La controvertida carta de Juan Conde, el toreador que consideraba «poco honroso» usar apodos

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«El alias viene a ser a modo de título o dignidad concedida por el pueblo, cuya cédula no puede pleitearse y cuya admisión es forzosa», dejó escrito el Doctor Thebussem (Mariano Pardo de Figueroa y de la Serna) en el número 12 de «La Lidia». Y esa costumbre de poner apodos figura en los carteles, pintorescos sobrenombres que hacen alusión a los pueblos natales, a la zoología, a los dulces y a oficios más o menos conocidos. De todo tipo, como en botica. Precisamente, ‘Boticario’ rebautizaron a uno…

Pero como todo en la vida, el uso de los apodos ha tenido partidarios y también algún que otro detractor. Fue el caso de Juan Conde, un torero del siglo XVIII, natural de Vejer de la Frontera, que no veía con buenos ojos utilizar motes, lo que consideraba «poco honroso», según subraya ‘El Cossío’. Así, en su ‘Carta del toreador Juan Conde contra la anónima escrita en sus elogios’, dice: «Los sobrenombres de mis compañeros, ¿por qué V.m. no usa de más prudencia y los deja en silencio? ¿No será mejor que se olviden a las gentes, y que vengan a tratarnos con más estimación, nombrándonos por los propios nombres que hemos heredado de nuestros padres?»

Intrépido

Como se explica en el ‘Diccionario de Toreros’ de Espasa, «pocas noticias» hay de Conde, más allá de su nombre en distintos carteles. «Por lo reiteradamente que trabajaba puede deducirse, sin violencia, que interesaba su trabajo al público». Según se explica, toreó en Sevilla en 1780 y en Madrid nueve años más tarde. También hay evidencias de su actuación en Málaga en 1796: «Torea en unión de José Romero, y en el ‘Semanario’ de dicha ciudad que anuncia que las fiestas eran en honor de Godoy, se le llama «intrépido y distinguido por su habilidad y conocimiento»».

Amigo de José Delgado Guerra ‘Pepe-Hillo’, compartió cartel con él la fatídica tarde de mayo de 1801 en la que ‘Barbudo’ acabó con su vida. Precisamente aquella cornada mortal fue inmortalizada en la ‘Tauromaquia’ de Goya como su ‘desgraciada muerte en la plaza de Madrid’.

Apodos curiosos

Sobre el asunto de los apodos, Leopoldo Vázquez enumeró en un artículo las distintas procedencias de los motes, de lo más curiosas. Así, «de zoología», aparecen Gallo, Lagartija, Lobo o Conejo; «de poco fuste», Taravilla o Loquillo; «de oficio conocido», Cucharero, Tornero, Barberillo; «de oficios penitenciarios», Llavero o Carcelerito; «célebres en la historia», Colón, Bravo o Padilla; «de noble alcurnia», Conde o Marqués; «exacto en sus tratos», Formalito; «de carrera concluida», Boticario; «de poca edad», Nene, Bebe, Niño…

No faltan el ingenio ni el tono de humor en muchos de los alias, ni los «sabrosos» como Manzapán. También los relacionados con la música, como Guitarra, o de altura, como Pajalarga o El Largo. O los que invitan a la batalla, como El Guerra. Y como resalta el citado Vázquez, curiosamente, «únicamente se encuentran dentro de lo que ejercen: Torero, Torerito».

Y volviendo al principio, citemos de nuevo al ‘Cossío’ y a las palabras del Doctor Thebussem ante apodos que se considerasen de mal gusto: «El desfavorecido con algún apodo malsonante pensará que el tiempo y el uso han de ennoblecerlo, «como ha levantado y ennoblecido los títulos de Cabra o de Gandul, o los linajes de Abarca, Malo, Porcelos, Verdugo, Ladrón y otros…» Tan a gala los tienen los toreros que no solo respetan y exhiben orgullosamente los que el pueblo les confiere, sino que ellos mismos se lanzan a la invención, generalmente con poco acierto y sobra de vanidad».

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