La cruda realidad de la vida hospitalaria

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Desde hace unos años se está imponiendo en los jóvenes narradores un tipo de novela que fía sus armas a la descripción de situaciones familiares muy a ras de realidad, tanto que el lector apenas se ve impelido a otra cosa que al reconocimiento, más reclamado que la creación de territorios de conocimiento nuevos. Bárbara Blasco se adentra en una realidad muy cotidiana y por desgracia frecuente: la hospitalización de un familiar, en este caso el padre de Virginia, la protagonista, cuyos trazos son de áspero desapego respecto a su entorno, y cuyos amagos de lucidez, que cuenta entre los mejores atributos de la obra, se edifican sobre la falta de afecto que la lleva a situaciones carentes sin embargo de una explicación creíble. Es como si la autora se hubiese dado cuenta de que tenía que dar a su novela un relieve que la llevara más allá de la observación del gotero, de la vista del médico y enfermeras o de las largas veladas en el incómodo sillón reservado a los familiares en los centros hospitalarios.

Ciertamente los reproches respecto a los turnos familiares o la incomodidad del trato con los familiares del enfermo que ocupa la otra cama es demasiada realidad para que el lector asista a ella sin más, o que no se le quede una mueca reservada a un dèja vu. Para salvar esta situación Bárbara Blasco ha creado un extrañamiento del personaje protagonista cuya acritud queda sin explicar.

Demasiada realidad

Desde el comienzo asistimos a una rabia y casi odio al yaciente padre en coma, a quien se da un tratamiento despiadado. Mejores son las escenas de discusión con la madre y la hermana (sobre todo, con la madre), porque es típica de esa clase media que Bárbara Blasco ha tratado con sentido del humor. Su descripción y modo de expresarse está clavada, al igual que la hermana se escaquee de sus turnos…

Tiene buen instinto a la hora de reproducir giros y estilos del lenguaje familiar

Tiene Bárbara Blasco buen instinto en saber reproducir giros y formas de lenguaje familiar. Por momentos, sin embargo, la novela está pidiendo levantar su vuelo. Aunque Virginia carece de otros atributos que la lucidez -y una suerte de veta reflexiva que ciertamente cuenta entre las mejores condiciones de la obra- si bien se ve pronto que lo mejor que la novela despliega en ese orden no va mucho más allá del comentario a lo que ya dijeron Susan Sontag, Montaigne u otros pensadores a los que se acoge, añadido, por desgracia, a los comentarios de lo que Virginia sabe vía Facebook.

Cuando todo parecía rayar a este tenor de vida hospitalaria y reproches familiares, la ocupación de la cama de al lado por otro paciente, un hombre culto que pide bajar o apagar la tele, que se resiste a comentar nada de sí mismo y sobre todo que se dedica a leer, introduce en Virginia una curiosidad y lleva la novela por otros derroteros, que la obligación de reserva para con el lector me impide revelar.

Sí me veo obligado a decir que el sorprendente desenlace, que no imaginaba nadie que fuera a producirse, y que termina siendo un canto a la vida y a la germinación de otra, es original, claro está, pero quizá demasiado increíble. Es lo que pasa con los cuentos de hadas y con las novelas necesitadas de sorpresa y romántico impacto, cuando tanta realidad te termina ahogando.

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https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-cruda-realidad-vida-hospitalaria-202012110040_noticia.html

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