Joyce Carol Oates: «No sería realista separar la violencia de la vida»

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Tampoco hace falta ser el Maigret de Simenon ni dejarse atravesar por el espíritu de Holmes, Sherlock Holmes, para convenir que, con la epidemia de nuevo desbocada y el coronavirus convertido en un silencioso pero letal asesino en serie, arrancarse con un festival de novela negra en pleno auge de la tercera ola quizá no sea la mejor de las ideas. O tal vez sí. Es más: si como el periodista Antonio Lozano escribe en «Lo leo muy negro», la novela negra «permite corregir la vulgaridad, los automatismos y la dinámica funcionarial del crimen en la vida real», nada mejor que darse un buen atracón de thriller, policial y ficción negrocriminal en sus más variadas acepciones para amortiguar los excesos del hiperrealismo que nos rodea. Así que bienvenida sea esta nueva edición de BCNegra, cita anual que vivió ayer su primer gran acontecimiento con la entrega del premio Carvalho a la deliciosamente perversa Joyce Carol Oates (1938).

La escritora neoyorquina, eterna candidata a un Nobel eternamente esquivo y dama oscura de la letras estadounidenses, subsección violencias a flor de piel, no pudo viajar a Barcelona por motivos obvios, pero se asomó al Saló de Cent del Ayuntamiento de la capital catalana desde su casa de Princeton (Nueva Jersey) para escuchar cómo el comisario de BCNegra, Carlos Zanón, le agradecía toda una vida y una carrera escribiendo «desde el dolor y el espanto y también desde la esperanza y la luz». «Hay un idealismo paradójico en la novela negra que oscurece e ilumina al mismo tiempo», replicó a su vez Oates, francamente contenta por verse en un palmarés en el que destacan nombres como Dennis Lehane, Donna Leon, Andrea Camilleri, Maj Sjöwall, Ian Rankin, Michael Connelly, P. D. James y Henning Mankell. «Me ha impresionado ver a todos estos autores tan distinguidos. He conocido a algunos, los he leído a casi todos. ¡Y además hay muchas mujeres!», celebró tras visionar un resumen de las anteriores ceremonias del premio.

Joyce Carol Oates, en una imagen promocional de 2017 – ABC

Varado en la aduana

Eso sí: para poder blandir la estatuilla que acompaña al galardón Oates aún deberá seguir esperando unos días, ya que como desveló Zanón, el premio está retenido en algún almacén aduanero de Nueva Jersey. «Los contratiempos que sufrió Sam Spade en “El halcón Maltés” no son nada comparados con los que ha tenido que sufrir el festival. Ya nos hubiese gustado verle enfrentarse al jefe de aduaneros», bromeó para tratar de resumir el calamitoso trayecto de un trofeo que, entre muchas otras cosas, busca reconocer cómo la «prosa clara y efectiva» de Joyce Carol Oates «nos muestra la violencia como un impacto, una trasgresión, una explosión de la propia existencia, una evidencia vital que, muchas veces, no tiene nada que ver con lo justo o lo importante sino con el azar y el deseo, la frustración y la imposibilidad de comunicación entre nosotros».

Palabras mayores para una autora que concibe la violencia (o, mejor dicho, las violencias) no como un aderezo, no digamos ya como un simple recurso, sino como la razón de ser de buena parte de su escritura. «Toda la literatura se basa en la vida real. El arte es un espejo que enfrentas al mundo. Eso es lo que motiva mi escritura. Y separar un elemento como la violencia de todo el tejido de la vía no sería realista», destacó ayer la autora de «La hija del sepulturero» y «Qué fue de los Mulvaney».

Gótica americana por excelencia, Carol Oates ha hecho todo lo posible por desbordar géneros, derribar diques de contención y buscar la cara oculta del sueño americano lo mismo en las pandillas callejeras de «Foxfire» que en la intriga canónica de «Rey de Picas» o en «Blonde», su aproximación novelada al mito de Marilyn Monroe.

Crimen y conflicto

El crimen, en cualquier caso, siempre es un elemento nuclear; la chispa que hace que todo arda. «La literatura seria siempre se basa en el crimen, porque el arte tiene que ver con el conflicto», reconoció. Siguiendo sus pasos y sus palabras, autores como Hideo Yokoyama, David Peace, Claudia Piñeiro, Sandrine Destombes, Juan Gómez Jurado y Domingo Villar, entre muchos otros, tienen toda una semana para demostrar, aunque sea en formato virtual, que los lectores de novela negra también se pueden colar en las fiestas de los grandes escritores.

Daniel Vázquez Sallés, hijo de Vázquez Montalbán, durante la lectura del veredicto – Edu Bayer

«Usted, sus libros, nos permiten mirar desde la víctima y desde el agresor. Nos enseña cómo un asesinato afecta no solo a dos personas sino a toda una comunidad», añadió Zanón durante una glosa que orilló, quizá por pudor, todo el dolor y la oscuridad que alimentaron «Memorias de una viudad», escrito por Oates tras la muerte de su primer marido en 2008. «El dolor y la pérdida son una enfermedad física -recordó ayer la autora estadounidense durante una charla posterior a la entrega del premio-. Leer poesía en esos tiempos fue el mejor consuelo. La poesía es algo que te eleva».

La novela, en cambio, es para Oates como un «río enorme». Inmenso. «Has de tener muchas ideas. Y mucho que decir. Ayuda tener un marco real en el que incluir a un personaje ficticio. Un detective, por ejemplo, es un buen explorador», relató. Y a falta de detective, nada mejor que dejarse guiar por la propia Oates a través de las bajas pasiones y las grietas de la sociedad. «Es muy importante que aquellos que tenemos una voz se la demos a quienes no la tienen», zanjó.

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