Juan Pujol, el espía que mentía por virtud

El más rocambolesco de los espías españoles era un catalán que consiguió engañar por igual a británicos y alemanes durante la II Guerra Mundial.

Ser espía en España cuesta más que en otros países donde la indiscreción no ha sido elevada a deporte nacional. Pero se han dado casos, las cosas como son. Lo que ningún español había conseguido nunca es espiar para dos potencias enemigas al mismo tiempo, enfrentadas en la guerra más mortífera de la historia, y resultar condecorado por ambas. ¿Fue Juan Pujol el hombre que salvó el mundo, como reza el título de un documental en su honor? Como mínimo fue el espía que salvó el éxito del desembarco de Normandía, que es casi lo mismo. Entre los historiadores del espionaje moderno existe acuerdo en destacar a Pujol como el agente más decisivo de la II Guerra Mundial, lo que equivale a proyectarlo al olimpo de los servicios secretos, que debe de ser algo como un bar lleno de humo con puertas giratorias, camareros políglotas, sillones con micrófonos y paredes huecas.

Claro que para ser un gran espía no se precisa tanto la discreción como la fantasía. Un agente doble se encuentra en constante peligro de desenmascaramiento, así que debe desplegar una creatividad fastuosa para proteger su tapadera y volver verosímiles las coartadas que explican el fracaso de una operación de tu cliente, que es el enemigo de tu verdadero cliente. Hace falta tener cabeza de novelista ruso para no incurrir en incoherencias fatales. Y Juan Pujol la tenía. Y sumaba a esa capacidad un encanto personal desarmante, una astucia diabólica, un coraje de cruzado medieval y unos nervios más templados que el café que olvidamos un par de días en el microondas. Actuaba tan bien que los ingleses lo rebautizaron con el apellido de la mejor actriz del momento: Garbo.

Había nacido en Barcelona bajo el bélico signo del año 1914. Pero su padre, un próspero industrial, profesaba un humanismo sereno y consecuente: una aversión invencible a la violencia. Había fundado una familia de clase acomodada sobre la base de la fe en el progreso y un liberalismo incompatible con los odios totalitarios que fermentaban por todas partes. La experiencia del pistolerismo anarquista y del caos revolucionario que se apoderó de Barcelona en los primeros compases de la guerra civil llevaron al padre a militar en el bando franquista. Pero el militarismo chusco y despiadado de los vencedores pronto repugnó al hijo tanto como lo habían hecho el comunismo y otras variantes de la extrema izquierda. Culpaba a alemanes y rusos, a alemanes y comunistas por igual de haber destrozado su país. Le quedaba solo una opción en una Europa polarizada entre fascistas y estalinistas: la democracia británica.

Se encaminó el joven idealista a la embajada del Reino Unido en Madrid y ofreció sus servicios a Su Majestad como si verdaderamente tuviera algo que ofrecer aparte de su entusiasmo. Cuando fue rechazado, Juan comprendió que debía hacer primero algo que rindiera el escepticismo inglés y conseguir el puesto. Y vaya si lo hizo: se fue a la embajada alemana en Madrid y se ganó la confianza de los diplomáticos enseñándoles un visado británico falso y mucha labia latina. Y se entregó a su vocación de embustero profesional. Estableció una red falsa de agentes a sus órdenes que supuestamente fabricaba informes y transmitía mensajes radiofónicos en clave, cosas que impresionaron a los sabuesos del III Reich. Con la satisfacción nazi como inmejorable carta de presentación, Pujol volvió a presentarse ante el MI5, que esta vez aceptó su candidatura. Lo que él no sabía entonces es que le habían estado vigilando, y habían constatado sus maneras prometedoras tanto como la doblez de su lealtad a la Alemania nazi, nada más que un rodeo curricular para ganarse el respeto de los demócratas ingleses. Se fiaron de él, y acertaron.

Pujol fue destinado a Lisboa, aunque fingía estar en Gran Bretaña a ojos de los alemanes. Inventaba movimientos de barcos, construía datos pormenorizados de tráfico mercante y manipulaba historias sacadas de libros y revistas de la biblioteca de Lisboa. Elaboró una cuenta de gastos ficticia a partir de una guía de ferrocarriles, y luego pasaba esos gastos a sus jefes nazis exigiendo el pago de su arriesgado patrullaje por las islas, siendo así que no se movía de la capital portuguesa. En Berlín estaban encantados con él.

