Juliette Gréco, la «rosa negra» de la canción francesa

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«Amo con locura y exceso. Lo que ocurre es que no siempre coincide que ame a aquel con quien estoy». La mayor creación de Juliette Gréco fue ella misma. Una deslumbrante autocreación magistral. Su despertar a la canción data de 1949, cuando uno de sus amigos, Marc Doelnitz, decidió reabrir el famoso cabaret parisino Le Boeuf sur le Toit (hoy un restaurante), creado en 1921 y lugar de encuentro de Jean Cocteau. Su amiga inseparable Anne-Marie Cazalis y Marc Doelnitz logran convencerla de que suba a cantar.

Sartre le presenta entonces varios poemas, entre los que elige «Si tu t’imagines», de Raymond Queneau, el inmortal autor de Zazie dan le métro, y «L’Eternel féminin», de Jules Laforgue. Sartre le ofrece de su cosecha «La Rue des Blancs-Manteaux», escrita para Huis Clos, le presenta a su amigo el compositor Joseph Kosma y, cinco días después, Juliette hace su presentación en sociedad ante un público selecto (Sartre, Beauvoir, Cocteau, Camus, Marlon Brando…). Va a añadir canciones, «La Fourmi», de Robert Desnos, y «Les Feuilles Mortes», una de sus preferidas, de Prévert y Kosma.

Casi sin saberlo

Después de un verano en la Costa Azul, la invitan a cantar en La Rose Rouge, un famoso cabaret dirigido por Nico Papatakis. Tal es su éxito que viaja a Brasil durante tres meses, invitada por la Oficina Cultural Francesa. Gréco estaba sin saberlo inventando el moderno underground mediante la imagen de la artista de culto. No es de extrañar que Patti Smith la considere hoy un referente.

En 1951 graba su primer álbum con «Je suis comme je suis», una de sus canciones favoritas firmada por Prévert sobre música de Kosma. Su carrera se dispara. En 1952, debuta en Nueva York en la gala de la revista April in Paris, en el Waldorf Astoria, seguido de una larga gira por Francia. En 1954, deslumbra en el Olympia. Y ese mismo año es galardonada con el Grand Prix Sacem, prestigioso premio aún activo en Francia, por «Je hais les dimanches», una canción de Charles Aznavour.

En 1958 da el salto a la Philips, con quien tendrá años de fructífera relación que llenan los estantes de las tiendas durante los primeros sesenta. Hubo un sonado intento de suicidio en 1959 que quedó en susto. Acompañada de su perro y gafas negras, dio una rueda de prensa donde explicó: «Estoy feliz de estar viva. Bien está lo que bien acaba. Me excedí con las pastillas». Renueva entonces su repertorio.

A las composiciones de Françoise Sagan («Le Jour», «Sans vous aimer»), de Francis Blanche y de Charles Trenet, se unen ahora clásicos de la Gréco como «Il n’y a plus d’après», de Guy Béart, «Accordéon» y «La Javanaise», de Serge Gainsbourg, o «Le Pont du Nord» y «Tendres promesses», de Pierre Mc Orlan. El año 1966 la acoge triunfante con Brassens en el TNP. Y en el revolucionario 1968, pone banda sonora a la contracultura con la irresistible «Déshabillez-moi» (Nyel/Verlor) publicada en La Femme (1967).

A Gréco se la relacionó con Sartre, con Jacques Prévert, con Robert Doisneau y con Henri Cartier-Bresson. Pero fue Miles Davis el gran amor de su vida

Añade fantásticas canciones escritas por Léo Ferré, como «Jolie Môme» o «J’arrive», de Jacques Brel, y por poetas como Aragón, Desnos, Allais, Seghers y Eluard. Al igual que la cubana La Lupe, admirada por Sartre, Juliette entiende que «la vida es puro teatro».

Sus pálidas manos iluminadas por el foco son como tridentes, sus ojos bien separados paralizan como la visión de una pantera. Es un animal musical, una mantis pagana. Quien la ve actuar no podrá olvidar tal experiencia.

Dos álbumes más antes de separarse de Philips: Complainte amoureuse (1969), con una Gréco psicodélica en la portada, obra de Just Jaeckin, y Face a Face (1971). Por el camino, pequeñas joyas, como el microgroove New Style…, donde se incluía una pieza de Boris Vian, «Musique Mécanique», o exquisitos epés como De Pantin à Pékin, con una de las pocas canciones estrictamente pop de su extensa carrera. Ahora Juliette Gréco vuelve al sello Barclay en 1972, donde graba dos deliciosos discos.

La luz se apagaba

Cinco años después del memorable concierto en Berlín con la Orquesta Filarmónica, al que acudieron decenas de miles de fans, su luz parecía apagarse. La desilusión más grande surgirá con un disco de esmerada producción, ya en su nueva casa, RCA, en el que había puesto grandes esperanzas, hasta el punto de firmar dos canciones, entre ellas «Fleur d´Orange». El álbum, de 1975, titulado Gréco, no obtuvo éxito, pese a ser una de sus piezas más exquisitas. Su aura comenzó a evaporarse. Aunque lejos de abandonar, su pasión y su amor excesivo y auténtico hacia el oficio de vivir le llevó a continuar hasta los 93 años. Pero con 48 había alcanzado la categoría de «mito». Única, inimitable, eterna. Todo lo que vino después fue tiempo regalado.

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