La crisis por el coronavirus infecta a la Academia de Cine

La institución vive el pasado mes de septiembre una agria asamblea en la que un grupo de miembros escenifica su oposición a la actual junta…

Como diría Groucho Marx, hay cosas más importantes en la vida que el dinero, ¡pero cuestan tanto! Una de ellas, probablemente la más cara de todas, sea la aparentemente tan inocente cultura. No hay institución, órgano, museo o sala de conciertos que después de casi siete meses entre pandemias y confinamientos no tenga una visión clara y no necesariamente ascética de la misma muerte. La Academia de Cine, más conocida por su anual fiesta de los Goya, también ha caído víctima del Covid-19. De momento, los síntomas indican que la cosa no es terminal, pero el malestar y la tos seca se hizo patente en la pasada y última asamblea anual celebrada el 12 de septiembre en lugar de en junio por razones obvias.

Todo empezó en agosto. Justo cuando arrancaban las vacaciones, tres de sus 21 trabajadores fueron sorprendidas (las tres mujeres) con la siempre desagradable noticia de un despido fulminante. Nieves Martínez, Marta Tarín y Ana Ros engancharon el ERTE de rigor con la simple calle. A un lado su larga trayectoria en la institución (los productores conocían bien la labor de selección y vigilancia en los Goya de la primera de ellas), sin tener en cuenta que la noticia les llegó a todas justo cuando iniciaba el periodo de asueto; es decir, obviando los modos, la noticia cayó entre buena parte de los casi 1.900 miembros con sorpresa. Del estupor y hasta la indignación se encargó el productor Olmo Figueredo que no dudó en hacer pública su protesta. La Academia corrió a dejar claro tanto el agradecimiento a las despedidas como el motivo: «Ante la caída de los ingresos, no quedaba otra».

Y de ahí hasta la recusación global por parte de un grupo creciente de una gestión que, a su parecer, sólo atiende a criterios económicos. Se acusa a la junta directiva encabezada por el director Mariano Barroso en calidad de presidente y el productor y vicepresidente Rafael Portela (secundados los dos por el gerente José Pastor) de perder de vista que antes que simplemente recaudar fondos para repartir goyas, la misión de una entidad cultural es mucho más cara. Y por ello, les recriminan haber intentado (cosa que no llegó a suceder) cerrar la biblioteca, haber suprimido la edición en papel de la revista que sigue en web y, en general, haber confundido una institución pensada para la memoria y la difusión del cine español con una empresa. Ya saben, lo del valor y el precio.

La Academia se defiende. Y lo hace con la contundencia de las actas. En la Asamblea de la discordia en la que el despido de las trabajadoras y una cuestión más sobre los Goya celebrados en Málaga quedaron arrumbados al apartado de Ruegos y preguntas, de los 292 votantes (151 presenciales y 141 votos delegados) sólo se registraron dos papeletas negativas y ocho abstenciones. Lo que se decidía era la aprobación o no de las cuentas. ¿Dónde está pues la revuelta? Carlos Taillefer, uno de los pocos opositores que da su nombre, se niega a ver contradicción alguna. «Hay que tener en cuenta que la junta directiva acaparaba la friolera de 92 votos delegados. Nunca antes se ha visto algo así. Y por otro lado, se votaban las cuentas. Los temas polémicos se quedaron fuera», dice.

Lo que sigue es una catarata de recriminaciones que devuelven a los tiempos más oscuros de la Academia cuando Antonio Resines acabó por dimitir ante lo que entonces calificó como «una falta de operatividad». Unos exhiben el superávit de los últimos Goya como motivo para evitar medidas tan drásticas como el despido de nadie. Eso o se lamentan de la sustitución sin más y sin consulta de la figura del director general de toda la vida por la del gerente. Los otros denuncian la falta de representación de los amantes de la bronca eterna a la vez que muestran el programa de actividades que no cesa en la Academia («Sólo se ha parado por la pandemia como ha hecho todo el mundo… Y la biblioteca, abierta»). Y así. El acuerdo, eso sí, no tiene precio.


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