Se movió de verdad en la primavera de 1942, cuando cruzó el Canal. Para entonces los británicos confiaban plenamente en él, le enseñaron inglés y le abrieron las puertas del Comité XX, programa diseñado específicamente por el MI5 para reclutar agentes alemanes capturados y devolverlos como caballos de Troya al Abwehr, el servicio secreto alemán dirigido por el taimado almirante Canaris. El contraespionaje y la desinformación selectiva a cargo de estos agentes convertidos reportó una ventaja incalculable al bando aliado. El argumento que usaba Garbo era de naturaleza especular: se presentaban al mando nazi como quintacolumnista de los británicos, en cuyas estructuras había logrado infiltrar toda una red de informadores emboscados, algunos situados en puntos estratégicos. Por supuesto, trabajaba solo, pero se inventó una veintena de perfiles distintos cuyas evoluciones iba encajando cuidadosamente para no delatar ninguna incongruencia. Fabuló que contaba en Gran Bretaña con una docena de agentes bajo sus órdenes y otros tantos contactos en las altas esferas que simpatizaban con la causa germana. Construyó con esmero la personalidad de un piloto alcohólico de la RAF, o la de un lingüista del MI5 que sentía una repulsión visceral por los rusos. Tramó una farsa monumental pero delicada, tejida con meticulosidad de guionista policiaco y numerosos raptos de ingenio. Como cuando excusó la desinformación sobre un movimiento naval en Liverpool por la repentina enfermedad de su agente en la zona. Para que los alemanes terminaran de tragárselo, tuvo que matar figuradamente a su hombre encargando incluso una esquela a un diario local. Solo cuando sus jefes de Berlín la leyeron se quedaron tranquilos, y aún más: resolvieron pagar una pensión a la viuda. Que tampoco existía, claro. Ese era el garbo de Garbo. Ante el Abwehr, por cierto, atendía por Rufus, y también por Alaric.

Les colaba trolas de escándalo. Uno sospecha cierto vicio en la factura de algunas de sus historias más aparatosas: seguramente probaba sus elásticos límites de mentiroso de época, a ver hasta dónde podía llegar sin que le pillaran. Era una novelista sin otra obra que su propia vida, pero tan talentoso como Greene o Le Carré. Creó a Wren, una dócil Mata Hari la que había sido enviado a Celián para transmitir desde allí informes al cuartel general del Reich. Informes que los nazis debían luego trasladar a sus aliados japoneses en Tokio. Todo así.

Como a buen novelista, a Juan Pujol le preocupaba especialmente la verosimilitud. Por eso convenció a sus genuinos jefes ingleses de que le permitieran diseminar algunas verdades irrelevantes en sus informes para persuadir mejor a los alemanes de la veracidad del conjunto. Así, por ejemplo, informó de un desembarco angloamericano en África que se produjo realmente, pero antes de hacerlo esperó el tiempo justo para dejar a Rommel sin margen de reacción. Luego justificó la demora por las dificultades que encontraba su correo, un supuesto piloto renegado que pasaba sus mensajes desde Londres hasta Berlín pasando por Lisboa. Los nazis, comprensivos, le recomendaron que en adelante usase equipos de radio. Otras veces ponía un matasellos de ayer y enviaba la carta la misma víspera del movimiento de tropas del que informaba en su interior, de modo que el retraso se pudiera atribuir al servicio de correos.

Los alemanes estaban encantados con aquel español que se dejaba la piel por ayudar a la victoria del Reich. Le confiaron los nombres de los verdaderos espías nazis infiltrados en Reino Unido, listado que Garbo participó inmediatamente a sus superiores de Londres, en donde ya hablaban de él como candidato a la Orden del Imperio. Entretanto los nazis le pagaban cantidades fabulosas -cientos de miles de dólares de entonces- para sostener su red imaginaria, y lo ascendían de categoría. Por la parte aria nuestro gran pícaro iba derecho a la Cruz de Hierro. Pero como suele suceder cuando las cosas marchan bien en el trabajo, en casa empiezan a empeorar. A la joven esposa de Juan y madre de sus dos hijos, doña Araceli González, el clima de Londres le gustaba tan poco como a cualquier meridional. Odiaba la comida británica, que si ya es mala en tiempos de paz, calculemos a qué sabría bajo el bombardeo de los cazas nazis. «Demasiado macarrones, demasiadas patatas y poco pescado», se quejaba a su santo, quien recoge el testimonio de una inquietud creciente ante el peligro de que Araceli le reviente la tapadera. Araceli no hablaba inglés, carecía de vida social, comenzaba a acusar síntomas de inestabilidad mental y se sentía aislada. Para colmo, ella y sus dos hijos vivían encerrados en el piso franco, porque Pujol no quería correr riesgos. La morriña de España a Araceli se le hacía insoportable, hasta que un día anunció que pensaba acudir a la embajada española y contarlo todo, a qué se dedicaba Juan y para quién trabajaba. Para a continuación liar el petate y volverse a España sin su marido. Juan participó el problema a sus superiores, que entendieron que aquella greña doméstica podía escalar rápidamente hasta la categoría de conflicto internacional, y tomaron medidas. De primeras echaron mano del manido recurso de las compras: mandaron a un agente a una boutique de Lisboa para enterrar la ansiedad de la señora Garbo bajo medias de seda. Pero no funcionó. Entonces a míster Garbo urdió otra de sus farsas geniales: se hizo pasar por detenido en un campamento de guerra y complicó al MI5 en la operación. Varios agentes recogieron a la afligida esposa -al parecer incluso intentó suicidarse al conocer la noticia del encarcelamiento- y la llevaron hasta el centro de detención, donde le mostraron al recluso. Le explicaron que no podían a arriesgarse a que un activo tan valioso fuera descubierto por las indiscreciones de ella. Y que no saldría libre si ella no firmaba un papel comprometiéndose a mantener la boca cerrada. Lo firmó, naturalmente. El agente Harris, superior de Garbo en el MI5, alabó más tarde el ingenio del español, cuya había salvado una situación crítica.

