lo más importante allí fue el intercambio de ideas entre los participantes. A mí todo aquello me sirvió hasta ahora como una manera de pensar soluciones para el arte.

El comisario de la cita le define como «artista-activista-archivista». ¿Alguna actividad ha pesado más que otra?

Esa es una definición personal de Alfonso de la Torre, sí, que a mí me sorprendió. ¿Activista? No sé cómo tomarme eso. Y no creo que ninguna actividad haya pesado más. Además fueron casi simultáneas: el Centro de Cálculo, los Encuentros, la obra que también hice con Luis de Pablo Soledad interrumpida… Son años de poca obra «de pared», más de estos enredos en los que me metía.

¿Cómo prefiere definirse?

A mí cada vez que me han preguntado he contestado que soy pintor. Un pintor que hace muchas otras cosas. Sobre todo, porque me da vergüenza decir que soy artista. Pero es a lo que me he dedicado en los últimos 30 años.

Documentación de «soledad interrumpida», junto a Luis de Pablo

¿Y hay muchas diferencias entre ese pintor de los comienzos y el actual?

Las hay, pero todo lo que arrastras se deriva siempre de lo que hiciste al principio. Eso es algo que espero que se refleje bien en esta exposición, que ha acabado siendo una especie de columna vertebral del trabajo de 50 años, aunque no sea esta toda la obra que he hecho.

Entonces ya se hablaba de estar haciendo «arte del futuro». ¿El arte del presente es como lo imaginaban?

No. Pero es que cuando estás trabajando en algo nunca vislumbras el final. El arte, para mí, es la extrapolación hacia códigos que no existen todavía. Tú, entonces, podías vaticinar que el arte conceptual iba a tener mucho recorrido, pero no hasta dónde llegaría.

Una de sus obras capitales es la mencionada «Soledad interrumpida», que resume el carácter híbrido y mutante de lo suyo. ¿Cómo la contempla hoy?

No ha madurado. Si existiera, porque no existe ya, sería igual de válida y sorprendente que cuando la estrenamos en 1971 en Argentina. Piensa que era una obra completamente cambiante dependiendo del lugar en el que se representaba. Lo único que mantenía eran sus esculturas que se inflaban, pero ni el número era fijo, y la música se basaba en dos cintas pregrabadas que se podían combinar de mil maneras. Si se pudiera representar de nuevo sorprendería. O pasaría desapercibida, porque hoy se hacen muchas cosas que se hacen llamar «instalaciones». En aquella época, nosotros, ante la falta de definición, las llamábamos «espectáculos». Pero eso era mucho más que un happening…

Reparo en sus «Décimos»: Conjuntos que van englobando los subconjuntos anteriores. Es como si intentara crear un gran «Atlas Alexanco».

De alguna manera, sí. La primera versión se basó en un esquema, quizás por influencia del tiempo trabajado en el Centro de Cálculo y de mi mentalidad, por haber realizado un bachiller de ciencias, que me llevaba a fijarme en las estructuras numéricas, en la superposición de formas, cierta influencia musical por De Pablo… Por eso esos Décimos cuentan con una estructura musical en la que se intercalan silencios. Eso lo hice en 1980.

«Muchas cuestiones como los Encuentros de Pamplona o el Centro de Cálculo se recuerdan mucho más tarde y probablemente magnificadas»

La idea era hacer más tarde, finalmente fue en 1998, unos segundos «décimos», los Veinte décimos, partiendo de la misma estructura pero con un bagaje que no es el de 18 años antes. Este 2020 terminé los Treinta décimos para la exposición… Al ser así una pieza tan grande sí que se constituye como una especie de atlas de mis «materiales», físicos y conceptuales, de trabajo: formas, pinceladas, recursos…

Fue incluso precursor de técnicas, como el grabado. ¿Qué papel juegan hoy estas para usted?

El dominio de la técnica, en cualquier disciplina, es lo que permite que los resultados se aproximen más a lo imaginado.

La muestra incluye sus «grandes hitos», pero si yo le pregunto por aquel que lo es realmente para usted y que pasaría más desapercibido a los historiadores, ¿cuál sería?

En algunas de las pellas del instituto, lo único que tenía cerca para entretenerme era la Biblioteca Americana. Y como no sabía inglés, miraba estampas. Así me encontré con las de un artista que me sigue gustando mucho que es Robert Motherwell. Y con sus títulos…

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