El agente doble quedó en disposición de acometer su obra magna, la novena sinfonía del espionaje: la operación Fortitude. La que convenció a Adolf Hitler, a través del superior de Garbo en la Abwehr, el señor Karl Kuehlanthal, de que el desembarco aliado no se produciría en Normandía sino doscientas cincuenta kilómetros más al norte, en el paso de Calais, que por lo demás era el lugar lógico. Para afianzar el embuste, la inteligencia aliada fabricó tanques hinchables de caucho, puertos de cartón-piedra y barcazas de pega y diseminó aquel atrezo en puntos estratégicos de la costa sur de Inglaterra que a vista de avión espía alemán transmitían una impresión de lo más realista, reforzando la credibilidad de la pista de Garbo. Hitler pensó exactamente lo que Pujol quería que pensara: que lo de Normandía en realidad era una maniobra de distracción antes de volcar el grueso de la ofensiva sobre Calais al mando del general Patton, y por eso mantuvo el grueso de sus divisiones en el norte. Para cuando se dio cuenta del engaño, Pujol ya tenía en la vitrina la Cruz de Hierro y los aliados habían penetrado demasiado en tierra francesa. Los restos de algún tanque hinchable deben de seguir por ahí. Garbo fue nombrado caballero del Imperio Británico el mismo año de 1944 en que Alaric recibió la mayor condecoración del ejército alemán.

Cuando concluyó la guerra, el jefe Harris quiso infiltrar a su mejor hombre en la URSS de Stalin, pues sabía que se avecinaba la época dorada del espionaje: la Guerra Fría. Pero tampoco convenía rizar el rizo de la temeridad. Lo urgente, por lo demás, era evitar represalias de los supervivientes nazis, para lo cual Juan Pujol fingió su muerte por malaria en Angola en 1949. Nadie a partir de ese momento pudo confirmar oficialmente que seguía vivo. Se esfumó sin dejar rastro como en las películas de género. Todavía hoy algunos conspiranoicos opinan que Garbo jamás existió: que su identidad fue otra argucia propagandística de los aliados. Lo cierto es que se mudó a un pueblo de Venezuela, donde vivió cuarenta años. Montó una librería y una tienda de regalos -ojalá la primera sucursal de La tienda del espía-, e incluso abrió un cine en Choroní. No le fue bien: los negocios a plena luz del día no eran lo suyo.

Pujol se divorció de Araceli y en Venezuela se casó de nuevo. Su nueva esposa, Carmen, le dio otros dos hijos. En las reuniones familiares contaba batallitas y dejaba caer que había sido espía, y uno importante, pero todos lo tomaban a cachondeo. Hasta que en 1984 un escritor británico de novelas de espías llamado Nigel West dio con su historia y se propuso encontrarle, en caso de que siguiera con vida. Finalmente dio con él y la noticia llegó a los periódicos. Juan Pujol fue llamado a Inglaterra, donde se reunió con otros camaradas del servicio y se le dispensó trato de héroe. El duque de Edimburgo, consorte de Isabel II. Se permitió un periplo al fin público por diversos medios de comunicación europeos. Y se reencontró en su Barcelona natal con los hijos de su primer matrimonio, que lo daban por muerto. Como a buen padre espía.

Juan Pujol García, el mejor agente de inteligencia de todos los tiempos a juzgar por el número de vidas que salvó acortando la guerra, murió en Caracas en 1988. Muchos opinan que el número uno del oficio fue Kim Philby, pues su traición sostenida a la democracia británica nunca fue descubierta. Philby, fervoroso totalitario marxista, pasó información secreta a la Unión Soviética durante tres décadas y murió alcoholizado y medio tronado en su piso de Moscú. Pero uno prefiere a Pujol por adhesión al principio humanista, que se niega a separar la aptitud técnica de la valoración moral, algo que a Stalin jamás le rozó. El español fue otro mentiroso compulsivo, un empecinado de la superchería, pero supo canalizar su pulsión hacia el bien, elevando a una cima no hollada el concepto de mentira piadosa, reverso exacto del fin inicuo que persigue la posverdad.

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